30.8.23

EL CAMINO DE SANTIAGO EN SILLA DE RUEDAS 2023



    En Ca María Elena, sellando los pasaportes


El peregrinaje comenzó a las 8 de la mañana en el Parque Fidiana. Allí me reencontré con viejas amistades y conocí a nuevas que nos acompañarían: Teresa e Isabel. Briosa la primera y muy atenta la segunda.

Antes de partir quedamos en Los  Blázquez para desayunar. Lamentablemente el bar previsto estaba cerrado, así que postergamos nuestra cita en Peraleda del Zaucejo, ya en la provincia de Badajoz. Allí nos volvimos a reunir aunque sin llegar a un acuerdo, pues los demás coches opinaron que era muy pronto para desayunar. Yo tenía cierta urgencia por razones fisiológicas y de medicamentos, así que Luis R. y yo decidimos parar. Los demás siguieron adelante, desconociendo que se internaban en la “Siberia extremeña” falta de puntos donde parar a fin de tomar el desayuno. Fue la primera disgregación de la caravana que luego se repitió más adelante por despistes varios. Ellos no encontraron lugar donde desayunar en condiciones, y nosotros -para no retrasar la marcha- seguimos adelante en el largo viaje.

Nos reencontramos en Guijuelo, dónde degustamos dos platos de jamón de la tierra y montaditos a elección personal. Lo hicimos casi de pie porque las mesas, tanto del interior como del exterior, estaban repletas. Y yo con mi bocata de jamón de pata negra que había comprado en Peraleda para el picnic de ese día y hube de dejar para los días siguientes.


Salimos de Guijuelo todos juntos pero nuevamente nos acabaríamos dispersando por confusiones, de modo que no nos volvimos a reunir hasta el punto de destino: el hotel San Paio en Lavacolla. Allí nos esperaban Fernando de Antequera y su esposa María Jesús, procedentes de Coimbra y también Juan Manuel y su pareja Pilar M.; hacía un fresco gratificante tras las calurosas jornadas anteriores en Córdoba (La Olla Omeya). El scooter alquilado ya me esperaba en el hotel. Tras la cena, y en un amplio salón reservado para nosotros, M. Morales nos obsequió con un bordón de madera y una camiseta con el logo del grupo para nuestra entrada triunfal en Santiago de Compostela prevista para el día 25 de agosto.

Llegué muy cansado y estresado por el viaje de 1.100 kms y eso que no conduje. Durante la cena dí una charla sobre la Vía Láctea, el Camino de Santiago y sus símbolos, que continué la noche siguiente.


Al día siguiente la 1ª etapa (Baamonde-Miraz) no la realicé por el madrugón del día anterior y la excitación nerviosa del viaje a pesar de que no conduje el coche. Y es que necesitaba dormir, de modo que quedé con Pilar O. que llevaba el coche de apoyo. Desayunamos a las 9 y luego nos dirigimos a Miraz, punto final de la etapa; pero con tan mala fortuna que hicimos 30 kms. -luego desandados- ya que el navegador o “Tom Tom “ (tontón) nos llevó a otro Miraz que no era el nuestro y que se encontraba en otro “Concello” lucense. Por fin nos reencontramos con el grupo en Miraz, punto final de esa primera etapa. Allí comimos los bocadillos en una zona con mesas, bancos y sombras.



En ese Miraz comenzó la jornada del día siguiente. Allí me incorporé a la ruta con el scooter. El principio fue dificultoso por las enormes piedras que “alfombraban” el suelo y luego por las pendientes de más del 6% que la máquina no podía superar, de modo que necesité ayuda numerosas veces por parte de mis amigos acompañantes. Y es que el scooter no estaba preparado para estos tramos; y eso que la ortopedia en la que lo alquilé me dijeron que era adecuado para el Camino. 


En el recorrido, tras una pronunciada cuesta en que se hubo de empujar al scooter, el grueso del grupo paramos en una granja (en Portoferro) con mesas en su patio, para aliviar nuestra sed y recargar el aparato, pues sus indicadores marcaban que la batería estaba baja. De modo que el cacharro estuvo recargándose gracias a la gentileza de sus moradores. Y allí, rodeados de perros y pasajeras vacas, asistimos a una escena que se podría calificar como "X"; una escena casi teatral, porque el gallardo gallo del corral fecundó en pocos minutos a tres gallinas ante nuestra vista y subido en una plataforma a dos metros de altura de nuestros asientos. ¡Cualquiera  se atrevía a acercarse al gallo, tal y como defendía su territorio y harén!


Gallo chulo

Luego comprobé que el problema no era la batería (tenía más de 30 kilómetros de autonomía) sino las pendientes, ya que en las zonas llanas o cuesta abajo la batería aparecía repleta. 


Finalmente pude llegar al punto final de la etapa en Sobrado dos Monxes, no sin la ayuda del taxi de apoyo adaptado debido a las insuperables pendientes; allí el amable taxista (Ángel) se ofreció a llevarnos a un mirador cercano, donde había hecho la mili en lo que fue un escueto cuartel de telecomunicaciones, ya abandonado y convertido en una plataforma para antenas. 


Vistas desde el pico campello

Se trataba del a pico Campello con buenas vistas del paisaje gallego. Y digo “llevarnos”  porque en el punto de recogida se unió Luis, que no podía seguir caminando por ampollas en los pies. Tras el picnic, ya por la tarde, visitamos el monumental monasterio cisterciense de Sobrado dos Monxes, de estilo ecléctico debido a sus avatares en el tiempo: desde el gótico inicial al barroco tardío del siglo XVIII y su reconstrucción parcial con motivo de guerras y desamortizaciones. Todo en granito simulaba un estilo herreriano, escurialense, pero recargado a la española con abundante decoración (el  horror vacui). También me dio la impresión de que intentaba rivalizar o imitar a la catedral de Santiago en la fachada de su iglesia, incluida una torre piramidal. Allí adquirí una libreta de viaje y un juego de la oca y parchís del camino.


Fachada de la iglesia del monasterio de Sobrado dos Monxes

La siguiente etapa transcurría desde Sobrado hasta Arzúa, localidad donde confluyen al menos dos caminos: el del norte (que habíamos seguido) y el francés. Fue la jornada más dura por la ola de calor que nos afectó con un recorrido mayoritariamente sin arbolado. El resultado fue que Pilar M. sufrió un golpe de calor. Por suerte acertó a pasar por allí un coche de la Guardia Civil que la auxilió y, amablemente, la trasladó al punto de encuentro (Arzúa) a pesar de que estos incidentes no formaban parte de sus labores. 


Una vez reunido el grupo en Arzúa partimos en coches hacia Melide, dónde teníamos reservada mesa en la afamada pulpería "Casa Ezequiel". Dentro, en ese local atestado, el calor era insoportable pues no disponían de aire acondicionado, innecesario en esas tierras. Eso sí, el pulpo estaba exquisito y a muy buen precio. Cuando salimos de este establecimiento nos dirigimos a una heladería cercana donde aplacamos el bochorno. De vuelta, en la terraza de nuestro hotel, siempre fresca, nos persiguió el calor. Esa noche cayó una intensa lluvia torrencial que duró poco, pero sirvió para refrescar el suelo y el ambiente. Me imagino que se trataba de una “tormenta de verano”, diaria en zonas tropicales y causada por las excesivas temperaturas en superficie que ocasionan que el aire caliente ascienda súbitamente y al llegar a capas altas de la atmósfera se enfríe y ocasione la precipitación. En efecto, el día siguiente amaneció con el cielo límpido.


El jueves 24 hicimos la etapa Arzúa-O Pedrouzo-San Paio (Lavacolla). Fue la más fácil y sombreada. En ella abundaban los peregrinos, casi una romería. Hubo un momento más mágico en un lugar en el cual una persona allí sentada tocaba un instrumento de percusión para mí desconocido, tras una mesa-altar donde había libros, sello para el pasaporte del peregrino y jalonado de carteles ad hoc. En ese tramo Mª Jesús sufrió una bajada de glucosa que le asustó, pero que afortunadamente se recuperó por la tarde en el hotel sin mayores consecuencias.


Momento musical mágico.
Puedes ver un corto vídeo con audio aquí.

La jornada final fue el viernes 25. Desde el hotel a Santiago (12 km). Le temía a las pendientes, así que cuando llegaba a zona llana aceleraba para ganar tiempo, de modo que me descolgué del grupo y de Sebastián, que iba en cabeza y me servía de protección en los tramos de carretera. El resultado fue que me equivoqué en un cruce y fui por la carretera en busca de los demás, aconsejado por un lugareño que me encontré y me indicó que ese tramo por carretera era peligroso. Así que hubo de venir Manolo Morales a rescatarme .y continuar hasta enlazar con el camino pedestre, si bien la distancia que me separaba de dicho enlace era de unos 300 metros. Los demás del grupo nos estaban esperando a la entrada de Santiago. Todos juntos a la plaza del Obradoiro pasadas las 11 horas, no sin antes el postrer obstáculo: la escalinata de bajada desde la plaza de la Inmaculada. Seguramente habría algún itinerario alternativo para salvar el desnivel, pero no estábamos para gaitas y mis acompañantes cortaron por lo sano: me bajé de la silla y ellos, cual si de trono se tratara, la bajaron entre cuatro. De modo que verdaderamente entre en la plaza a pie. Y hablando de gaitas, en esa escalera había un gaitero que me pareció tal vez irlandés, pues no llevaba el kilt típico de los escoceses y lo que interpretaba no me resultaba familiar, ni muñeira gallega ni gaita asturiana. Lástima que con la excitación del momento no me paré a hacerle una foto. Como tampoco en la plaza de Quintana al pintoresco anciano que descansaba en sus bancos corridos. Ya en el kilómetro 0 del Camino, foto de grupo y cante a cargo de Juani E. y su excelente voz.


En el kilómetro 0  (foto de M. Morales)


Luego nos dispersamos: unos a la misa del Peregrino, otros a dar una vuelta por el casco histórico y yo para desayunar y tomar la medicación el cercano Hospital de los Reyes Católicos convertido en parador nacional. Su claustro era interesante y había una puerta casi manuelina. Después recorrí el casco histórico, compré un cuponazo, me tomé una copa y adquirí regalos de azabache en la calle Azabacherías. Habíamos quedado para comer una mariscada en el restaurante Sexto II. Desde la plaza de Quintana me dirigí a su encuentro, lo pasé de largo sin darme cuenta (gracias a Google Maps!) y me planté en la plaza de Galicia, dónde -nuevamente- hubo de rescatarme Manolo Morales. Ese restaurante tiene un obstáculo de acceso: un enorme escalón a su entrada que fue superado otra vez por mis amigos, quienes subieron el scooter al que rápidamente el atento personal del restaurante buscó un lugar de aparcamiento dentro del local.


Mariscada subsiguiente


La mariscada fue abundante (no la pudimos terminar) dados los entrantes previos -empanada gallega y pimientos de Padrón- y las grandes bandejas de mejillones al vapor suplementarios. Aunque resultó  irregular: percebes, y porras de pata de cangrejo un tanto resecos. El resto, buey de mar, centollo, cigalas y langostinos muy bien. Y de postre una variedad de pastelillos para todos los gustos. Salimos saciados y contentos. Después Pilar Ortega me acompañó para devolver la máquina a la ortopedia, en la que hice saber a la dependienta que ese aparato no estaba preparado para el Camino. Ella se disculpó diciendo que el técnico lo había recomendado por ser el más potente disponible. Desde allí regresamos al hotel en taxi.



En la noche despedidas tras un arroz exquisito, adobado con alguna especia que algunos sospechamos se trataba de romero, como después nos confirmó la joven y simpática camarera, sin desvelarnos completamente el secreto de la receta que algún comensal atribuyó a la alcachofa que no todos catamos.


En la mañana siguiente, durante el desayuno conjunto a las 8 de la mañana, recibí mi Compostela y el Pasaporte del peregrino. Luego, tras efusivos y sinceros abrazos, nos despedimos hasta otra; cada cual partió a la hora que le pareció oportuna. Luis y yo salimos los últimos (sobre las 9) aunque dejando allí a Mª José (a quien ya conocía por nuestro común viaje a Cuba en 2004) que tenía su vuelo de retorno unas horas más tarde.


Luis decidió volver por Madrid y no por la Vía de la Plata por la que vinimos. Ciertamente hubimos de pagar un peaje en la autopista, pero no nos importaba. Durante el trayecto yo sesteé un poco. Luego Luis hizo dos paradas para sestear y así descansar él también. Paramos a la entrada de Tordesillas para comer en un restaurante llamado “El Cruce” con servicio muy rápido y buen condumio a base de carne. Llegamos a Córdoba sobre las 21:15, tras 12 horas de viaje y 1,100 kilómetros.


MAS FOTOS : AQUÍ



12.8.23

DIARIOS (1956-1985) de Jaime Gil de Biedma




A fines de mayo de 2023 un amigo me regaló este libro para mi solaz durante el viaje y estancia común en las termas romanas de Alange. Aunque yo llevaba lectura, lo comencé inmediatamente en nuestro largo viaje en tren, primero a Sevilla (AVE) y luego un medio distancia a Mérida. Me entusiasmé inmediatamente con su lectura, aunque sus 667 páginas me han tenido ocupado hasta ayer, si bien lo ido intercalando con otras lecturas, especialmente sobre el Camino de Santiago en vistas de mi próximo peregrinaje allí.

No había leído nada de Gil de Biedma, solo tenía referencias de su vida y obra y luego vi una película sobre él titulada El cónsul de Sodoma interpretada por Jordi Mollá.

La obra es desigual en contenidos y extensión. La primera parte, titulada Retrato del artista en 1956 ocupa 266 páginas y tal vez fue publicada suelta en 1976 con el título de Diario del artista seriamente enfermo, en la que narra su experiencia en Filipinas como abogado y ejecutivo de la Compañía General de Tabacos de Filipinas.

La siguiente parte se titula Diario de Moralidades y abarca desde 1959 hasta 1965. Tras un paréntesis casi 13 años, vuelve a retomarlo en 1978 y da un salto hasta 1985, cuando lo finaliza, posiblemente por su diagnóstico de sida.


Índice de la obra

La edición cuenta con un prólogo de Andreu Jaume, una cronología, bibliografía del autor y un completísimo índice onomástico que va desde los clásicos, pasando por la generación del 27 y la del 50 a la que pertenece junto a otros “compañeros de viaje” como Carlos Barral, los Goytisolo y otros, que además fueron activistas políticos contra el franquismo. En el centro del volumen hay una colección de fotografías en las que aparece solo o en compañía de familia, conocidos y amigos, desde 1953 hasta 1964.

Y lo de desigual, también viene a cuento no solo por la extensión de las anotaciones de anuales, sino por su contenido. Unas veces personal, íntimo, y otras sobre la mecánica para elaborar y pulir sus poemas antes de intentar publicarlos, con muchos ejemplos(1960, 61, 62 y 1963), cosa muy útil para aprendices de poetas sin rima. En 1964 sigue con este tema pero incluye sus relaciones sociales (principalmente literarias), que continúa en 1965.

Un pequeño problema es que abundan expresiones en otros idiomas que a veces no están traducidas a pie de página y que parecen guiños a sus amigos o posibles lectores todos miembros de la gauche divine barcelonesa o española.




4.6.23

EN EL VALLE DE LA OSA (autobiografía 18)



 Diana en el porche de la casa

El título alude al nombre del valle donde está situada Constantina. Antes de comenzar las clases, en septiembre de 1990, me advirtieron de que su instituto era severo en la disciplina; se trataba de un centro pequeño (unos 250 alumnos) muy respetuosos. Pero también me habían dicho que esa localidad se había refugiado temporalmente el nazi belga León Degrelle y había dejado su huella ideológica en círculos cércanos y una parte significativa de la población. Pero también acudía alumnado de otras localidades cercanas como El Pedroso, San Nicolás del Puerto o Las Navas de la Concepción

En fin, yo llegué muy serio; tanto que diciembre era tradición allí que los alumnos celebraban su tradicional fiesta de los "Premios Naranja y Limón", en la que premiaban a quienes ellos consideraban el mejor y peor profesor del año. Pero también otros “premios” materiales a otros miembros del claustro de profesores, con cierto gracejo aunque mordaces. Y hete que me llamaron al escenario -era en el salón de actos- del instituto y me entregaron un collage con unos labios sonrientes y la leyenda “Sonría, es gratis” (a ver si lo encuentro). Y no fui el peor parado, pues a la profesora de Educación Física le regalaron unas zapatillas de
deporte nuevas, pues acudía a las clases de su disciplina en zapatos de tacón… y este “regalo”, que la profesora -lógicamente- no recogió, no fue el peor de los adjudicados ese día. De modo que, desde ese momento mi faz cambió en clase y siempre me mostré con una sonrisa sincera.

El alumnado que tuve en 2º de Bachillerato era tan bueno y brillante que acogieron con muy buena disposición la idea que les ofrecí de darles clases extra algunas tardes, ya que el temario era muy extenso -se trataba de la Historia del Arte- y yo siempre he sido una tortuga en eso de avanzar en los contenidos de las programaciones didácticas.


31.5.23

¡ A Constantina! Autobiografía 17



Constantina desde su castillo


Visité el Centro para registrarme y buscar vivienda, porque aunque la localidad dista solo 105 km. de Córdoba, los últimos 30 (desde Lora del Río) eran una carretera de sierra: estrecha y sinuosa, con muchas curvas y poca visibilidad, especialmente en días de lluvia o frecuente niebla.  Una hora y treinta minutos de ida y otros tantos de vuelta, y no estaba dispuesto a dedicar 3 horas diarias de mi vida al transporte, caro y peligroso. Y es que, salvo mis años de juventud, el coche me gustaba poco. Y menos después de los dos únicos accidentes de tráfico que he tenido y que ambos fueron, precisamente, en rectas entre Palma del Río y Lora. En el primero atropellando a un galgo que surgió de la nada cruzando a toda velocidad la carretera… Lamentablemente en ese momento me estaba adelantando un coche por la izquierda; así que al animal le dio tiempo a cruzar delante de mi coche pero, al encontrarse al otro, dio la vuelta y me lo llevé por delante inevitablemente, pues un volantazo podría haber sido mortal para mí y tal vez para el otro coche. El animal quedó tumbado en la calzada -lo vi por el retrovisor- y mi pena fue enorme. Al llegar al instituto comprobé los daños: toda la delantera de mi coche (capó, faros e intermitentes) había quedado destrozada; era lo de menos pues se podía reparar… no así la vida del pobre perro.


El otro accidente tuvo lugar cuando intenté adelantar a un tractor que viró hacia la izquierda para entrar en un carril de tierra de una casa de campo. Las consecuencias fueron pocas, excepto el susto y poco más, pues frené a tiempo. El conductor del tractor juró que había encendido el intermitente -cosa que dudo- pero es que, además, sus intermitentes iban llenos de barro, como corroboró mi acompañante, una maestra cordobesa de Villaviciosa de Córdoba a la que traía de vuelta a Córdoba los fines de semana.


Por suerte en Constantina encontré alojamiento pronto; se trataba de una casa con jardín, casi a las afueras del pueblo y a cinco minutos del instituto. En ese trayecto me encontraba con alumnos que me saludaban cortésmente. 


18.5.23

LA CARLOTA II (Autobiografía 16)


Fuente del Membrillar



Para el curso 1989-90 pedí continuar el centro de La Carlota dado su buen ambiente, aunque con la condición de no tener que lidiar con la FP. Podría haber pedido un instituto de Córdoba capital y haberme ahorrado el transporte, pero como el clima de trabajo era bueno decidí quedarme allí. Y es que había hecho amistades entre el profesorado, como Ángel (CC. NN.) y con Gloria García (Lengua y Literatura) quien a la sazón era Jefa de Estudios y siempre apoyó mis propuestas de actividades. Con ellos sigo manteniendo el contacto y la amistad. Y con Gloria volví a coincidir en el IES Medina Azahara en nuestros últimos años de docencia.


Por otra parte se había formado un pequeño grupo de alumnos muy majos en interesados en la Historia y la Arqueología, entre los que destacaban Antonio Martínez y Javier Tristell a cuyas bodas -muchos años más tarde- acudí y con los que sigo manteniendo amistad y contacto. También estaba Silverio, de un curso por encima, que tuvo un trágico final en plena juventud, cosa que lamenté mucho. 


Cuando estaban en 2º de BUP me habían otorgado el impartir un Módulo optativo que denominé “Taller de Historia” y al que, gratamente, se apuntaron todos ellos y algunos más. Buena idea aquella de los módulos. 


Tanto fue el entusiasmo de Javier y Antonio que en un verano me llevaron a una casa carloteña inhabitada, en la que habían reunido abundantes fragmentos arqueológicos encontrados en su término municipal y los tenían expuestos organizados sobre mesas de madera. A esto yo le llamé “Protomuseo”de La Carlota ¡Qué sorpresa y que alegría la mía!


Protomuseo


Los llevé a los todos sitios de interés a mi alcance, tanto en actividades del Centro como por mi cuenta. De modo que en verano los conduje a Almedinilla para visitar las ruinas del poblado ibérico del Cerro de la Cruz. Y digo “ruinas” porque entonces aquello era un erial en el que sobresalían restos de muros y no como ahora que está afortunadamente reconstruido, puesto en valor in situ, y bien documentados en el Ecomuseo del Río Caicena. Por su parte me invitaron a hacer un recorrido por yacimientos arqueológicos de La Carlota, como la Fuente del Membrillar, el arroyo Lentiscoso o el cortijo de La Orden.


F. Serrano, A. Martínez, Silverio y Javier (de izquierda a derecha) en el Cerro de la Cruz


Eran adolescentes de quince años admirables en su empeño, hasta el punto de que -años más tarde- lograron crear el Museo Arqueológico de La Carlota, actualmente Museo de las Nuevas Poblaciones.


Luego Antonio y Javier -que acabaron cursando la carrera de Historia en la UCO- siguieron caminos distintos; el primero la investigación, la arqueología y la docencia. Javier la historia de las colonizaciones carolinas, ocupándose de eventos y creando redes entre localidades europeas de las que procedían aquellos colonos traídos a España para poblar tierras deshabitadas e inhóspitas. Y es que allí me encontré con que abundaba la gente rubia, de ojos claros y apellidos como Wals, Ots, Rot, Alors, Tristell, Galiot, Naise, Herzog, Wic, Hermán, Bernier…


En el verano de 1990 me dieron mi primer destino definitivo: el IES San Fernando en Constantina (Sevilla). Traté de permanecer en La Carlota solicitando una comisión de servicio que basé aduciendo razones pedagógicas y amparándome en la recién aprobada LOGSE, que se empezó a implantar progresivamente a solicitud de los centros educativos, a los que se les dotaría de mayor flexibilidad didáctica y más medios técnicos. Me fue denegada…


14.5.23

NOVATO EN LA ENSEÑANZA (Autobiografía 15)

 

Monumento a Carlos III


Comencé mi carrera docente en el otoño de 1988. El primer destino fue La Carlota. Era el año de las “prácticas” que necesitaba aprobar para convertirme en funcionario de pleno derecho. Pero el centro de La Carlota, en aquellos momentos, era una Extensión del Instituto de Bachillerato  Francisco de los Ríos de Fernán Núñez y aún no contaba con edificio propio, así que compartíamos las instalaciones del Instituto de Formación Profesional, complementadas por algunas aulas del cercano Colegio Carlos III y tres “caracolas” o aulas prefabricadas en el patio de recreo, construidas específicamente para albergar a los nuevos estudiantes de Bachillerato. No había sala de profesores y el espacio de servicios se limitaba a una amplia habitación donde residían, amalgamados y agolpados, la dirección, la jefatura de estudios, la secretaría, la conserjería y una pequeña habitación para la radio escolar. Un lugar inhóspito e inhabitable. 


Fuimos muchos los profesores jóvenes que nos incorporamos al recién creado “Centro”: Juani (Inglés), Rafael Alba (Matemáticas) y otros. Los funcionarios no docentes (la administrativa y la conserje) de colmillos retorcidos, nos dejaron claro desde el primer momento que no estaban allí para hacer fotocopias ni para escribir a máquina exámenes o cualquier otro tipo de documento. A pesar de todo nos llevamos bien e incluso compartíamos coche para desplazarnos desde Córdoba y volver, ya que casi la totalidad de los componentes de la plantilla residíamos en la capital. Yo ponía mi Renault 4 latas (4-L) de segunda mano, comprado a medias con mi pareja el año anterior.


Mi único inconveniente real en aquel primer año fue el que mi tutor de prácticas (El Jefe de Departamento) se encontraba en el instituto de Fernán Núñez (a 30 km.) y tenía que acudir allí para que supervisara mi trabajo. No tuve ningún problema; todo fue como la seda. Al igual que con el inspector  (Eisman), que era el que podía concederme el aprobado. En fin, a fines de verano de 1989 vi mi nombre publicado en el BOE como funcionario de carrera del Estado.


En cuanto al alumnado de Bachillerato, fenomenal. La mayoría constituida por alumnos de 1º de Bachillerato (3 grupos) y un grupo de 2º. Todos excelentes y con los que hice buenas migas por su educación, respeto, receptividad e incluso cariño. Nada que ver con el grupo de Formación Profesional al que me tocó impartir  CC. Sociales durante 4 horas semanales (1 hora más que al bachillerato!)  incluida la última hora del viernes, hora mortal para cualquier docente, sobre todo con alumnos refractarios como eran aquellos. Y además con un pésimo libro de texto muy “moderno”, que no tenía texto, solo preguntas extensas que el alumnado, apoyado en textos o material gráfico incluidos en el volumen debía contestar y así lograr el “autoconocimiento”. Era un libro impuesto que, según la ley, no se podía cambiar hasta el curso siguiente por estúpidas directivas de las autoridades. Libro en absoluto adecuado para este tipo de alumnado. Y es que, además, en ese grupo había varios alumnos disruptivos, lo cual comprendo porque lo único que les interesaba era sacarse el título de electricistas y la Historia o la Geografía  les importaba un pimiento. Me consta que a los demás profesores también trataron de reventarles las clases  humillando a sus noveles docentes, es decir, les pasaba lo mismo que a mí: me humillaron, o lo intentaron, varias veces. La peor fue en una ocasión en que, al entrar en el aula, dos alumnas piadosas me advirtieron: “Profesor, no se siente en la silla”; les pregunté el porqué y me dijeron que algunos había puesto chinchetas en el asiento; miré y efectivamente así era. Se lo agradecí, porque ellas también se arriesgaban a ser consideradas “chivatas”. Igualmente me sentía humillado, aunque indirectamente, cuando algunos alumnos buenos del grupo, me decían: “Profesor, expúlselos”, cosa a la me negaba por razones ideológicas, pero que ponía en evidencia mi falta de auctoritas . Años después me encontré, por azar, con el líder de los gamberros, entonces  regentaba un bar en El Arrecife. Me pidió disculpas por el pasado, al igual que otra alumna  del grupo (de apellido Galiot) que lo hizo mediante  correspondencia postal. 





12.4.23

¡Ay de mis tesis! (Autobiografía 14)



Presa de Riaño (sepbre. 1984)


Como en los dos últimos años de carrera opté por la Geografía, en septiembre de 1984 acudí al Encuentro sobre pueblos deshabitados, que tuvo lugar en el Palacio de Congresos de Madrid y dado mi interés por el despoblamiento rural y la ecología. Allí entré en contacto con personas y colectivos preocupados por esta problemática que entonces era severa (lo ha seguido siendo) y afectaba principalmente a las zonas de montaña. Y así fue como después acudí a Riaño (León) a las Jornadas sobre la montaña, convocadas por la CACOR. Allí acudieron algunas personas que luego ostentaron cargos políticos importantes en materia medioambiental, mucha gente del valle y otros colindantes y -en las tertulias nocturnas públicas y al calor de la lumbre- escuché al escritor Julio Llamazares, nativo de la zona, preocupado por el tema de los pueblos deshabitados de la montaña como reflejó en su obra La lluvia amarilla.


El tema iba cobrando cada vez más importancia con lo que al año siguiente acudí a un congreso en Pola de Lena (Asturias) sobre la problemática de las zonas de montaña cantábrica. Finalmente al Congreso sobre “Agricultura y Desarrollo Rural en zonas de montaña”, convocado por la Junta de Andalucía y celebrado en Granada en noviembre de 1985.


Algunos certificados de asistencia a congresos


Así que concerté con Antonio Sánchez, mi antiguo profesor de Geografía Económica, para hacer la tesis sobre La Montaña en Andalucía pero, con tan mala fortuna la mía de que al poco tiempo se marchó a Sevilla para ocupar un alto cargo en el IARA, con lo cual nuestro contacto se fue espaciando hasta desaparecer casi por completo. Así que aquellos saberes adquiridos los plasmé, parcialmente, en una charla sobre la España Vaciada ya en pleno siglo XXI.


Más tarde, en 1986, con mi entrada en el yacimiento de Madinat al-Zahra, hube de redireccionar mi formación, de modo que empecé cursos de doctorado en Arqueología, en los cuales conocí a Pilar León, a la sazón catedrática de dicha materia en la UCO, que -aunque especializada en Roma- me animó a ocuparme de la arqueología urbana hispano-musulmana y se brindó a dirigir mi tesis doctoral sobre este tema. Nueva frustración: ella consiguió la cátedra en la Universidad de Sevilla, se trasladó allí y todo se complicó para mí. De vez en cuando tenía que ir allí para entrevistarnos y consultarle; con la dificultad añadida de que había comenzado mi carrera docente y me encontraba destinado en Constantina, localidad de la Sierra Norte sevillana, con lo que para los encuentros, los fines de semana, tenía que hacer el triángulo Constantina-Sevilla-Córdoba, ciudad esta última en la que seguía teniendo mi residencia familiar, así que otra vez hube de renunciar a tal empresa. Era mi segundo intento de tesis que moría en Sevilla.


Hubo un tercero con mi profesor de Historia Medieval de España, Alfonso Franco, quien se ofreció para dirigirme una tesis sobre las fuentes historiográficas acerca de los Reyes Católicos. Vano intento, porque al poco de empezarla mi profesor obtuvo una cátedra en Cádiz, de modo que tuve que abandonar el proyecto.


En fin, que se puede decir que mis tesis murieron en Sevilla; o, para ser más precisos, en el Bajo Guadalquivir. ¡Kaputt!




28.3.23

Parado en el país de la Movida (Autobiografía 13)



Escuela de Capacitación Agraria de Cabra (Hoy IFAPA)


En vista de que la librería no daba para dos sueldos, comencé a buscar trabajo. No lo encontraba porque eran malos tiempos en España. Aproveché para hacer el CAP (lo que ahora se llama Máster en Educación) y lo hice en sus dos modalidades: Bachillerato y Formación Profesional, a fin de poder optar a las oposiciones educativas, aunque apenas se convocaban plazas. De modo que intensifiqué mi búsqueda de trabajo en cualquier sector y, ya en 1985, aprobé unas oposiciones de conserje de la Junta de Andalucía !En Huelva!; el sueldo era de 48.000 pesetas que daban para el alojamiento y poco más. Y parece que ese año se empezó a reactivar el empleo, al menos en el sector público y, en el plazo de un mes recibí dos ofertas de empleo más que, si bien no eran fijas, estaban radicadas en mi provincia: una en el Hospital de Pozoblanco y la otra en la Escuela de Capacitación Agraria de Cabra. En resumen me encontré de golpe con tres sillas sin saber en cual de ellas sentarme, aunque no me acabó pasando como al asno de Buridán, pues opté por Cabra donde podía disfrutar de alojamiento y comida gratis y estaba relativamente cerca de Córdoba capital, con buenas comunicaciones que me permitían venir a mi ciudad los fines de semana e incluso que las amistades me visitasen entre semana. Aquello era un auténtico retiro espiritual enmedio de la Finca La Mina, rodeado de una mar de olivos, donde solo residíamos el director (Lorite) con su familia y yo. Este aislamiento solo se rompía cuando allí se impartía algún curso de formación agraria, cursos intermitentes de una semana de duración, en los que la escuela-residencia estaba más animada y con gente de mi edad. Y es que el director no me dejaba coger el coche oficial (yo no tenía coche) para darme un garbeo por el pueblo en las aburridas y solitarias tardes. Ciertamente en esto era honesto, pues él mismo -a diario- cogía su propio Seat 600 para ir a Cabra a desayunar y me invitaba a acompañarlo en base a una contemporización por ser yo titulado universitario al igual que él.


Esto duró nueve meses, ya que sacaron mi plaza a concurso de traslados de funcionarios y fue ocupada. Pero tuve la suerte de que la funcionaria que lo hizo dejó libre la suya en la Agencia de Extensión de Rute y pude permutarla; así que no me volví a quedar desempleado. En Rute me alojaba en la pensión de Goyo. Fue esta la época de mi vida en que más leí, pues la faena era escasa. 


Portada de uno de los números de "Madrid me mata"


Paralelamente “La Movida” había llegado a Córdoba: se abrieron locales (como el “Varsovia”, en plena Judería), llegaban fanzines (Madrid me mata, La Luna de Madrid, Pop la cara, de Montilla… ) y se celebraba la Muestra Pop Rockera, a la que jocosamente, -y por razones obvias- todo el mundo llamaba “Muestra Pop-Porrera”. Se celebraba en el Teatro al Aire Libre, hoy llamado, con poca fortuna, “Teatro de la Axerquía”, cuando se encuentra justo en el lado opuesto de la ciudad, al oeste -es decir- en el algarbe. En fin, la época de más libertad y creatividad que he vivido en mi vida. Años de penuria económica pero de mucho goce.


Por suerte en el verano de 1986 fui seleccionado para ocupar una plaza de historiador en el Conjunto Arqueológico de Madinat al-Zahra, dentro de un plan llamado PAEMBA destinado a dar trabajo a jóvenes titulados. En esta caso se trataba de reactivar la actividad del yacimiento y su apertura al público. El contrato duraba un año. Y allí conocí a nuevos y perdurables amigos. Al terminar el contrato, a algunos nos lo renovaron por otro más pero en la modalidad de “servicios”, es decir, nos teníamos que dar de alta como autónomos y cobrábamos con facturas emitidas a la Junta de Andalucía. Así que, sin darnos cuenta, nos convertimos en “emprendedores” como luego diría el presidente Chaves, cuando se multiplicaron este tipo de contratos para evitar cargarse de laborales o funcionarios. Era la época en que comenzaba la “magia de las palabras” del PSOE, iniciada con el eslogan del referéndum de la OTAN: “OTAN, de entrada No” ( “y de salida menos”, como incisivamente señalaron algunos…)


Por suerte para mí esta inestabilidad acabó en el verano de 1988 cuando resulté aprobado en las oposiciones a profesores de bachillerato. Luego vinieron mis cursos de doctorado y mis cambiantes, y fracasadas, tesis doctorales. Pero eso es ya otra historia…



24.3.23

¡Al paro! Buscándome la vida (Autobiografía 12)



En la oficina



Simultáneamente a mis estudios universitarios en mayo de 1981 me quedé en paro, porque  el bufete donde trabajaba se produjo una nueva escisión, pues el segundo de a bordo (Miguel. A. Miranda Crespo) decidió crear su despacho propio, de modo que se llevó una parte importante de la cartera de clientes y a cuatro empleados; entre ellos, afortunadamente a mis hermanos Pepe y Juani, lo cual fue un alivio para mí porque así no se quedaban “tiraos”. Yo quedé con el jefe inicial: Andrés López. Pero éste, descarriado por malas amistades, seguía dedicándose al baloncesto y otras facetas que le hacían desatender el negocio, con lo cual la fuga de clientes (empresas) fue en aumento; hasta el punto que sobraba personal. Y me tocó a mí. Y así fue porque era el único soltero. A este respecto he de manifestar que mi jefe siempre un gran sentido de la justicia social, lo cual no quiere decir que yo lo encajara bien, pues me parecía injusto porque llevaba diez años trabajando allí, era el empleado más antiguo y había demostrado mi laboriosidad. Pero es que mi jefe había ido enchufando a la oficina a sus baloncestistas con cargas familiares…


Aparte de esto que yo consideraba injusto, el despido fue limpio y justo: sin litigar pues de entrada me reconoció el despido improcedente, me pagaron la indemnización completa para tales casos y tuve un año de subvención por desempleo, el máximo en aquellos tiempos. Y digo “me pagaron” porque él y el escindido tenían una acuerdo de que si tenían que despedir a algún un empleado lo pagarían a medias. Además ambos me aseguraron que en cualquier momento que necesitasen aumentar el personal yo sería el primero en emplear. Me consta que esto fue sincero, pero tuve la mala suerte de que, en aquellos tiempos, se estaba produciendo en España una minicrisis económica durante la cual se cerraban empresas y no se creaban nuevas. Lo único bueno de tal situación fue que podía dedicar más tiempo a la universidad.


Por otra parte un amigo acudió en mi ayuda y me ofreció un trabajo en una pequeña asesoría laboral a tiempo parcial (2 horas diarias). Se llamaba GADECO y estaba en la calle Villa de Rota, colindante con  Ciudad Jardín. Naturalmente acepté, pues el sostén del paro se acabaría. Allí conocí a buenas personas, como A. Parejo, que me llamaba, por mis ideas y aspecto, Trotski. Ciertamente tras dejar el servicio militar, con 22 años, me dejé melena y barba, cosa que mi padre me tenía prohibida hasta “ser mayor de edad”; y la mili era ese rito de paso. 



Con melena y barba

También recurrí a mis conocimientos de fotografía, a la que era aficionado desde años atrás y gracias a amistades me dedicaba a ganar ingresos extras en comuniones y bodas. E incluso con mi amigo Rafa Montes y otro conocido (Antonio Luna)  creamos una empresa audiovisual; pero aquello resultaba bastante precario, pues dependíamos de los encargo, que no eran muchos en aquellos tiempos. Y como lo de ser asesor laboral de empresas no me gustaba mucho -porque había visto las tropelías que se cometían contra los trabajadores- al final decidí unirme a un amigo cenetista para crear un librería libertaria, cosa que ya he narrado en una entrada anterior referida a mi militancia social y política.