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21.8.18

MI EXPERIENCIA EN ESCOCIA


Vista de Edimburgo desde la colina de los memoriales

Un viaje programado con mucha antelación y, entre otros fines, para quitarme un pellizco del verano cordobés. El vuelo salió con retraso y llegué a Edimburgo muy tarde, cansado y excitado por el viaje. A la mañana siguiente acudí a desayunar a un bar frente al hotel donde me alojaba (el Angels Share) y recibí la primera sorpresa: la chica que me atendió era española. Luego vino la visita a la colina de los memoriales (destacando el de Nelson, con forma de telescopio) y bajando un viejo y romántico cementerio que alberga la tumba de David Hume. Luego a la Royal Mile (Milla Real), centro neurálgico de la ciudad y del Festival de Edimburgo que se celebraba por esas fechas; una calle muy animada, repleta de gente y artistas que promocionaban sus espectáculos. Un ambiente festivo y cosmopolita. Escala en la terraza de uno de sus bares (Angel with Bagpipes) y, antes de comer, visita a la cercana catedral de Saint Giles. La comida fue en un restaurante recomendado y recomendable, llamado “The Doric”. Aunque a decir verdad toda la comida escocesa es recomendable y en nada parecida a la insulsa inglesa.

Lago Ness

El día siguiente estuvo dedicado a preguntar precios de alquileres de coche para visitar las Highlands y volver al casco histórico. La tercera jornada, una vez desechado el alquiler de coche, optando por los transportes públicos, partida hacia las Highlands en tren destino Fort William, donde el alojamiento era un hotel neogótico…. Fort William hace honor a su nombre: es un pueblo con una calle principal (como las ciudades del Far West) y poco más, pero parece una escala habitual para visitar las Tierras Altas. De allí, en autobús, a Inverness, ciudad bonita y limpia pero que resulta un tanto aburrida. De allí, al día siguiente (6 de agosto) excursión guiada en un microbús con 15 pasajeros que resultó un acierto (80 € per capita): iniciamos las jornada a las 8:30 y volvimos a Inverness a las 21 horas; con la gentileza del conductor-guía de dejarnos en la puerta del hotel, cosa que yo agradecí doblemente porque mi calzado estaba empapado tras el involuntario chapuzón volviendo de las “Piscinas de las Hadas” (¡parece que me tocó un hada acuática!). En este recorrido visitamos el lago Ness (que parecía un mar, porque tenía incluso olas), dimos de comer a los toros peludos escoceses, visitamos el castillo de Eilean Donan, la tumba de Roderick Mackenzie y la batalla de Glenshiel, las Cascadas de la Belleza, la destilería Talisker (con degustación gratuita), un pueblo donde pude comprar unos calcetines térmicos que me aliviaron del remojón hasta las rodillas. Parece que la degustación en Talisker animó a los, hasta entonces, silentes, aburridos, pasajeros del microbús, quienes incluso se divirtieron educadamente de mi ir y venir por el microbús y las bajadas en las paradas en calcetines, donde vimos muchas cascadas y lagos. La verdad es que llegado ese momento, lo único que anhelaba era volver al hotel de Inverness y secarme completamente, con la preocupación de no coger un resfriado. Y saturado de bellas vistas que habría de digerir.

La jornada posterior vuelta al mismo hotel de Edimburgo, donde en esta ocasión nos asignaron la habitación llamada “Robert Carlyle” (porque allí todas las habitaciones tenían nombres de personajes escoceses famosos). Esta es una habitación para minusválidos que cuenta con una terraza con mesa y sillas metálicas de blanco. Y cenicero. Además cada día nos obsequiaban con un gran bombón de chocolate relleno de nata, y por supuesto una máquina y provisiones de té y café; todo gratis. La habitación también contaba con plancha, mesa de planchado y secador de pelo (ese artefacto que tan poco necesito…)

Exterior de la National Gallery de Escocia

Ya de nuevo en Edimburgo, al día siguiente, visita a la National Gallery de Escocia, entrada libre como es frecuente en los museos estatales británicos. Una colección no muy extensa pero con obras muy escogidas, desde el Renacimiento italiano al Postimpresionismo. Había una exposición temporal sobre Rembrandt de pago, que no visité porque ya he visto bastantes obras de este pintor holandés como el Rijksmuseum de Amsterdam y otros.

Abadía de Holyrood

La siguiente jornada estuvo dedicada a visitas el Palacio de Holyroodhouse, su abadía y jardines, desde los que apreciaba la “Silla de Arturo”. Y comida en otro restaurante recomendado y grato: Howies, especializado en comida típicamente escocesa. Tomé abadejo, pescado que no había probado nunca, de sabor similar al bacalao, en una potente salsa con patatas. Exquisito. Y es que aunque este plato figuraba entre los entrantes, allí podías pedirlos como plato principal, con el doble de ración y de precio (menos de 9 libras esterlinas en este caso). Nada caro. Por la tarde decliné una invitación a la ópera (El barbero de Sevilla) que se celebraba dentro del Festival, pero es que estaba muy cansado (cada vez me fatigo más en los viajes).

Y llegó el último día. Como el avión de vuelta a Málaga salía a las 16:30, la mañana estuvo dedicada a volver al Casco Histórico: el moderno Parlamento de Escocia, la Universidad y otros edificios destacables.

Patio central de la Universidad de Edimburgo

Otras consideraciones

Los restaurantes suelen ofrecer una carta de vinos amplia y detallada. Hemos podido degustar vinos de Chile, California, Sudáfrica, Chipre, Líbano, Siria o Australia. También los había españoles. Se podían elegir copas de distinto tamaño. Curiosamente los whiskys resultaban más baratos que el vino. A destacar las consistentes sopas.

Los escoceses son gente muy amable y en su comportamiento parecen mediterráneos: se ríen a carcajadas, por ejemplo. Y hay muchos jóvenes españoles trabajando allí (españoles por el mundo), por lo menos en la hostelería. A la chica de la cafetería del primer día en Edimburgo, hay que sumarle otra joven granadina en el restaurante Babá en que cenamos y con la que tuvimos una charla. Además de un camarero tarragonés que nos atendió en el restaurante vegetariano David Bann, que llevaba en Edimburgo 18 años o un taxista de origen africano pero que hablaba castellano por haber trabajado en España durante muchos años. Todos alababan el sueldo (bastante más alto que en España, si bien el nivel de vida allí es más alto) y las prestaciones sociales que reciben en caso de necesidad: ayudas para el alquiler en caso de paro, por hijos…

Los paisajes de las Highlands espectaculares; vimos muchos ciervos. Y el tiempo muy cambiante: de ahí el dicho de “Si no le gusta el tiempo de Escocia, espere 10 minutos”. Nunca rebasamos los 17º, cuando en esos días un equipo de la BBC se trasladaba a Córdoba para documentar como se afrontaban los más de 45º en Andalucía.

Edimburgo es llamada “la Atenas del Norte” y con razón, porque está dominada por su arquitectura neoclásica, como la de la National Gallery entre otros muchos edificios. Generalmente en piedra arenisca amarilla, pero también, de vez, en cuando con algún edificio con arenisca rojiza que me recordó mucho a la piedra “molinaza” de mi querido Montoro.

El regreso fue suave, porque desde el aeropuerto de Málaga, gocé de una pausa de unos días en Benalmádena, donde la temperatura máxima no pasaba de los 27º. Algo es algo, antes de pasar a los 37º de Córdoba, cuando ya había pasado el pico de calor en nuestra ciudad.

En fin, un viaje dominado por los ángeles y hadas a pesar de que éstas fueran acuáticas y solo se cobrasen la batería de mi cámara. Pero un disfrute de naturaleza y cultura.

MÁS FOTOS DE EDIMBURGO: AQUÍ, AQUÍ Y AQUÍ
FOTOS DE LAS OBRAS DE LA NATIONAL GALLERY: AQUÍ
MÁS FOTOS DE LAS HIGHLANDS: AQUÍ Y AQUÍ



27.7.18

CRÓNICAS TURCAS (Estambul 3 y final)

    
Torre Gálata

Otros lugares de interés y recomendaciones útiles

Entre otros interesantes monumentos, aparte de los citados en mi 1ª crónica, son recomendables la Torre Gálata, el versallesco Palacio de Dolmabahçe (donde pudimos visitar las dependencias del harén) y sus jardines, la Cisterna basilical, la iglesia de San Salvador in Chora (con sus magníficos mosaicos bizantinos), la iglesia de los Santos Sergio y Baco (transformada y convertida en mezquita), el Gran Bazar, el vistoso bazar de las Especias y el mirador de Pierre Lotti con buenas vistas sobre el Cuerno de Oro y el Bósforo, y varias terrazas escalonada, que se pueden recorrer bajando la cuesta a cuyos lados se despliega un romántico y bello cementerio, con tumbas de tierra donde crecen las rosas (otra forma de revivir).

En cuanto a la comida es buena y sabrosa, mediterránea, con restaurantes para todos los gustos. Con alcohol (en Turquía se cultivan viñas y hay vino turco y el raki) y sin él. Allí probamos un auténtico kebab turco (nada que ver con el kebab “durum” que es el habitual en España). Lo más típico en restaurantes de comida turca son los “lokanta”. Comimos en tres de ellos, que venían recomendados en nuestra guía, aunque nos costó encontrarlos porque no abundan. Comida y trato exquisitos, precios bajos y clientela turca: nosotros éramos los únicos “guiris”. Uno de ellos se llama “La casa del pescado”, y allí degustamos un “Bass grilled” (lubina) estupenda; con la recomendación del camarero de que pidiésemos solo media ración por persona, porque en la foto de la carta parecía más pequeña de lo que era, y además tenía una abundante guarnición de las ricas verduras turcas. Otro, más moderno y con buena música, fue el “Karaköy Lokantasi”. Allí me pedí, por la buena pinta que tenía en la carta, un plato de “silver fish” que resultaron ser boquerones fritos, pero tan exquisitos y frescos como solo se pueden comer a pie de playa en la Costa del Sol. Y a raíz de un malentendido que tuvimos con la camareras, dado su poco dominio del inglés, intervino una chica turca que comía en la mesa contigua para ayudarnos. Y entablamos una grata conversación con ella, que además de inglés hablaba un español fluido. Nos contó que vivía en Londres, estaba de vacaciones en su país y tenía previsto trasladarse a Hispanoamérica para consolidar su castellano. Todo agradable y espontáneo. Una suerte conocer gente así. Pero así son los turcos. Al margen de los sitios de comidas hay multitud de puestecillos para picar: de mazorcas y castañas asadas (allí he comido por 1ª vez en mi vida castañas en verano) y también de zumos naturales, como el de granada que me tomé por recomendación de un amigo, cerca de la Torre Gálata.


 Mezquita del Gran Bazar 

 
  Escuela coránica en esa mezquita

Por lo que respecta a las mezquitas hay que decir que se pueden visitar (al contrario que en Marruecos, por ejemplo). Incluso en horas de culto, aunque el espacio suele estar delimitado entre creyentes y visitantes, pero se pueden ver en todo su esplendor. Las hay de varios siglos, algunas son iglesias bizantinas reconvertidas. Hay dos normas a cumplir: entrar descalzos y no llevar pantalones o faldas cortas. Pero lo tienen todo previsto. En cuanto al calzado hay muebles en el interior de las mezquitas con abundantes muebles para dejarlo, y no hay peligro de que te lo roben, es sagrado. Y en algunos otros sitios te proporcionan gratuitamente unas fundas de plástico para envolverlo. Y en cuanto a las piernas descubiertas, a pesar de que yo iba prevenido con unos pantalones desmontables, tampoco había problema: a la entrada estaban dispuestas, también gratuitamente, faldas o túnicas, que se devolvían al salir. En una ocasión me puse una túnica azul celeste con una capilla roja casi a lo Superman. En otra una falda larga también celeste con la que sentí la tentación de arrancarme por sevillanas; cosa que lógicamente no hice por respeto, que no por falta de ganas. Estas faldas las había de 2 colores: celeste o rosa o amarillo, para que cada persona eligiese el color que considerase más adecuado. Mucha tolerancia, porque en una de las mezquitas visitadas (la del Gran Bazar), nos colamos por una puerta falsa, la primera que encontramos, que daba acceso directo a la zona de oración. Y lo hice con pantalones cortos por mi despiste. Y nadie vino a recriminarme, a pesar de mi invasividad y falta (involuntaria) de respeto, cuando había orantes e incluso un grupo de niños y adolescentes reunidos en lo que me pareció una escuela coránica. En una de esas mezquitas (….), a la entrada, nos ofrecieron, siempre gratuitamente, unos pastelillos cúbicos, dulces y de frutos secos, como los que recibimos de bienvenida en nuestro hotel. En las mezquitas ubicadas en antiguas iglesias cristiana (bizantinas) el mihrab estaba descentrado con respecto al ábside central, para mirar hacia La Meca.

No puedo dejar de recomendar la Tarjeta de Museos si se va a estar allí varios días. No solo es un ahorro considerable, sino que además te evitan las colas. Cierto es que no sirven para todos los monumentos, pero compensa sobradamente.

También es recomendable acudir a un hamman o baño turco. Es una grata experiencia. Nosotros acudimos a uno cercano a nuestro hotel llamado Cağaloğlu Hamami, que data de 1741 y tiene como núcleo una  gran cúpula con lucernarios por donde entra la luz y acoge la sala de baños y masajes. Cuenta con una amplia recepción de 2 plantas donde se encuentran las habitaciones privadas que sirven como vestuarios, con cama, y en ellas dejas tus pertenencias y cierras con tu propia llave. Primero nos hicieron pasar a una sala caliente y seca para sudar durante 15 minutos, transcurridos estos, nos vinieron a buscar nuestros masajistas y nos llevaron bajo la cúpula y allí el masaje y baño, que duró 35 minutos según la tarifa que escogimos y que ascendía a 65 €. Una tarifa intermedia. Al terminar, una vez vestidos, nos ofrecieron un té con pastelillos cúbicos y blancos que ya antes habíamos probado el día de nuestra llegada al hotel y a la entrada de una mezquita. Quiso la casualidad que el joven que nos atendió en la recepción sabía hablar español y entabló conversación con nosotros a la salida: nos dijo que vendría precisamente a Córdoba en septiembre para permanecer aquí dentro de un programa Erasmus+, para perfeccionar su español. Nos intercambiamos los teléfonos para encontrarnos con él a la salida de su trabajo al día siguiente, nuestro último día allí. Primero nos invitó a un café turco en una terraza dentro de los jardines de Topkapi y luego nos llevó a un bar situado en la terraza de un hotel cercano a la Torre Gálata. Desde allí las vistas sobre el Cuerno de Oro, el Bósforo e incluso el mar de Mármara, eran majestuosas, sobre todo con el dorado del atardecer. Estuvimos hablando largamente de muchos temas y de Córdoba, sobre la que le dimos todo tipo de información. Y por supuesto, le afirmamos todo nuestro apoyo para cuando viniese a Córdoba. Él nos invitó a que pasásemos la primera decena de septiembre en su casa junto al mar Egeo, antes de venirse para España. Así es la hospitalidad turca.

En cuanto a la moneda hay que decir que hay numerosas casas de cambio y cajeros internacionales. 

Servicios turísticos hay un montón: desde viaje en barco por el Cuerno de Oro, hasta cruceros por el Bósforo con escala en el lado asiático o excursiones por Anatolia.

Por desgracia, aunque será para mejor, muchos edificios importantes estaban en obras de restauración, como la cúpula de Santa Sofía y la de la Mezquita Azul o el Museo Arqueológico, donde no estaba accesible el supuesto sarcófago de Alejandro Magno. Pero todo esto es pasajero y para bien. Y es que la ciudad fue Capital Europea de la Cultura en 2010, por lo que se ve que muchos de sus monumentos estaban ya necesitados de mantenimiento.

Como curiosidades 3: los árboles son allí venerados, y aunque tengan enfermedades o su tronco hueco, los dejan sobrevivir (nada que ver con nuestra taladora Córdoba). Los gatos son muy respetados, abundantes y poco huidizos. Los cuida todo el mundo proporcionándoles alimento y agua. Casi no existe el “¡zape gato!”. Otra de las cosas es la presencia cerca de los restaurantes de colecciones de jarritos de barro con papel albal horadado como tapadera. Hasta el último día no nos enteramos de su utilidad: servían para cocinar un abundante kebab cuya elaboración dura 2 o 3 horas. No lo probamos. ¡Otra vez será!

Árbol hueco

Gatos jugando en la calle 

   Jarritos de kebab


MÁS FOTOS (Museo Arqueológico y otras): AQUÍ 



25.7.18

CRÓNICAS TURCAS (Estambul 2)


Otras muchas bondades…

Además de sus muchos monumentos, en gran parte mezquitas de distintos siglos (algunas de ellas iglesias bizantinas reconvertidas), la seguridad de sus calles es tremenda, con coches policiales blindados en los principales lugares de afluencia y discreta vigilancia en otras zonas turísticas. Nada de asaltos o atracos fuera la hora que fuese. Y nada de picaresca en hoteles y restaurantes, como ocurre en otros países islámicos (Marruecos o Egipto). Los precios fijados en sus cartas o tarifas sin ninguna marrullería; sin pedir nada a cambio del excelente trato que se recibe por parte de los turcos, siempre dispuestos a ayudarte. Solo simpatía natural. Incluso si detectaban que eras español se esforzaban en chapurrear algunas palabras en nuestro idioma para que te sintieses bien. Porque muchos de ellos habían estado trabajando en España (Málaga, Madrid, Barcelona, Islas Canarias). Un encanto, vamos. En Turquía saben tratar al turismo.

Me sorprendió la juventud de su población y la cantidad de niños. La mayoría de jóvenes que trabajaban en servicios de hostelería (restaurantes, hoteles, etc.) y también como guías en grupo que vestían una camiseta azul rotulada con “Ask Me” en los sitios más turísticos para orientar gratuitamente  los “guiris”. (Por cierto, que la palabra turca “Giris” significa “Entrada”). Una nota jocosa.

Jóvenes "Ask Me"

Y en cuanto a los niños, qué decir. Los vimos vestidos principescamente (como en Aladino) cuando celebraban la fiesta de su circuncisión. Muy graciosos y siempre educados, incluso con sus patinetes, bicicletas, pelotas y artefactos volanderos en las plazas. Y de entre ellos, los más mayores, colaborando durante la noche en negocios posiblemente familiares, aprendiendo el oficio, algo que en nuestro país sería considerado “explotación infantil”, como Harum, que tendrá entre 10 o 12 años, y que nos atendió algunas noches cuando nos solazábamos, tras una intensa jornada, en una de las terrazas de la misma calle de nuestro hotel. Todo formalidad y disciplinada atención.

Bolardo moderno y bello en una calle de Estambul

La limpieza de calles y locales hosteleros también me sorprendió, equiparables cuando no superiores a los de España y otros países europeos.

En cuanto a los transportes igual se puede decir: modernos, limpios, confortables. Utilizamos principalmente el tranvía, pero también el funicular y el autobús. En los tranvías me llamó la atención el ver pegatinas en sus cristales contra el “manspreading”,  un concepto que no conocía hasta entonces, pero también, negativamente, el que no hubiese asientos reservados para ancianos, embarazadas o minusválidos. Y el que apenas existiese la cortesía al respecto. Para quienes van a permanecer varios días es recomendable sacar la tarjeta recargable de transporte, que a nosotros nos recomendaron y facilitaron en el hotel y que se puede recargar en una especie de cajeros siempre cercanos a las distintas paradas. El ahorro es significativo.

Pegatina contra el "manspreading" en un tranvía de Estambul.


…Y algunas objeciones

Algunos taxistas se niegan a hacer una carrera que les parece corta, y si la aceptan, tratan de fijar el (alto) precio de antemano, sin atender a lo que marca el taxímetro. Los “transfers” entre el aeropuerto y el hotel y viceversa es mejor contratarlos por nuestra cuenta, y no a través del hotel de destino, porque el hotel se lleva una alta comisión y además se desentienden del servicio aduciendo que son meros intermediarios. Eso lo sufrimos sobre todo a la vuelta, cuando el transfer contratado tenía que estar en nuestro hotel a las 9:30 y llegadas las 10 horas no aparecía,  con lo que se ponía en juego la posibilidad de perder nuestro vuelo. La cosa se solucionó a iniciativa nuestra, cuando, pasadas las 10 horas, decidimos parar cualquier taxi que circulaba libre por la calle donde estábamos esperando el contratado transfer. Determinado a pagarlo de nuestro bolsillo a pesar de que ya habíamos pagado una cantidad considerable en el hotel para el medio de transporte que no aparecía. Pero el empleado del hotel que nos asistía en la espera del transfer, ante nuestra determinación, paró él mismo un taxi para que nos llevase en tiempo al aeropuerto; eso sí, abonándole este empleado mucho menos de lo que habíamos pagado en el hotel por este servicio.



MÁS FOTOS (Palacio Topkapi, Santa Irene y Basílica Cisterna): AQUÍ
(San Salvador in Chora, Gran Bazar, Mesquita de Solimán...) AQUÍ




23.7.18

CRÓNICAS TURCAS (Estambul 1)


Cúpula central de Santa Sofía

Acudí a este viaje un tanto preocupado por las posibles temperaturas. En verano me gusta viajar al norte, en busca del fresco. Pero hubo suerte, porque a la sombra se estaba muy bien durante el día y las noches eran agradables.


El hotel y sus alrededores

Nos alojamos en el Hotel  Sapphire, muy cerca del cogollo monumental, histórico, de Estambul: Santa Sofía, el Palacio Topkapi, Santa Irene, el Museo Arqueológico, la Mezquita Azul, el antiguo hipódromo bizantino con sus obeliscos (uno de ellos traído del templo egipcio de Karnak). Y además contábamos con una cercana parada de tranvía (recomendable la tarjeta recargable para los transportes públicos), que nos facilitaba el dirigirnos a cualquier parte de la extensa ciudad, a un lado y otro del Cuerno de Oro.

En el hotel nos recibieron muy bien, como a todos los huéspedes, y el recepcionista nos proporcionó gratuitamente planos de la ciudad y se explayó explicándonos cosas útiles y señalándonos los sitios interesantes; sin prisas, exhaustivo y tremendamente amable, como es habitual en Turquía. Como regalo de bienvenida nos sirvieron un té y unos pastelitos cúbicos y blancos, sabrosos y consistentes.
El día de nuestro regreso nos hicieron también dos regalos.

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No hicimos ninguna salida fuera de Estambul, a pesar de la variedad de ofertas asequibles: barcos por el Bósforo, o pasar a la cercana ribera asiática del país. No fuimos a Capadocia, ni a Pamukkale… por ejemplo, porque Estambul tenía demasiadas maravillas para los 6 días que permanecimos allí. Y es que Estambul es mucho Estambul, con sus casi 20 millones de habitantes.

Monumento en el centro de la plaza Taksim

Por la plaza Taksim

Una ciudad cosmopolita a pesar de la creciente islamización palpable. Con zonas conservadoras y otras plenamente europeas, como la plaza Taksim, a la que llegamos en funicular y donde están construyendo una nueva mezquita, o la adyacente y kilométrica calle De la Independencia, cuyo nombre he logrado descifrar. Una calle llena de embajadas o consulados palaciegos (Rusia, Suecia, Francia… en la que lucía un cartel del orgullo gay), así como tiendas, bares, pubs y restaurantes. En uno de estos bares, llamado Parole, nos sentamos en su terraza para apagar la sed y picar algo (un plato de quesos), mientras escuchábamos buena música y veíamos pasar a los variopintos viandantes provenientes de muchas naciones y culturas. Y es que estábamos en el Barrio de Pera, posiblemente el más occidentalizado, divertido y laico de Estambul. Volvimos a este local días después, hicimos una escala antes de dirigirnos al restaurante recomendado por una guía turística. Lamentablemente ese día estaba cerrado, así que deambulamos por los alrededores y fuimos a dar con un pasaje al aire libre pero sombreado, repleto de restaurante con terraza y elegimos uno de ellos que resultó un acierto el Welldone. Rápido y amable servicio, amplia carta, buenos precios, música y diseño modernos (como en el Parole). Allí degustamos una exquisita y enorme pizza egipcia (la tabla en la que la sirvieron ocupaba casi todo el ancho de nuestra mesa) y unas bolas de humus no menos exquisitas, con abundante guarnición de las excelentes verduras turcas en las que el tomate sigue sabiendo a tomate y la lechuga a lechuga. Casi no fui capaz de comerme este completo plato que figuraba de entrante en la carta. Luego pedimos un solo postre: sandía. Sandía que también sabía a las sandías de antes y cuya abundancia y buena presentación, con grandes y sabrosas cerezas alternando entre los gajos sin corteza; una delicia. En la sobremesa pedimos un raki, licor turco típico que ya habíamos probado y que es como un anís al que se le debe añadir agua porque lo consideran muy fuerte; el resultado es lo que en España conocemos como una “palomita”. Pero ¡que presentación tan completa y atractiva! Y también compleja, de modo que pedir ayuda a nuestro amable camarero para que nos explicase el “funcionamiento”, cosa que hizo con satisfacción. Igual que nosotros al ingerirlo plácidamente y como digestivo. Después retirada al hotel (siesta).

Raki


FOTOS Santa Sofía: AQUÍ
OTRAS (alrededores de Santa Sofía): AQUÍ


15.5.18

Land Rover (y transportes Menorca)


Junto a Land Rover, a las puertas del Hotel Bellevue

Comienzo la crónica del reciente viaje a Menorca por el final...

En nuestro viaje a Menorca nos hemos transportado por tierra, mar y aire.

Llegar o salir de esa aislada isla se nos ha hecho complicado.

Los medios que hemos utilizado fueron:

-Taxi
-Autocar (hasta Granada)
-Autobuses urbanos
-Avión
-Coche de alquiler
-Barco (ferry)
-Trenes (de cercanías y lejanías)
-Coche particular

Y el LAND ROVER, que merece tratamiento aparte y más extenso, por lo insólito…

Cuando nuestro amigo José Luis nos dejó en el parking del puerto de Ciudadela, nos dirigimos a la entrada de su terminal. Y allí, por casualidad, un caballero (Mariano) se acercó a Buensu preocupándose de su mochila. Y surgió la conversación. Le dijimos que nos dirigíamos a Palma de Mallorca y él nos dijo que nuestro barco (y el suyo) no iba a Palma, sino a Alcudia. Alarmados consultamos los billetes y ¡Tenía razón!. Con lo cual se nos erizó el vello, porque también creíamos que el hotel para pernoctar estaba reservado en Palma. Pero Mariano nos dijo que no había problema, que él junto a sus dos amigos una vez desembarcados se dirigían a la capital y que nos podían llevar en el Land Rover que acababan de adquirir. Un todo terreno de 55 años. Y en él introdujeron nuestras maletas, y lo embarcaron con prontitud, hasta el punto de que fuimos los primeros en salir de la bodega del ferry una vez atracados en Alcudia.

Durante el trayecto náutico, el buen Mariano nos preguntó cual era el hotel al que íbamos a alojarnos (Hotel Bellevue). Miró en Internet y nos dijo que nuestro hotel no estaba en Palma, sino en la propia Alcudia. ¡Otra sorpresa! La verdad es que ya no ganábamos para sustos. Porque si teníamos que pernoctar en Alcudia ¿Cómo trasladarnos al sur de la isla al día siguiente para tomar el vuelo a Málaga?

Nos llevaron generosamente en el LAND ROVER hasta la puerta de nuestro hotel, recorriendo avenidas y callejeando, rodeando calles cortadas por alguna celebración. Y al final nos hicimos una foto junto al Land Rover (no era para menos). Mariano, Pepe (que conducía el vehículo) y otro amigo suyo del cual, lamentablemente, no recuerdo el nombre. Y allí nos despedimos de estos buenos y nuevos amigos. Final feliz…

Por cierto: si conocéis a alguien que quiera vender un Land Rover, no dudéis en comunicármelo: ellos los coleccionan. Y estamos en deuda con tanta generosa amabilidad.




14.5.18

Los “Entretantos” del Viaje a Marruecos (y IV)



Callejuela en El Barrio Judío

Hasta ahora en mi viaje marroquí he tratado de seguir una línea más o menos cronológica de los principales hitos. Pero entre ellos también han sucedido cosas, mayormente en Fez. Y a esto lo voy a tratar de forma temática, que no cronológica.

Medina: Cuando elegí un alojamiento en la medina lo hice, entre otras razones, porque pensaba que era un ventaja para visitar la parte más importante de la ciudad. Y esto resultó un gran error, porque si bien tenía la ventaja de la cercanía, resultó que estaba aislado, en el sentido de que era difícil trasladarse a otros lugares de la ciudad, porque la extensa medina de Fez no admite tráfico rodado con lo que coger un taxi para ir a otros lugares era complicado. Error de primerizo, porque hubiera resultado más fácil y cómodo alojarse en la parte moderna (Nouvelle Cité) y desde allí trasladarme a la medina.

Nouvelle cité: extensísima, con establecimientos a lo occidental. Como bares donde poder tomarte una cerveza, aunque tenían un licencia especial para suministrar alcohol. Solo al tercer de día de mi estancia lo conseguí, pidiendo un “petit taxi” que me llevó hasta las cercanías de un establecimiento donde pude quitarme el “mono” tras 3 días de monacal abstinencia. Allí me desquité a modo. Primero me senté en la terraza cubierta por la cuestión del tabaco, pero luego me di cuenta de que en su interior estaba permitido fumar. De modo que cuando arreció el temporal de lluvia y frío, me refugié en su barra. En el interior había muchos nativos, pero también algunos europeos. La chica que me atendió iba ataviada como una “rockera”. Algo que no había visto hasta ese momento en la medina. Y cuando mi incontinencia urinaria, debida a la ingesta de birra, se hizo urgente, resultó que el retrete estaba ocupado, pero enseguida llegó el amable camarero que me había atendido en la terraza y me llevó a un WC alternativo ante mi urgencia. Y esto sin que yo le manifestara mi inmediata necesidad, que podría haber arruinado toda mi incursión hasta allí.

Centro Comercial: Se llamaba Borj Fez o algo así. Está compuesto de tiendas y restaurantes de distinto tipo, incluido un Carrefour. Lo descubrí en uno de los viajes en taxi y se convirtió durante varios días en mi refugio en los momentos que me sentía más desolado. Se haya entre la medina y la ciudad nueva. Allí podía moverme a la occidental: comida para llevar, cajeros, etc. Si bien me costó encontrar donde adquirir cerveza, porque dentro del Carrefour no había, y un letrero, que me costó descifrar, indicaba que el alcohol solo se podía adquirir en “La Cave”, cercana al aparcamiento subterráneo del centro comercial. Esta ocultación me fue explicada por el gerente del hotel (Abdul). En esta “cave” las cervezas las expedían en bolsas no transparentes. Me sentí como un delincuente que está comprando algo ilegal que hay que ocultar. Y es que Fez es la capital religiosa del país. Y sin embargo el hachís te lo ofrecían a la luz del día sin ningún pudor. Nunca he apreciado tanto el pertenecer a la U.E. que allí.


                                                                           Terraza del hotel

Terraza hotel:  Fue mi refugio y solaz en las mañanas y las tardes soleadas (que también llovió…) Tenía unas vistas maravillosas sobre la medina y un mobiliario colorido. Y siempre atendido por Muhammad. Allí leí, escribí, reflexioné y charlé con otros huéspedes.


Jardín


Jardines y barrio judío (Jdid): El penúltimo día de mi estancia en Fez lo dediqué a visitar un jardín que me habían recomendado y el barrio judío. El jardín, pequeño y versallesco, estaba cerrado los lunes y era lunes, con lo que me hube de conformar con hacerle unas fotos  través de la verja de entrada. Luego me dirijí al Barrio Judío, cuyas casas fueron abandonadas para trasladarse a la “ciudad nueva” dado su mejor poder adquisitivo y ahora están ocupadas por musulmanes; destacan sus ventanas y balcones labrados bellamente en madera oscura. Dado mi despiste mirando el plano, se me acercó el vendedor de una tienda que se ofreció primero a indicarme y luego a acompañarme (dejando su tienda en manos de quién sabe Dios). Ya en el barrio me indicó que las antiguas casas judías tenían la fachada encalada de azul claro, mientras que las musulmanas lo estaban de un verde también claro. Y me hizo penetrar (nuevamente) en una casa con un patio con escasos frutales de los cuales sus habitantes estaban muy orgullosos a pesar de su dejadez, y para ello hubimos de atravesar la amplia cocina, rompiendo con la intimidad que yo pensaba era característica de las casas islámicas. Me regalaron una flor de azahar y me ofrecieron té que deseché. Mientras recorríamos las bellas callejuelas con flores, mi espontáneo guía me ofreció hachís, cosa que también deseché, pero él se fumó un buen canuto y me enseñó la casa donde dijo había vivido Gilles Deleuze, cosa que no he podido contrastar. Al final se despidió de mí en una de las callejuelas donde abundaban los pequeños puestos de verduras: menta, cebollas y enormes alcachofas como nunca había visto. Y luego vino la “factura” por su “ayuda” que hube de regatear no sin esfuerzo. No vi el Palacio Real y salí de allí a todo trapo.

                            Balconada casa judía                         Casa de G. Deleuze (supuesta)

Burros: como las calles de la medina son tan estrechas, el transporte en su interior se realizaba a través de burros o mulas. Cargaban desde bombonas de butano hasta garrafas de agua mineral y tenían prioridad en el tránsito, el cual me pareció que era por la izquierda, a diferencia de España o Europa. Luego, y gracias a mi amigo Alejandro Pérez, me enteré de que existía allí un hospital de burros, cosa que me imagino que conocerán las asociaciones en defensa del burro español como ADEBO. En cualquier caso aquello es el paraíso de los burros.




MÁS FOTOS: AQUÍ




28.4.18

VIAJE A MARRUECOS (I)


Vista parcial de la medina de Fez

Era mi primer viaje a este país tan cercano. Y ello debido a diversas circunstancias. Me hubiera gustado que fuese con un guía experimentado. Y no me faltan amigos para ello; simplemente el azar quiso que no fuese así.

De modo que lo afronté a solas, aprovechando un vuelo barato desde Sevilla, aunque bien pertrechado de libros, planos y consejos de amigos curtidos en muchos viajes a este país. Y también por otras razones.

En fin, que el primer día de periplo viajé a Sevilla en tren, y desde la estación de Santa Justa me trasladé al aeropuerto en el autobús que cubre esa línea. Y allí, al facturar, sufrí la “1ª clavada”: 40  € por la maleta que yo creía iba incluida en el billete de ida y vuelta. A la vuelta ídem: otros 40 “leros”, con lo cual el viaje de la maleta costó más que el mío sentado (60).

Al llegar al bello, funcional y moderno aeropuerto de Fez, y tras pasar exhaustivos controles policiales, el taxista enviado por el hotel a petición propia, me estaba esperando con i nombre escrito en un folio. Me trasladó hasta Dar Zyat, una puerta de la medina y, como estaba lloviendo, se esperó hasta que llegase el operario del hotel, Muhammad, con el que tan buenas migas hice dada su servicialidad, amabilidad y laboriosidad. Cargó con mi pesada maleta entre laberínticas callejuelas bajo la lluvia.

Aeropuerto de Fez (exterior)

 Aeropuerto de Fez (interior) 
                                                                                                                                                       
A la llegada me ofreció un exquisito té con menta totalmente gratis. Luego me llevó a instalarme en mi apartamento, que afortunadamente se encontraba en la 3ª planta del edificio, y daba a la terraza desde las que había maravillosas vistas de la medina de Fez (al parecer el espacio peatonal más grande del mundo). Después de tomar algunas fotos sobre las vistas, decidí salir a tomar algo. Pero cuando bajé a la recepción-sala de estar-comedor, no había nadie del personal del hotel, pero la puerta del establecimiento estaba abierta. Esperé allí y de pronto apareció un operario desconocido al que le pregunté quién me podía atender. Me dijo que Mohammad volvería “en 5 minutos”. Esperé largo rato y nadie aparecía. Entretanto un matrimonio italiano con un niño pequeño salió y comentó que iban a cenar a una pizzería. Después llegó un momento en que me desesperé.

Y esa fue mi perdición, sin duda debida a mi impaciencia y falta de prudencia (aunque estaba sobradamente advertido) que me hicieron lanzarme a la laberíntica medina. Empezaba a anochecer y traté de seguir la ruta que había tomado el matrimonio italiano, pero me encontraba totalmente perdido en aquel dédalo de callejas y adarves. Y en esas me abordó un adolescente que me preguntó si podía ayudarme; le dije que sí, acordamos el precio y lo que buscaba. Aceptó pero en el ulterior desarrollo el chico no sabía encontrar el sitio que quería, de modo que fue preguntando al respecto a otros jóvenes que había por las calles y que se fueron agregando como “guías”.  

Al final me condujeron a casa de uno de ellos que dijo que me podía proporcionar lo que buscaba: una cerveza. Allí, una casa en obras en oscuro y estrecho pasillo, me ofrecieron té y otras sustancias que decliné, y aunque insistí en que me diesen lo que iba buscando, primero me insistieron en que fumase del canuto que rápidamente liaron y, ante mi insistencia, me trajeron un bebedizo blancuzco y extremadamente salado. Solo tomé dos sorbos y les dije que me quería ir; tenía miedo y lo único que anhelaba era volver a la seguridad del hotel. 

No sin refunfuñar y regatear, salimos de la casa y me dejaron en la que ellos decían era calle de mi alojamiento. Seguí adelante y el hotel no aparecía; otra vez estaba perdido... Por suerte, todo se arregló a base de regateo y más dirhams.

Al llegar al hotel me recibió su gerente, que me preguntó que había ocurrido. Cuando se lo conté se echó las manos a al cabeza y acusó mi imprudencia. Alegué en mi favor que había estado esperando más de 1/2 hora en el hotel sin que apareciese nadie; se excusó diciendo que estaban en la oración de la tarde-noche y me obsequió con una botella de agua que pensaba comprar. Al día siguiente tuve noticia (y me consta) de que fue a buscar a los chicos y los reprendió para que no se acercasen al hotel ni molestasen o “guianse” a sus clientes.

Esa misma noche contraté en el establecimiento un guía para que me enseñara la medina en la mañana del día siguiente.



4.3.18

VIAJE A MURCIA (2018)



Catedral de Murcia

Es mi primer viaje con el IMSERSO. Ha sido por Antequera-Granada-Guadix-Baza-Gor-Puerto Lumbreras y Águilas, dónde llegamos sobre las 17:45. 

En Gor comimos hemos estupendamente y en Puerto Lumbreras hemos hecho una paradiña.

Al llegar al hotel el reparto de habitaciones ha resultado rápido, a pesar de que éramos un grupo de más de 50 personas. Y aunque me han asignado una habitación sin vistas al mar ni terraza al menos tiene bañera. Es un hotel de 4 estrellas pero de de no fumadores, pero muy bien situado junto al mar. Se trata del Hotel Puerto Juan Montiel y cuenta con un servicio de SPA de pago (25 €) del que no hemos podido disfrutar por lo apretado del programa. También tiene piscina climatizada gratis, pero he caído en la cuenta de que no me he traído el bañador.

En el autocar me han asignado un asiento junto a una señora muy simpática, futbolera y amante del arte llamada Mari, con la que además he compartido mesa todos los días junto a las también simpáticas, vitalistas y maestras Ana y Lola. Todas de Córdoba capital y muy experimentadas en estos viajes.

Una vez alojados he disfrutado de la terraza del hotel teniendo al frente el peñón de Águilas. Una bella vista.

Al día siguiente visita a Murcia capital. Día completo dónde hemos visitado la Catedral y luego un paseo por el casco histórico: Plaza de Santo Domingo, monumento a Paco Rabal, teatro (y su maldición) … Después subida al santuario de la Virgen de la Fuensanta, patrona de Murcia y  dónde no bebí agua del pocito de las monjas (contra las arrugas y otros padecimientos) pero que tiene un emplazamiento estupendo, dominando las vistas de la ciudad. Tras ello bajamos hasta La Alberca donde comimos. Por la tarde, en visita opcional (de pago), acudimos al Museo de Salzillo (siguen prohibidas las fotos, no. sé por qué) y luego al Casino, de estilo ecléctico: modernista, neomudéjar, hierro y cristal, clasicismo. Todo ello acompañados de un buen guía que nos explica magníficamente las composiciones de los pasos de Salzillo y nos hace notar, acertadamente, que al ser  grupos escultóricos que procesionan hay que verlos desde distintas perspectivas. Cuando estábamos en el santuario recibo una mala noticia: la muerte de mi tío Rafalín a cuyo funeral no podré asistir por encontrarme tan lejos. Volvemos al hotel muy tarde (20:30). Me encuentro exhausto, y después de la cena tomo un baño con abundante espuma antes de acostarme. 

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Monumento al Carnaval de Águilas (Ícaro)

En el 2º día de estancia visita matutina guiada por Águilas. Vemos el puerto pesquero con su Lonja y el Monumento al Carnaval (escultura de Ícaro), cuya importancia, y peculiaridades (musas, musona, la Cuerva…) pone de manifiesto nuestra simpática y preparada guía al tiempo que nos explica el porqué de haber elegido a este mítico héroe como símbolo de su carnaval. Luego subimos al castillo de San Juan y en el camino vemos una escaleras de acceso decoradas por jóvenes artistas con el patrocinio del Ayuntamiento. Una vez en el castillo (del siglo XVIII) nuestra guía nos hace una foto de grupo y luego nos repartimos por sus estancias. Desde su planta superior o azotea, en la que quedan un par de cañones de la época, gozamos de interesantes vistas de Águilas: desde su trazado ortogonal dieciochesco a dos de sus bahías y playas.

Tras la bajada nos dirigimos en autobús al CIMAR con barco pesquero de arrastre incluido (“José y Josefa”) activo hasta hace pocos años. Después comida de buffet en el hotel. Declino la visita a Lorca para la tarde porque me encuentro cansado y necesito echar la siesta, pasear y escribir en mi cuaderno de viaje; lo que hago en una terraza junto al mar en la playa de La Colonia. Disfruto de las vistas y la cercanía del mar, que me sentaron muy bien.

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Teatro romano de Cartagena

En el tercer día nos dirigimos a Cartagena (por la mañana ) y Mazarrón (tarde). Comemos en Cartagena, donde visitamos las Murallas Púnicas (cartaginesas) con guía y luego el Teatro Romano también guiados. Como nos dejan bastante tiempo libre, telefoneo a un amigo que vive allí y al que le prometí encontrarnos si era posible, pera andaba de obras en casa y no podía acudir. Apreveché el tiempo libre en visitar el Museo del Teatro Romano, contiguo al teatro pero al que no accedimos en la visita al propio teatro. Me ponen un precio especial (5 €) por ser jubilado, cosa que agradezco enormemente, porque me pidieron algún documento que acreditara y como no existe, que yo sepa, carnet de jubilado, se conformaron con la Tarjeta Dorada de Renfe. En este pequeño museo (obra de Moneo con musealización parecida al de Mérida) se exhiben las principales piezas encontradas en las excavaciones del teatro y otras anteriores o posteriores a su construcción. El Museo está conectado con el teatro y accedo a su cavea desde dónde pude hacer fotos desde distintas perspectivas, cosa que no fue posible durante la visita guiada, que se limitó a una pormenorizada y fructífera charla de guía sobre la historia y partes del teatro y su excavación.

Como seguía teniendo mucho tiempo libre, me senté en una terraza junto a la entrada al museo y frente al imponente Ayuntamiento de esta ciudad. Había nubes y corrían ráfagas de viento procedente del cercano puerto.


"Las Gredas", en Mazarrón

Por la tarde nos desplazamos hasta El Puerto de Mazarrón, dónde una joven simpática y preparada que resultó ser de Córdoba, nos llevó a “Las Gredas”, junto a la playa, una formación geológica muy interesante y que recuerda a la Ciudad Encantada de Cuenca, aunque de origen y dimensiones distintas. Previamente hicimos un recorrido en autobús por la pedanía de El Puerto de Mazarrón, una urbanización desértica llena de chalets vacíos o con el cartel de “se alquila”, etc. Esto fue antes de la visita guiada, porque llegamos casi una hora antes de la cita con la guía (17 horas), de modo que nuestro autocar aparcó en la también Estación de Autobuses, que se encuentra en el centro de esta pedanía, cerca del mercado y otros establecimientos en los que se veía algo de vida. Tras Las Gredas, volvimos, ya más tierra adentro, hacia la Torre de los Caballos, adosada a una ermita y desde cuyas vistas predominaban las vistas de esos chalets cerrados. A continuación nos dirigimos al Centro de Interpretación de los pecios fenicios encontrados bajo el mar hace no mucho y que siguen en un cofre metálico en el lugar de su hallazgo, a pocos metros de la playa. En el Centro de Interpretación atendemos las explicaciones de nuestra guía y podemos ver una maqueta del barco más entero a escala 1:3. Luego regresamos a nuestro hotel en Águilas. Es verdad que volvimos pronto (sobre las 19 horas) y tuve tiempo de tomar un relajante baño e ir recogiendo la maleta. Durante la cena (21 hora, como siempre) se decide por unanimidad adelantar el regreso a Córdoba a las 9:30 horas.

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Al día siguiente partimos puntualmente, con sol y buenas temperaturas como hemos gozado estos días, pero, ya en ruta, empezó a azotarnos la lluvia y las bajas temperaturas cerca de Baza, dónde hicimos una “parada técnica” y me tomé un descafeinado (por el frío, sobre todo). En el exterior del establecimiento los fumadores nos cobijamos bajo un toldo del que a veces caen gotas frías, y departimos con dos jóvenes agricultores de la zona que bendicen la lluvia, tras la sequía del año anterior. Por lo que dicen se dedican al cultivo del almendro.

Para comer nos paramos en un restaurante en ruta llamado “La Parada” cerca de Huétor Tájar. Lo hacemos rápidamente y con fruición. Los dos platos que nos sirven están buenos y combinan con el frío y lluvioso tiempo que nos ha acompañado durante el viaje. Seguimos y hacemos una parada en un área de servicio cerca de Lucena para que se puedan bajar los excursionistas de esa localidad (18) más algunos de Encinas Reales. Al llegar a Córdoba (temprano) vemos los efectos del temporal: árboles caídos y contenedores volcados e incluso desplazados hasta la calzada. Fin del viaje.

13.2.18

TURISMO, MASIFiCACIÓN, DESPERSONALIZACIÓN


Fotografía tomada de la revista AJOBLANCO

Leo un brevísimo artículo titulado “Decoración y turismo” en el 1er. número de la nueva etapa de la revista AJOBLANCO (verano 2017). Su autor es Javier Pérez Andújar, periodista y escritor premiado.

El título del artículo es una alusión al ministerio creado por Franco y ostentado por Fraga Iribarne. Hay que indicar que el nombre completo de tal organismo fue “Ministerio de Información y Turismo”. La indicación no es baladí, pues la palabra “información” va ligada a “censura”; sobre todo en una dictadura.


Y paso a citar literalmente (y comentar) frases del artículo:

-“Dicen que las palabras están para ocultar lo que se piensa, y lo que se hace”.

-“Spain is different!” Fue el lema del creado por el  ministerio. Pero “Las palabras avisan siempre por su reverso”, es decir, nos avisaban de que íbamos “a la uniformidad”.

-“No es lo mismo viajar que hacer turismo”. Tampoco “veranear”.

-El turismo ha censurado a todas las ciudades del mundo en su propio carácter”. Y esta frase me recuerda un cartel que vi en Coimbra el último verano y en el que sus habitantes se quejaban de lo perjuicios causados por el turismo. Igual que ha ocurrido en Barcelona y en algún otro lugar.

Fotografia del autor

-“Hace mucho tiempo que vivimos dentro de unos grandes almacenes, se pasa por los países como se pasa por las plantas”. “Mismo tipo de calle peatonal, las mismas cadenas comerciales […] Mismos autocares […] Mismas bermudas”, etc.

Creo que es un buen tema de debate; un tanto espinoso para mí, que vivo en una ciudad en la que el turismo es un sector clave de su economía. Y cuando digo economía me refiero a los puestos de trabajo y a las familias que sobreviven gracias a él.