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19.5.26

GR-7 ALCALÁ LA REAL - ALMEDINILLA

 

Esta nueva singladura comenzó a las 10 de la mañana del día de san Isidro en el Parque Fidiana con dos coches, uno conducido por P. Ortega y otro por L. Rodríguez. De pasajeros M. Morales y M. Zurita en el primero y yo en el segundo.

Salimos puntuales y llegamos sobre las 11:30 a Alcalá a los Apartamentos-SPA “Llave de Granada”, donde nos alojaríamos todo el grupo y que resultaron nuevos, pulcros, bien equipados y accesibles para personas con movilidad reducida como es mi caso. Además bien ubicados en los límites del pueblo con fácil acceso al casco histórico de la localidad y a las carreteras que habríamos de utilizar en los días siguientes. Nos asignaron el apartamento nº 2, en la planta baja, junto al ascensor y el salón donde tomaríamos los desayunos y haríamos la cata de aceite de ese día tras la sesión de SPA. Era un apartamento amplio y luminoso en el que dormiríamos cuatro personas con un cuarto de aseo igualmente amplio y adaptado para minusválidos; de él saqué la idea de comprar una banqueta similar a la de allí disponible, para la placa de ducha de mi casa por ser más sólida y estable que el banquillo de plástico que vengo utilizando y que me ha dado más de un susto. Al preguntarle al responsable del establecimiento dónde podría comprarla me indicó que la podía encontrar más barata Amazom, pues él había comprado ahí una para su madre.
 
Cata de aceite 
 

Una vez instalados esperamos la llegada de los expedicionarios del turno matutino, pues el resto llegaría por la tarde; así que, una vez completada esa primera tanda, partimos hacia el centro de la ciudad para comer en el restaurante El Parque Gourmet donde nos encontramos con un menú del día compuesto de variados y abundantes platos, primeros y segundos, además de una bebida y postre. Buen precio y servicio rápido y amable. Llegaron unos asiáticos que comieron en la mesa contigua a la nuestra y Fernando con su habitual gracejo me dijo: “Rafael, tú que como yo eres experto en Extremo Oriente (jajajj!) ¿Crees que son chinos, japoneses o coreanos?” Le contesté que ni idea y él opinó que se trataba de coreanos por su enorme cabeza; por un momento pensé que podían ser sacerdotes católicos ya que casi todos iban vestidos de negro y alguno me pareció que llevaba un clergyman, aunque fijándome mejor resultó ser una camiseta blanca visible bajo el cuello. Tras la siesta, sesión de SPA; yo solo con circuito termal incompleto, porque el contraste entre el calorcito de la piscina de burbujas y el baño turco debía alternarse con la piscina de agua fría, cosa tonificante sin duda, pero que evité por temor a que al introducirme en ella me diese un ictus o pegase un respingo de rechazo en zona acuática y por lo tanto escurridiza, además de con escalones. Tampoco me gusta la ducha escocesa, pero, por olvido, me perdí el pediluvio incluido. Después cata de 5 aceites en la que el ameno experto nos demostró que el mejor era el AOVE, si bien me sorprendió que nos dijese que había cuatro variedades: desde el suave a otro más denso que no necesitaba jamón para las tostadas del desayuno y recalcó que la Denominación de Origen “Aceite Virgen Extra de la Subbética” era el más premiado de todo el mundo. En la fase de oler todo me olía a lo mismo: aceite, y en cuanto a la fase gustativa no supe captar los matices de tomate o yerbas. Como anécdota el docto experto nos contó que durante una cata con un grupo de japoneses éstos, al terminar la cata, se untaron la cara con el aceite sobrante porque valoran mucho sus salutíferas propiedades cosméticas y que en su país este se vende a alto precio en pequeños frascos en farmacias, parafarmacias y tiendas de cosmética; así que se fueron bien “pringaos”. Después cena en el recomendado Bar Madrid, en una calle lateral de la iglesia de la Consolación. Eran cuatro platos por cada cuatro comensales; servicio rápido, atento, eficaz y precio económico, aunque muy ruidoso por la gran concurrencia y una familia muy gritona en una mesa paralela. De vuelta al alojamiento mis compañeros senderistas se fueron a dormir porque se había hecho tarde y al día siguiente habían de madrugar mucho. Yo me subí a la extensa terraza a fumar antes de dormir.

 

                                    Cascadas en el río Caicena

 

A la mañana siguiente desayuné cuando todos los del “Grupo B” habían casi terminado su condumio, pero lo hice en hora. Después nos trasladamos en coche hasta Almedinilla, yo en el coche del paciente Antonio y su esposa Mareli; allí llegamos a su Centro de Interpretación antes de la hora fijada para encontrarnos con nuestro guía que, felizmente, resultó ser mi viejo amigo Emilio. Él nos condujo primero al Ecomuseo del río Caicena, notablemente mejorado desde mi última visita allí que creo fue con Hespérides en 2010, cuando coordiné el Congreso Metodológico-Didáctico titulado ARQUEOLOGÍA: DE LA CIENCIA A LA DOCENCIA, que coordiné, y mejorado no solo en lo museístico sino también en accesibilidad (ascensor). El río Caicena, a su vera, lucía magnífico con su vegetación de ribera y muchas cascadas gracias a las abundantes lluvias del pasado invierno. Una gozada. Tras el museo, subida al Cerro de la Cruz para ver el yacimiento del poblado ibero brevemente y del que solo me interesaban las novedades, como un horno recreado por Emilio… Luego bajada a la Villa Romana de El Ruedo en la que también había novedades importantes; y de allí a comer en el restaurante Los Cabañas, con buen y barato menú además de atento y rápido servicio. Regreso a los apartamentos y reparadora siesta para mí. Al anochecer nueva cena en el Bar Madrid, esta vez con menos ruido aunque no pudimos consumir completamente la copiosa, apetecible cena, de modo que empezaron a funcionar los tuppers por el excedente de comida. 

 

              Torre del homenaje en la fortaleza de La Mota

 

A la mañana siguiente los “no senderistas” (Grupo B), asistimos a una visita guiada por la fortaleza (y ciudad) de La Mota en la que visionamos en su antigua iglesia un audiovisual de quince minutos de duración y excelente factura. Nuestra guía, Nuria, una gran profesional, amena y gran conocedora de lo que nos habló; sustanciosa explicación que se prolongó abajo en el casco histórico de Alcalá, al que me sustraje en parte junto a Charo y Mareli para tomar una cerveza (al final fueron dos) porque estábamos sedientos y un tanto ahítos de tanta explicación que cuesta asimilar; y además en el coche de Antonio (al que agradezco mucho su ayuda y asistencia con la silla de ruedas) bajamos como media hora antes que los que lo hicieron a pie. Así que nos incorporamos a la visita urbana ya casi en su final. Tras ello y con las maletas recogidas, nos dirigimos al Asador Puerta de Alcalá en un polígono industrial cercano a la carretera (N-432) que debíamos coger de vuelta a Córdoba. Para esa comida final ya se habían descolgado algunas que preferían hacerlo en sus casas en Córdoba. Tomamos un buen y abundante menú en el que de beber yo probé el vino blanco alcalaíno de 2º plato yo elegí “Secretaria Alcalaína” por conocer un plato local; se trata de un guiso de pollo en salsa de tomate y variadas verduras que estaba muy bueno pero que no me pude terminar. Volvieron a funcionar los tuppers. En la despedida M. Morales me dio una bolsa con dos botellas de tinto y otra de refresco sobrantes y que pienso utilizar en el perol de agradecimiento que brindaré en la primera quincena de junio a los asistentes por su ayuda física y moral, tanto en este viaje como en anteriores. A las 16 horas, según lo previsto, iniciamos el regreso a Córdoba donde llegamos a las 17:30. Fin del viaje.  

 

 
Fuente de el Pilar de los Álamos

 

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7.4.26

RUMANÍA 2026


En el monasterio de Voronet 

El viaje comenzó con mal pie cuando me clavaron 40 € por llevar la maleta. Llegamos a Bucarest a la hora prevista y a su salida, con problemas al desplegar la silla de ruedas, nos abordaron los primeros pillos: les preguntamos cómo llegar a la sede de la empresa del coche de alquiler contratado y nos condujeron hasta allí no sin desprenderse de sus chalecos amarillos de porteros del aeropuerto. Al llegar se llevaron la propina que les dio Eladio. Ya en la oficina del alquiler nos volvieron a clavar con diversas tasas como la del “conductor older”. El operario metió la silla plegada en el maletero del auto -un Dacia Logan blanco sin navegador- por lo que le di una propina similar a la de los pícaros. Nos indicó como llegar a nuestro destino (el hotel Capitol, muy cerca del casco histórico, en la Calea Victoriei); era todo recto, pero al otro lado de la autovía que une aeropuerto y ciudad; nos perdimos un poco hasta que por fin pudimos acceder al otro sentido de esa vía. Luego continuamos recto y penetramos en el centro de Bucarest dónde estaba el hotel. Lamentablemente el GPS no funcionaba, pues previamente debería haber activado la “itinerancia de datos”, cosa que desconocía y que solo pude resolver al día siguiente con varias llamadas a mi compañía telefónica. El caso es que estuvimos dando muchas vueltas alrededor de nuestro hotel, pasando por delante de él al menos en dos ocasiones sin percatarnos, entre otras cosas por la ausencia de iluminación en el rótulo, así como en su cúpula. Seguimos preguntando a personas, generalmente jóvenes solícitos que nos dijeron -consultando sus móviles- que debíamos girar a la izquierda o la derecha aquí y allá y que estábamos muy cerca; incluso recurrimos a un taxista -tal vez el más honesto de Bucarest- que se negó a ir delante de nosotros pagándole la carrera porque adujo que estaba muy cerca y le parecía poco honroso el hacerlo. Después de muchas vueltas, exhaustos, aparcamos en una avenida perpendicular a la calle de nuestro hotel y donde volvimos a preguntar a un viandante -que resultó ser inglés- y que, consultado su móvil, nos dijo que estábamos allí mismo; entonces, y a pie, Eladio indagó y por fin dio con el ansiado destino. Él llevó las maletas y yo le seguí en la silla empujándola porque otra vez falló al desplegarla. Al llegar a la recepción solo quedaba por llevar nuestro coche al parking, que había que pagar aparte. Debido a las calles de dirección única, aunque en las mismas manzanas, hubimos de recurrir al portero del hotel -un tipo hosco que nos insistiría en esta y ocasiones posteriores, en que no era el portero, sino el encargado de seguridad y que no tenía por qué hacer esas labores- en fin un malafollá con el que nos encontramos, pues todos los demás que nos encontramos eran amables y solícitos aun sin pedírselo, y así cuando yo encontraba dificultades de movilidad, como bajar unas largas escaleras para atravesar subterráneamente una ancha avenida, cosa que ocurrió en la primera mañana en Bucarest, cuando nos dirigíamos al punto de encuentro del Free Tour en el que nos habíamos inscrito. Pero la misma respuesta solidaria se produciría en situaciones y días posteriores. Siempre.

 

Día 1º por Bucarest

El Free Tour (gratis) comenzó en la verja del Hospital Calea (e iglesia Calei). Desde allí y por bulevares visitamos la iglesia (“biserica” en rumano) de San Jorge Nuevo situada en unos jardines (muchas zonas verdes allí) para luego dirigirnos a la Piazza Romana, una placita con la Loba Capitolina colindante con el casco histórico en el que inmediatamente nos internamos, visitando en primer lugar la antigua posada Hanul Manuc junto a la cual, en la misma plaza, se levanta la iglesia de san Andrés; salí de la posada para fumar mientras el grupo estaba disperso dentro visitando sus dependencias. En esa placita peatonal donde en ese momento (de los pocos) lucía el sol, y sus bancos estaban ocupados por varias personas, me acerqué a la primera, una mujer mayor -quiero decir mayor que yo- para pedirle que me hiciese una foto con la iglesia al fondo, cosa que hizo muy amablemente para después entablar una conversación en español ya que me confesó que había vivido diecisiete años en Valladolid acompañando a su hija, casada con un español. Una vez salido el grupo de la posada nos seguimos internando en las calles del casco histórico y allí hicimos un receso en el cutre y minúsculo Museo del Comunismo y su “café comunista” (achicoria). A sus puertas perdí un guante (seguía haciendo mucho frío) mientras telefoneaba a mi hermano Pepe por su onomástica y me comunicaba con mi compañía telefónica para resolver el asunto de la itinerancia de datos que tan útil nos resultaría en los días siguientes para recorrer en coche el norte del país y demás. Me hube de comprar unos guantes de cuero nuevos en Brasov, donde hacía aún más frío que en Bucarest. Proseguimos por las calles (Calea, casi como en vasco), entre ellas la de Leipzig (Lipscani) por los comerciantes alemanes que allí se establecieron hace siglos, y nos desviamos a la coqueta iglesia del monasterio urbano de Stavropoleos y luego ver por fuera los monumentales edificios financieros neobarrocos como el Banco Nacional. Después al Palacio del Parlamento, enorme y feo mamotreto mandado construir por el dictador comunista Ceaucescu como su residencia -que nunca llegó a ocupar- y que sigue sin terminarse. Tiene más de mil habitaciones la mayoría vacías. Allí acabó la ruta guiada que se había prolongado casi tres horas y media. Eladio obsequió a nuestro excelente guía (Alberto) con una generosa propina y le inquirió sobre un sitio bueno y cercano para comer (HB), hacia el que nos dirigimos sin acertar a encontrarlo, así que volvimos sobre nuestros pasos con la suerte de encontrarnos con Alberto que nos acompañó hasta su puerta. Su interior agradable y animado y con música de jazz. Allí probé por primera vez las mitatei rumanas (salchichas sin piel), guarnecidas con polenta. Tras la comida volvimos al hotel, en el que eché la siesta, tras la cual Eladio salió de paseo por el casco histórico mientras yo resté en el hotel para ducharme.

 

 
Iglesia de Stavropoleos 
 

Día 2º en Bucarest  (20-3-2026)

La mañana la dedicamos a ver museos. Lamentablemente el de Historia y Arqueología no estaba accesible para mí, así que dimos la vuelta y nos fuimos a los de Arte, divididos en dos colecciones, cada una en un extremo de su monumental edificio. Me sorprendió su valiosa colección de pintura internacional, que incluía varias obras de El Greco, y alguna de Alonso Cano, Zurbarán, Van Eyck, Rembrandt, Rubens, Vasari…, así como Las Cuatro Estaciones de Brueghel.

La colección moderna estaba compuesta por artistas rumanos contemporáneos, muchos cuadros pequeños, impresionistas de buena factura y también una escultura de Brancusi.

A la salida nos dirigimos al casco histórico y nos tomamos una cerveza en un bonito y animado pasaje (Pasajul Macca-Villacrose) lleno de bares. Nos atendieron camareros jóvenes que hablaban un poco de español. Luego nos internamos en pleno casco histórico y comimos en la terraza calefactada de un pequeño restaurante donde tomé un enorme y jugoso muslo de pavo (creo). Regreso al hotel y reposo.

 

                       Castillo de Pelisor

 

Día 3º: Bucarest-Sinaia-Bran-Brasov

En el restaurante de nuestro hotel, en el variado desayuno buffet, al ver que iba en silla de ruedas, me atendió rápidamente un amabilísimo camarero asiático (chino o japonés) que me trajo a la mesa todo lo que necesitaba.

Después partimos hacia Brasov, haciendo parada en Sinaia para ver sus castillos de Peles y Pelisor, situados a los pies de la ladera sur de los Cárpatos meridionales; no se trata exactamente de “castillos” sino de palacios estivales de los monarcas rumanos, en los que no llegamos a entrar y solo vimos por fuera. Como era temprano, decidimos cambiar de planes y visitar Bran para ahorrarnos kilómetros y tiempo. Ya en Bran comimos en restaurante llamado Galería Bran y después visitar el famoso castillo de Vlad Tepes (Drácula), no tan tétrico como en las películas, pero elevado sobre un peñasco. No pudimos visitarlo, solo rodear el agradable parque que se extiende a sus pies. 

Castillo de Bran

 

 

De allí a Brasov que sería base para excursiones por los alrededores. Gracias a Google Maps dimos con nuestro alojamiento fácilmente, aunque su parking estaba repleto y hubimos de aparcar en una calle lateral al hotel, sin advertir que se trataba de zona azul, aunque las rayas eran blancas. Al día siguiente nos encontraríamos con la consiguiente multa con foto incluida; no obstante, cuando acudimos a la recepción del hotel para pagarla cuanto antes por si había rebaja (un pastón) y así poder obtener una reducción, pero un huésped que a la sazón estaba también en el mostrador (tal vez un hombre de negocios rumano que hablaba inglés) nos tranquilizó afirmando que la Policía Local no cruzaba las multas con la Policía Nacional de tráfico, por lo que nuestro coche de alquiler estaba a salvo de sanciones. 

 

 

 
  Plaza de Brasov y monte Tamba

Tras esto nos dirigimos al colindante casco histórico donde subimos hasta los pies del monte Tamba, para luego bajar y tomar un par de escuetas copas de Metaxa (coñac griego) a las que invitó Eladio. Tras eso volvimos a la cercana plaza principal y elegimos la terraza calefactada aunque no cerrada -hacía mucho frío- de un restaurante llamado La Ceaun en el que volveríamos a comer al regreso del norte. Al terminar, vuelta al magnífico hotel ARO PALACE (5*) sin duda el mejor de los tres en que nos alojamos durante el viaje (habitación amplia, terracita, excelentes vistas, accesibilidad, parking gratis con plazas para minusválidos… una gozada). Siesta y largo placer en su bañera adaptada, mientras Eladio andurreaba por ahí.

 

Día 4º  (22 de marzo)

Visita a Sibiu (150 km.) Recorrimos su bonito y peculiar -por sus ventanas en los tejados- casco histórico y, sin buscarlo, por casualidad, recalamos en la terraza de un restaurante (Crama Sibiana de nombre) para tomar una cerveza y Eladio descubrió que venía recomendado en la Guía Azul que manejábamos. Así que comimos allí: se trataba de una acogedora cava con buena comida, agradable y alegre música tradicional rumana. Vuelta a Brasov.

 

 
 Sibiu

 

 

Día 5º

Partiendo de Brasov nos dirigimos a Sighisoara para visitar su magnífica ciudadela. Para acceder a ella había que superar un enorme cuestarrón y, ya en su interior, sufrir un pavimento criminal para sillas de ruedas. En su mirador, desde el que se podía contemplar la parte baja de la ciudad, perdí mi segunda guía de viaje que también llevaba en la bandeja de mi silla; menos mal que un alma piadosa la encontró y la dejó en un poyete cercano de donde -volviendo sobre mis pasos al advertir su pérdida- la pude recuperar. Allí, cerca de la imponente Torre del Reloj, se hallaba la casa del padre de El Empalador, hoy convertida en restaurante que no probamos y acabando por elegir para almorzar la terraza elevada y al aire libre de una calle perpendicular; menos mal que hacía sol de vez en cuando; el sitio, bien atendido, se llama “La Croitorie”.  Luego nos encaminamos al nordeste, a nuestro próximo destino y alojamiento: el hotel Gran Plaza en Piatra Neamt sin duda el peor de los tres de nuestro periplo (accesibilidad, cárcel para fumadores…)  Llegamos ya de noche y nos fuimos a dormir. 

 
Plaza y torre del reloj. Sighisoara.

 

Día 6º

Desde esta última ciudad nos dirigimos a Bucovina (Cárpatos orientales, para ver sus monasterios pintados, de los cuales solo nos dio tiempo a visitar dos (estaban alejados): el de Voronet (con su famoso azul) y el Moldovita. Ambos espectaculares en sus interiores -cosa no extraña en las iglesias ortodoxas- pero llamativos por sus pinturas exteriores. Se trata de iglesias de monasterios fortificados que se ubican en su centro. Sus lados norte muy atacados tal vez por el aire y la lluvia. Música y pan al salir. Comimos en esa pequeña localidad en un restaurante que nos indicó uno de sus habitantes. Fue un descubrimiento interesante. Es también alojamiento y se llama Marul de Aur. Tomé una fresca trucha de río a la plancha y una potente ensalada que no nos pudimos acabar, regadas por un exquisito vino blanco seco rumano. Muy recomendable. Vuelta a Piatra Neamt dónde nada más llegar, cansados por el largo e intrincado trayecto montañoso, salimos a tomar un aperitivo antes de irnos a dormir. 

 
Cúpula de la iglesia del monasterio de Voronet
 

7º (Día 26)

Vuelta a Brasov, atravesando los Cárpatos orientales y los meridionales. Pueblos de montaña y manchas de nieve en proceso de deshielo, ríos cristalinos con corriente abundante. En Brasov comida en el mismo restaurante que la vez anterior, en el que tomé un chuletón de cerdo estupendo y de postre una tacita de palinka pura (50º) que sabía a orujo gallego, aunque también las hay con sabor a frutas, como pera (como el más suave wilson suizo), ciruela -que probé el último día- y otras frutas. Me gustó la tacita en la que me lo sirvieron y le dije al camarero que estaba dispuesto a comprársela, pero dijo que me la obsequiaba. No fue el único regalo que recibí, pues en el Hotel Aro Place nos obsequiaron con un bolígrafo a cada uno. El portero del hotel nos asistió en la salida y volvió a cargar mi silla plegada en el asiento trasero del coche; le ofrecí una propina, pero se negó a aceptarla… Diferencia entre hoteles.

 

Nuestra habitación en el hotel Aro Palace de Brasov

 

Día 8º

Vuelta a nuestro hotel de Bucarest, el portero-securata casi se alegró de que el parking del hotel estuviera repleto. Así que nos tuvimos que buscar la vida; menos mal que un poco más abajo encontramos un hueco y uno de los militares que estaban en la puerta de otro hotel se prestó a ayudarnos a aparcar y sacar la silla. Ese día teníamos reservado sitio para comer en la famosa y antigua cervecería “Caru cu Bere”. Iba a ser nuestra despedida de Rumanía, pero los hados nos tenían prevista una sorpresa para el día siguiente, el del vuelo de regreso a España. La silla de ruedas volvió a fallar tras desplegarla y después de mucho tiempo trasteándola sin éxito. Se aproximaba la hora de nuestra reserva en el restaurante-cervecería y le dije a Eladio que se fuese para allá a coger nuestro sitio y que yo, si el problema de la silla no estaba resuelto entre cinco y diez minutos, cogería un taxi para llegar. Y eso hube de hacer; me costó caro pero la vuelta, cuando ya no podía andar más, fue peor al coger otro. Gafes del oficio. Al salir del restaurante y apoyado en el hombro de Eladio anduvimos hasta la famosa y enorme librería Carturesti Carusel, estaba atestada de gente, pero no encontré el libro que buscaba: solo lo tenían en rumano, ni siquiera en inglés o francés. Sin embargo, Eladio compró uno en español de Rafael Chirbes.

 

Día 9º (28 de marzo)

Salida del hotel en dirección al aeropuerto. Devolución del coche relativamente rápida, aunque dimos algunas vueltas para dar con su sede. De allí a los mostradores del Check In: problemas con la batería de mi silla de ruedas, dilación en la aprobación y pérdida del vuelo (estuvimos hora y media esperando respuesta de Ryanair). Solución: vuelo gratis y autorizada batería al día siguiente a las 11 horas, pero no pago de la noche de hotel extra (litigio). Optamos por el más cercano: el Hilton Airport Bucarest, 4 estrellas, minimalista, más puritano que el de Piatra Neamt, caro y unas vistas exteriores desoladoras: edificios en construcción, aparcamientos, carreteras… en fin típico paisaje aeroportuario, esos “no lugares” que dice mi amigo G. Pedrós. Pero solo estaba a quinientos metros en línea recta desde la salida del aeropuerto y eso, cuando esta lloviznando, se agradece.

 

Día 10º (extra) 29 de marzo

Por fin en el vuelo que salió puntual y llegamos a Málaga incluso antes de lo previsto. Recogida del coche de Eladio y vuelta a Córdoba, parando para comer a la salida de Málaga en restaurante buffet libre en la autovía que me pareció un poco caro. Llegamos también antes de lo previsto pero me perdí el perol montillano.

 

Información práctica (o no):

Carreteras: pocas autovías, estrechas y ausencia de arcenes. Lo peor: mucho tráfico. Te puedes encontrar con carros de campesinos tirados por caballerías.

Taxis: mucho, mucho cuidado, los usé en Bucarest y me exprimieron. Mejor acordar el precio antes de subir a ellos comprobando si efectivamente llevan taxímetro y tienen pago con tarjeta.

Donuts”: postre típico de Rumanía que en realidad se llaman papanasi y son más jugosos que los americanos, con mermelada, crema y un bolondro encima. Los sirven de dos en dos.

Propinas: si pagas con tarjeta puedes elegir entre no pagar ninguna o tres opciones: 10%, 15% o 18%; No tributan. 

Moneda: Mejor no cambiar en el Aeropuerto. Es más caro y hay muchas agencias de cambio en las ciudades. 

 

MÁS FOTOS: de arte aquí. Las demás AQUÍ.

4 VÍDEOS CORTOS: AQUÍ, AQUÍ, AQUÍ y AQUÍ

 

 

4.12.25

GR-7 VILLANUEVA DE ALGAIDAS-RUTE (28-30 noviembre 2025)

 

         Caserío de San Benito. Foto cortesía de Manuel Morales

El día 28 de noviembre los componentes del primer grupo partimos de Córdoba a mediodía para comer en el Caserío de San Benito, dónde -previsoramente- Eladio había reservado mesa para ocho y en el que tomamos un buen menú con platos elegidos por cada cual, todo abundante y exquisito en un ambiente cálido. Yo pedí una sopa de picadillo (el día, aunque soleado, era frío) y callos con garbanzos que no me pude terminar al igual que el postre incluido en el menú, cuyo precio ha subido notablemente desde la primera vez que almorcé allí, haces tres o cuatro años. Fue una buena elección teniendo en cuenta la abundante comida que nos esperaba por la noche.

Tras la reposada comida nos encaminamos hacia la cercana Villanueva de Algaidas para aposentarnos en el Hotel-Restaurante “Chovi” en el que una parte del grupo teníamos nuestro alojamiento dada su mayor accesibilidad para los que tenemos problemas de movilidad; desafortunadamente el ascensor no funcionaba, pero nos dieron habitaciones  que estaban a solo un tramo de escalera. El hotel parecía recién reformado, todo nuevo, pulcro y de amplias habitaciones y -en mi caso- con gran balcón a la calle; sin embargo, la puerta de acceso general a ellas rozaba fuertemente el suelo y resultaba un tanto esforzado el abrirla (no había Recepción y se había de recurrir a una llave distinta a la de la habitación) y las luces del pasillo funcionaban regular, al igual que el agua caliente en el baño, dónde no había vaso (que solícitamente me trajeron a la habitación desde su restaurante) y el jabón para lavarse las manos solo se podía obtener desde el dispensador de gel ubicado en el escueto cubículo que ocupaba el plato de la ducha. en fin, que aquello necesita un hervor. Me dio tiempo a echar una siesta, tras la cual me bajé a leer en la terraza del restaurante y fueron llegando los expedicionarios de la segunda tanda, los cuales se alojaron en el Hostal Algaidas, algo más arriba de nuestra calle dado que en el nuestro no había sitio para albergar a todo el contingente que conformábamos el grupo.

La cena la hicimos en el restaurante de nuestro hotel, con platos variados y compartidos por cada cuatro personas. Allí Manolo Morales nos informó de los planes para la jornada siguiente en los que había introducido leves cambios de última hora.

 

Sábado 29-11-2025

El día comenzó mal, no solo porque yo me retrasé en el desayuno debido a mi lentitud si no también a que recibí dos llamadas telefónicas imprescindibles justo cuando iba a bajar a desayunar. Finalmente este mi retraso no resultó perjudicial para el grupo y los horarios previstos ya que el desayuno se retrasó bastante porque que solo había un empleado para atendernos a todos y -cuando llegué- solo les habían servido el café a los puntuales que estaban a la espera de las tostadas, que fueron llegando después al igual que los residentes del hostal. Así que los más perjudicados fueron los senderistas quienes hubieron de retrasar su salida al menos una hora. Y es que los del “Grupo B” no teníamos problema ya que una guía (Sandra) se encontraría con nosotros cuando le avisásemos de nuestra llegada al Museo-Belén de Chocolate. Llegó enseguida y ayudó a bajar mi silla de ruedas del coche de Joaquín y Esperanza con el concurso de Eladio. El aparcamiento del Museo estaba a tope, teniendo que dejar los coches entre los olivos en pendiente y no parando de llegar autocares y más coches. La cola para entrar era enorme, pero gracias a los buenos oficios de nuestra guía accedimos a él de forma rápida a través de una rampa lateral. Al salir nos dirigimos al cercano Museo del Turrón a través de una corta, sinuosa y muy peligrosa carretera con algún impertinente motorista al que se enfrentó nuestra guía; creo que el Ayuntamiento de Rute debe tomar medidas antes de que ocurra alguna desgracia, pues eran cientos de peatones que habían de caminar por allí. Ya en el museo Esperanza y yo solo visitamos la planta baja por problemas de accesibilidad; en esta planta se exhiben maquinaria y utensilios antiguos para elaborar turrones y caramelos; Eladio y Joaquín sí que subieron a la planta superior. Desde allí, y en coche -puesto que dichos sitios se hallan en las afueras del pueblo, en pendiente- nos trasladamos a una extensa plaza cuadrada en el centro de la localidad con parking propio en el que afortunadamente conseguimos aparcar. Allí se hallaba un mercadillo navideño y varios bares con terrazas pobladas por abundantes clientes; todo muy animado por el soleado día y la gran afluencia de público. En un lateral del cuadrángulo se encontraba el Museo del Anís Machaquito, en el que nos ofrecieron un chupito de algunos licores elaborados por esta pionera marca; allí me hice una foto en un dispositivo “ad hoc” para aparecer en la etiqueta de una botella de anís. También allí pude masticar unos granos de matalahúva, materia prima que da sabor a este dulce y potente licor. Después nos dirigimos al cercano Museo del Jamón, donde entramos gratis gracias a Sandra y su amigo que parecía el encargado del establecimiento y nos evitó la cola para degustación de embutidos, que él mismo nos llevó a una salita con mesa en la que probamos chorizo caliente, morcilla negra y otra amarillenta. Entonces me decidí a comprar un jamón, cosa que tenía prevista para Navidad en vista del interés de mi hija y su pareja; así que aproveché la ocasión para hacerlo bajo el consejo del experto, amable y diestro encargado (Juan) quien me eligió uno de bodega que entregó envuelto en una funda negra y que parece haber salido bueno, porque al día siguiente Elena y Miguel, tras ver varios vídeos sobre su corte correcto se lanzaron sobre él y lo degustamos en la cena. Pero la historia de este jamón continuaría…

 

                                                  Belén de chocolate

Tras ello nos dirigimos a Cuevas de San Marcos, donde confluiríamos con el grupo de los andariegos para comer en el Mesón Mangas (mucho mejor que el cercano de la vez anterior). Tras el condumio llegó Rafael R. para recoger a Inma que no se encontraba bien. Luego partimos hacia nuestro alojamiento; nos acompañaban Mª Jesús y Fernando quien nos guió a través de una carretera serpenteante que bajaba hasta el fondo de un barranco y luego ascendía hasta el Puerto Mateo. Llegados a Villanueva de Algaidas volví a leer en la terraza de nuestro hotel (500 viajes en tren) hasta la hora de la cena, que en esta ocasión sería en el Restaurante Lorvic, ubicado en el hostal en que se alojaba el grueso de nuestros expedicionarios; allí no pudimos terminar la cena porque estábamos ahítos y  renunciamos al último plato y creo que funcionaron los “tuppers”. Y allí surgió el cachondeíto de la desaparición del jamón, que había viajado en otro coche distinto al de mi silla de ruedas; no me preocupé lo más mínimo a pesar de las puyas recibidas que aludían a ladrones de maleteros de coches mediante alta tecnología cosa dudosa en un pueblo de 4000 habitantes, así que alguien sugirió que allí actuaban con perros que podían detectar jamones en los maleteros de los coches ¡Jajjaja!

Al final de la cena Manolo nos obsequió con un pañuelo azul con las etapas del GR-7 llevadas a cabo hasta ahora y anuncié mi invitación a un perol en mi casa del pueblo en agradecimiento por el apoyo moral y asistencia física para bajar y subir de los maleteros mi silla de ruedas eléctrica de 25 kg. (¡Que no es moco de pavo!)

Pañuelo GR-7 2025
 

La mañana siguiente, domingo 30 de noviembre, durante el desayuno, que esta vez fue puntual, como estaba previsto se presentó lluviosa, así que los andariegos hubieron de renunciar a su ruta senderista y nos encaminamos todos hacia Rute. Antes de salir se produjeron las primeras despedidas de quienes querían regresar a Córdoba antes del mediodía por sus obligaciones del día siguiente. Los demás nos dirigimos a Rute y allí aparcamos muy cerca del Museo del Azúcar cuya visita hube de descartar por la lluvia y sus escalones de acceso, imposibles para mí en tales circunstancias, de modo que me apalanqué en la terraza del bar “La Espuela” dónde esperé hasta su salida del museo y luego su partida hacia la visita al pueblo. Estuve allí relajadamente mientras leía en mi "ebook"  La Rebelión de Atlas, cosa que alabó el joven y amable camarero y allí esperé al grupo hasta la hora de la comida que teníamos concertada en un restaurante casi enfrente llamado El Patio, multipremiado en concursos de tapas y repleto de comensales. Los platos eran muy vistosos y apetecibles, con un servicio rápido y amable a pesar de la bulla. Me gustó especialmente el “abanico” a la brasa.

Al terminar la comida despedida final cuando el cielo se iba abriendo al sol, acentuándose conforme nos íbamos acercando a Córdoba, a la que llegamos antes de las seis de la tarde. 

 

ALGUNAS FOTOS Y UN VÍDEO: AQUÍ  

 

27.8.25

LIBROS DE VIAJES (Comparativa)

 


Son dos los libros de viajes por España que he leído últimamente: el de Münzer (siglo XV) que reseñé en mi anterior entrada en el blog que mantengo. Y ahora he terminado de leer el del italiano Edmundo de Amicis, titulado España. Viaje durante el reinado de Don Amadeo I de Saboya, (siglo XIX). Me lo prestó un amigo pero acabé comprando una edición digital (pésima, por cierto) por aquello de que me gusta mucho subrayar y anotar y no quería mancillar el ejemplar en papel, y además por que en la edición digital puedo recuperar mis subrayados y anotaciones con un clic e incluso imprimirlos.

El viaje de Münzer incluyó Portugal, el del italiano casi cuatro siglos después (1872) y solo las ciudades que le interesaban, entre las que por su extensión sobresale el capítulo dedicado a Madrid.

Del primero sabemos la fecha exacta de su llegada a nuestro país, del segundo solo que llegó un día lluvioso de febrero (esto me recuerda al comienzo del libro de R. Musil  El hombre sin atributos). Con la partida ocurre lo mismo, De Amicis, por un hecho que relata (la sustitución de Sagasta por Zorrilla) se ha de suponer que marchó en junio.

Ambos entraron por el mismo sitio, el Rosellón, pero salieron por sitios distintos: Roncesvalles el alemán, Valencia (en barco) el italiano. Ambos estuvieron en la Península más o menos el mismo tiempo, cinco meses, si bien uno iba a caballo y el otro utilizaba el ferrocarril, lo que le permitió estar más tiempo en las ciudades visitadas. Una vez aquí el itinerario seguido fue similar hasta Andalucía (Sevilla) en donde Münzer tomó rumbo a Lisboa, pasando por Oporto y retornando a nuestro país por Tuy, para después llegar a Santiago de Compostela. De Amicis se dirigió al centro de España.

Ambos visitaron las siguientes ciudades:

-Barcelona

-Valencia

-Granada

-Málaga

-Sevilla

-Toledo

-Madrid

-Zaragoza

 

Münzer además, estuvo en los siguientes lugares y ciudades:

-Monasterio de Montserrat

-Almería

-Lisboa

-Santiago de Compostela

-Zamora

-Salamanca

-Monasterio de Guadalupe

-Guadalajara

-Pamplona

 

Por contra, De Amicis estuvo en varios sitios no visitados por el alemán:

-Burgos

-Valladolid

-Aranjuez

-Córdoba

-Cádiz

Dos viajeros, dos épocas muy distintas con motivaciones igualmente diversas: Münzer por gusto y que era un rico negociante, es una época de estabilidad con los Reyes Católicos a los que admiraba. De Amicis por trabajo como corresponsal del periódico La Nazione  con el objetivo de publicar sus crónicas sobre España precisamente cuando reinaba un italiano en una época convulsa (el Sexenio Revolucionario).

Jerónimo, más escueto pero también más “científico” aunque más religioso. Edmundo, un romántico, más antropológico, aunque ambos hablan con admiración de España.

Dos escritores, dos puntos de vista, dos estilos desiguales, pero ambos fructíferos para conocer mejor la historia de España.