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12.7.24

MÁS CAMBIOS Y FINAL EN MONTORO (Autobiografía 26)

 

Construcción del nuevo instituto
(Más fotos AQUÍ)

El cambio de siglo y milenio trajo más novedades al I.B. Santos Isasa. Por encima del olivar que se abría a las aulas, en el llamado Cerro del Águila, se empezó a construir el nuevo instituto. Un edificio  funcional, adocenado, despersonalizado, con una entrada escueta y muy lejos de la majestuosidad de la doble escalinata y la piedra molinaza característica de la zona del anterior edificio, si bien, en una concesión de los arquitectos, las paredes exteriores revistieron de una molturación de la coloración rojiza de la molinaza. El nuevo jardín, a la derecha de su entrada, quedó reducido a un espacio “zen” del que ya no se tendría que ocupar mucho A. Buitrago, la siempre amable y servicial conserje, ni su familia, que con tanto mimo y entrega se habían ocupado del  esplendoroso jardín anterior, siempre exuberante y florido. Su vivienda, supongo que más confortable, se ubicó en el corner de la entrada, tras el soso jardín.

El nuevo edificio, aunque planteado como algo moderno, acorde a los tiempos y las nuevas leyes educativas, presentaba algunos inconvenientes; en vista de lo cual pienso que los arquitectos modernos, antes de diseñar un centro educativo (también esta opinión vale para cualquier edificio público) deberían pasar, obligatoriamente, algunos meses en un centro escolar antes de acometer el diseño de otro nuevo. El nuevo edificio contaba con amplios pasillos acordes con la nueva normativa educativa en la que se contempla mucha movilidad del alumnado, ya no estabulado como en la concepción de antiguos regímenes y tan nefasta.

Los Departamentos Didácticos  (excepto los de Ciencias: laboratorios, etc.) vieron sus espacios reducidos al mínimo, como como ocurrió con el mío (Geografía e Historia) y, de ninguna manera, podían funcionar como aulas-seminario, ese ideal. Ciertamente el nuevo centro contaba con espacios nuevos, como una sala para la AMPA y otra, también de fábrica, para la asociación de alumnos. Pero, tiempo todo eso fue arrasado por la falta de espacio; en parte por la expansión del Departamento de Orientación y en parte por la alergia de la junta directiva a que hubiese sedes de asociación de madres/padres y alumnos. Y el S.U.M. deplorable, a pesar de haber sido liberado de su uso como gimnasio. Eso sí, contábamos con un aula multimedia que yo aproveché para las clases de Historia del Arte ya que me permitía no tener que andar con el proyector de diapositivas de aquí para allá. Luego el centro fue nombrado TIC y todas las aulas dotadas de ordenadores que acabarían de aquella manera… Pero, en fin, también me apunté a las TICs o NN.TT. y formé parte de su equipo, dedicado más a resolver incidencias técnicas que a fomentar didácticamente estas importantes novedades. Igualmente se implantó allí la ESA (Educación Secundaria de Adultos) en la que también participé, siempre ávido de novedades y experimentación. Tenía que acudir dos días semanales por las tardes varias horas y, a cambio, tenía una mañana libre para ocuparme de asuntos personales en mi ciudad. El alumnado era reducido pero, en general, muy atento e interesado. Una grata experiencia el tratar con alumnos adultos. De hecho la única orla en la que figuro es con ellos; ni de Universidad ni de otros centros, porque soy alérgico a las orlas: no me gusta posar decapitado entre otras cabezas flotantes.

 


Orla Educación Secundaria de Adultos
 

Finalmente también llegó el bilingüismo en inglés, al cual igualmente me inscribí, principalmente porque su impulsor y coordinador (R. Martínez) estaba necesitado de profesorado y solo estábamos dos capacitados: P. Villalón por el área de Ciencias y yo por Letras. Esto me permitió participar en un curso de inmersión lingüística de dos semanas de duración en Londres. Muy jugosa, con clases por la mañana y la tarde y excursiones por la ciudad y fuera: Canterbury, Oxford… lugares que no hubiera podido visitar sin esta ocasión ni tan bien guiado….. Nos encontrábamos en el llamado “Año Cero” de bilingüismo, es decir, de formación y elaboración de materiales didácticos; tuvimos un lector estadounidense muy simpático y aplicado de nombre David Bissemberg con el que mantuve contacto tiempo después. Tenía dos horas semanales de conversación en inglés con él. Rafael Martínez, el profesor de Inglés coordinador de bilingüismo, consiguió un espacio donde pudiésemos trabajar los miembros del proyecto y elaborar materiales didácticos para el siguiente curso, en que comenzarían clases bilingües con el 1º de la ESO. El espacio conseguido era un pasillo de acceso al patio que estaba cegado porque no era necesario. Yo le llamaba “La Pequeña Siberia” porque estaba siempre a la sombra y en los meses de invierno se pasaba un frío tremendo, a pesar de que el bueno de Rafael se ocupó de dotarlo de calefactores, porque, como se trataba de un pasillo, no contaba con radiadores. También nos dotó de materiales: diccionarios, ordenadores, etc. Más compañeros se unieron al proyecto, como Juana Cano, Raúl Ruano, Manuel Morales y Rafael Rodero. El ambiente de trabajo era muy bueno. Yo aproveché el curso en Londres para comprar allí libros de texto ingleses, de mis asignaturas, adaptados a la edad del alumnado por venir; afortunadamente había presupuesto para ello y el coordinador no era nada cicatero. El fruto más puntero de aquellos trabajos de preparación de materiales didácticos fue un cuadernillo para el alumnado sobre un itinerario interdisciplinar por el famoso meandro del Guadalquivir en Montoro. El coordinador, siempre tan activo, logró que su edición fuese financiada a todo color por el Ayuntamiento eporense, de modo que cada alumno pudiese trabajarlo una vez se llevase a cabo la experiencia sobre el terreno. El logo y las ilustraciones corrieron a cargo de Juan Manuel Gutiérrez, profesor de Dibujo, que colaboró así, gráfica y generosamente, en el proyecto. 

La Pequeña Siberia

Una mañana de fines de mayo, al llegar al instituto, la compañera Conchi Damián, cuando yo subía las escaleras salió a anunciarme que me habían dado traslado a un instituto de mi ciudad: el IES Medina Azahara, cosa que me sorprendió y suscitó en mis sentimientos encontrados. Lo explico: yo estaba muy bien en Montoro, por los compañeros, el alumnado y el personal no docente pero, tras tantos años allí estaba cansado de la carretera, del coche. No obstante, solo concursaba a cinco centros de mi ciudad: escogidos por su cercanía a mi casa y su buen ambiente, pues no estaba dispuesto a irme a cualquier instituto de Córdoba; centros en los que podía estar desde muchos años antes por tener puntuación sobrada. En Montoro estaba mi hábitat profesional, en el que me sentía a gusto y no era cuestión de cambiarlo por cualquier cosa. Siempre he pensado que el ambiente de trabajo es lo más importante, porque pasamos muchas horas de nuestra vida en los centros de trabajo y el buen ambiente contribuye a sentirnos bien y por lo tanto a nuestra salud emocional y psíquica, tan importantes. En fin, fue una carambola, porque, previamente, yo sabía que la plaza que, finalmente yo acabaría ocupando, se la habían otorgado -previamente-  a un conocido que contaba con más puntos que yo, pero resultó que presentó su renuncia.

Con el corazón dividido, pensé que tal vez podría pedir una comisión de servicio para quedarme en Montoro en virtud del Proyecto Bilingüe en el que estaba inmerso y trabajando un año; me atraía la idea de rematar la faena. Pensé que los de Montoro me sugiriesen esa idea -la hubiera aceptado encantado- pero no hubo iniciativa al respecto; muy posiblemente por discreción y respeto por su parte: no interferir en mis decisiones personales, sin duda desconocedores de mi escisión interna. Fui agasajado con una  grata comida en Córdoba por parte de los más afines, quienes además me hicieron un obsequio muy valioso y útil, que no dejé de lucir -orgulloso- en mi nuevo y extraño destino.

 

 

 

30.3.24

DE “LLANTOS Y GUASA” A “CARPE DIEM” (AUTOBIOGRAFÍA 22)


Fueron los dos títulos de las revistas escolares que se editaron en el Instituto Santos Isasa durante mi estancia allí. Quitando lo de “llantos” en el fondo venían a converger en lo mismo. Porque, parafraseando el título del libro de Hemingway, el instituto era una fiesta y me explico: el curso escolar empezaba pocos días antes de la Feria de Montoro, durante la cual la gran mayoría del alumnado se ausentaba de las clases. Hacia mediados de noviembre llegaba el severo “Claustro de las Pipas” seguido o precedido de la tradicional “Huelga de Noviembre” que el alumnado (posiblemente fatigado) convocaba con cualquier excusa: una nueva ley universitaria, clases masificadas, etc. Después el puente de la Constitución-Inmaculada y tras él las vacaciones de Navidad. La vuelta al cole en enero era dura y austera, pero -a finales de ese mes- celebrábamos el día de Santo Tomás de Aquino, patrón de los estudiantes, con la llamada “Fiesta de las Mesas”, una jornada de convivencia en la cercana Caseta ferial, donde cada grupo llenaba una mesa con viandas preparadas con esmero por las madres del alumnado. En fin, un concurso gastronómico en principio que más tarde derivaría en una especie de pre-carnaval, con mesas “temáticas” -con incomestible comida a menudo- pero con gracia y vistosas. La preparación de aquella jornada permitía escaquearse a algunos alumnos de las clases con la excusa de estar preparando el evento y ensayando “videoclips” (playbacks) para representarlos en el escenario de la Caseta y que -creo recordar- también se acabó convirtiendo en concurso, si bien los premios de ambas competiciones eran más bien simbólicos. A finales de febrero venía el puente del Día de Andalucía y, previo a él, su celebración que con el tiempo derivó en un “desayuno molinero”, saludable, a base de pan (hoyo o joyo) con el rico aceite de oliva de la zona, aceitunas y tomate. En esta actividad también colaboraban todos los estamentos: alumnado, AMPA, profesorado… Después, una semana antes de la Santa estaba el Viaje de Fin de Curso, generalmente una semana con destino a Santiago de Compostela, pasando por Toledo, Salamanca o Cáceres. Y como guinda final, sobre finales de mayo o principios de junio, la cena de graduación para los alumnos que terminaban el bachillerato y se encaminaban a la Universidad.

Entremedias también había excursiones, unas organizadas por M. Morales y su Departamento de Ciencias Naturales y otras de Historia organizadas por Eladio o yo. Habrá ocasión de detallarlas un poco más adelante para no dejarnos a nadie atrás…

 
Juana Cano explicando el Torcal                                                         Dolmen de Menga

Esta mi glosa jocosa de arriba puede dar la impresión de que en Montoro siempre estábamos de juerga, cosa que no se ajusta a la realidad. Las clases se seguían impartiendo con un profesorado excelente (mis compañeras y compañeros) y un alumnado atento, receptivo a cualquier iniciativa, participativo, educado y crítico. Y como muestra dos botones: un año tres alumnas del centro participaron voluntaria y resultaron ganadoras. Eran 4 premios y el restante fue para un alumno de un centro privado. Una muestra indiscutible de la calidad de la enseñanza pública frente a la privada. El otro fue en concurso anual que organizaba el
suplemento educativo del diario CÓRDOBA, llamado “El Cordobilla”, y en el que un equipo de 4 alumnos se alzaron con el primer premio que fue muy sustancioso y que entre otros obsequios contaba con una cámara digital para cada uno, aparato novedoso y costoso en aquellos tiempos.

Primer premio del Consurso de periódicos escolares
A la derecha la noticia y a la izquierda nombres del alumnado del equipo ganador


 



27.3.24

MONTORO 1 (Autobiografía 21)

 

Jardín y escalinata derecha hacia las aulas

En el verano de 1992 recibí la noticia de mi traslado docente a Montoro, al Instituto Santos Isasa en el permanecería durante 17 años. Volvía pues a mi casa de Córdoba no sin nostalgia de los buenos años pasados en Constantina, donde dejé buenos amigos tanto entre el profesorado como el alumnado y otros.

Allí me acogieron muy bien, como a otros compañeros jóvenes que nos incorporamos al centro ese año (P. Villalón, B. Castro...)  Al contrario que en los dos años anteriores el PND o PAS (o sea, la administrativa y las conserjes) resultaron muy simpáticas y serviciales. Además, como la mayoría del profesorado éramos o residíamos en Córdoba, tenían organizado un eficaz sistema de turnos de coches para trasladarnos entre aquella localidad y nuestro lugar de residencia, ahorrando gastos de transporte y tiempo. Y los compañeros allí ya establecidos a nuestra llegada eran estupendos (Juana C., Eladio, A. Cabedo, etc.) Conectamos pronto y bien. Y todo bajo el director A. Navarro, de espaldas anchas y amplia correa.

Solo lamentar que a la vez que yo se incorporó como profesor un elemento disruptivo, además en mi Seminario o Departamento de Geografía e Historia, que nos pondría en un a-prieto durante muchos años. Y no solo a los profesores de nuestra disciplina, sino a tutores, alumnos, padres, junta directiva e incluso la inspección. Una pesadilla.

El edificio era -arquitectónicamente hablando- una mezcla de organicismo y funcionalismo, las dos corrientes dominantes en el siglo XX. Con la piedra molinaza característica de Montoro, combinada con lienzos de paredes blancas encaladas. Se accedía por medio de dos escalinatas hasta el vestíbulo, en el cual el área de administración estaba entrando a la derecha y la sala de profesores y el SUM (soterrado) a la izquierda. Traspasado este umbral, dos escaleras para acceder a las aulas. Entre las escaleras un jardín que daba alegría y que estaba primorosamente cuidado por la conserje A. Buitrago que residía en una vivienda ubicada entre ambas escaleras con su familia. La alegría del centro. El acceso a las aulas eran pasillos estrechos (al uso para la época en que se construyó el edificio) pues no se contemplaba el que el alumnado intercambiase de aulas para varias asignaturas; eso vino después, como se vería en el nuevo edificio a primeros de siglo y milenio. Todas las aulas estaban muy bien iluminadas por la luz solar y con amplías ventanas que ofrecían unas agradables vistas al olivar circundante.


En la escalinata izquierda con mis alumnos de 1º de BUP (1993)


P.S.; El 92 terminó mal en lo estrictamente personal. Próxima la Navidad falleció mi amigo Claudio, que venía sufriendo una enfermedad degenerativa que primero lo había dejando ciego, aunque él seguía asistiendo al cine, que tanto le gustaba y al que seguía acudiendo a pesar de su ceguera. Buenos ratos y viajes con este bizarro amigo que no se casaba con nadie en cuanto a opiniones. Un espíritu libre. En su memoria una anécdota que nos contó de su adolescencia: cuando tenía catorce años su padre lo sorprendió fumando un cigarrillo y le preguntó ¿te gusta fumar, eh? Ea, pues ven! Lo condujo a un estanco y le compró un puro
habano, se lo puso en la boca, lo encendió y se lo hizo fumar -entre toses- íntegramente. Lo que propició que no volviera a fumar en mucho tiempo.