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19.12.24

RELATO (K.Q.)


Érase un hombre que quería morirse, aunque no inmediatamente por razones prácticas, utilitarias. En efecto, tenía sesenta y muchos años y gozaba de su pensión de jubilación, lograda tras unos cincuenta años trabajando y cotizando desde sus quince años. Tal pensión le permitía vivir dignamente, sin lujos pero tampoco con estrecheces económicas. En fin, un privilegiado de clase media baja, teniendo en cuenta la coyuntura de su país en el primer cuarto del siglo XXI. Pero no estaba libre de deudas, si bien asumibles tranquilamente con el tiempo: la ya escueta hipoteca y dos préstamos, uno para la adquisición de una casa de vacaciones en una localidad en el norte de su provincia, adquirida como inversión y lugar ocasional de disfrute propio, familiar o de amistades. El otro por una estafa informática que acabó con todos sus ahorros. Pero no eran estos los motivos principales de su deseada muerte, pues con sus escuetas propiedades -si moría- su hija y única heredera, podría sobrevivir, al menos sin tener que pagar un alquiler, teniendo al menos cobijo gratis, pues lo de obtener trabajo era complicado (precariedad, salarios bajos...) y además ella había emigrado a un país vecino por razones fundamentalmente sentimentales y allí era feliz; y su padre también aun en la distancia por verla así. Los hijos tienen que volar en libertad, ley de vida; ideas que este hombre tenía muy claras. Ella había demostrado sobradamente saber valerse por sí misma, ser independiente y no “caérsele los anillos” por asumir cualquier trabajo (a pesar de que era Licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla). Una formación académica exquisita y un auténtico espíritu libre y fuerte.

Este hombre nació y se crio en una casa de vecinos de un castizo barrio cordobés, en una familia humilde con padre carpintero y cuatro hijos a los que alimentar, rodeados o arropados de una familia extensa, como las de entonces, siempre apoyándose mutuamente. Este hombre, aquel niño, creció feliz, abrigado por la familia. Era el predilecto de sus abuelas; su madre lo apoyó siempre como una leona, igual que a sus hermanos. En fin, una vida familiar humilde pero grata; sin esos traumas que ahora tanto se llevan.

En la Educación Primaria ese niño apuntaba maneras, de modo que la superó con buenas notas y pudo acceder al Bachillerato y luego a la Universidad. Entretanto, simultaneó sus estudios con el trabajo. Y trabajó de aprendiz de platero y oficinista entre otros empleos. Su sueño, ser profesor, se cumplió en 1988. Para entonces convivía con el amor de su vida: una mujer guapa, inteligente, de brillante carrera profesional, rebosante de cariño y siempre generosa. Un encanto, con numerosas amistades dadas sus excepcionales cualidades. Pero ¡Ay! Los dioses son sañudos y celosos de la felicidad de los mortales, así que  -con el paso del tiempo- muchos años después, a ella le sobrevino una depresión exógena y feroz que la inhabilitó laboral, afectiva y mentalmente.

La vida docente le procuró grandes satisfacciones a él: se había cumplido gratamente su sueño profesional y, durante muchos años, tuvieron una vida familiar plena, hasta que llegó la debacle Hubieron, pues, de separarse físicamente, que no de forma legal porque ambos se seguían amando. Él se marchó de la morada familiar, emprendiendo una peregrinación por diversos alojamientos. Y en esas llegó el turno de la jubilación, que aceptó adelantada para poder volcarse en sus gustos reprimidos por el trabajo en el que, sin embargo, seguía disfrutando, pero en el que la diferencia generacional con su alumnado era cada vez más grande, ya que los pupilos siempre tenían la misma edad mientras que su profesorado va envejeciendo. Además de que las sucesivas reformas educativas iban cambiando el panorama y el ambiente de las clases. Gozó su nuevo estado jubilar disfrutando de viajes y lecturas postergadas durante años y, a veces- se hubo de refugiar en amores mercenarios; un sucedáneo necesario para paliar esa necesidad de amor no solo físico. Y es que los humanos necesitamos de vez en cuando -sobre todo en situaciones adversas- autoengañarnos para sobrevivir.

Pero es que ese hombre ahora, hoy, ya no quiere sobrevivir, porque ha vivido mucho y en su larga vida (67 años) ha alcanzado la cima de la felicidad y ya solo queda el descenso. Es como en la película El marido de la peluquera; cuando se ha vivido todo (lo bueno) no tiene sentido seguir viviendo, contemplando -por ejemplo- como tu piel, antes limpia y tersa, se va llenando de manchas y arrugas, como tu salud empeora con achaques propios de la edad (tensión arterial, huesos desgastados y doloridos, movilidad en descenso, dependencia...)

Pero hay facturas que pagar, y eso solo se puede conseguir manteniéndose vivo para seguir cobrando la pensión y así atender esos débitos. Aunque cada día ese hombre se levante deprimido, sin entusiasmo por nada, sin ganas de seguir viviendo porque no hay otra razón sino la puramente material.

El sol seguirá saliendo, y gratas serán las mañanas de invierno a su luz o el colorido bosque otoñal y las “mañanicas” floreadas de primavera -como cantaba el poeta- además de la sensuales playas veraniegas.

Ante esta situación emocional, contradictoria, lo mejor sería poder entrar en un coma inducido y temporal, no como la pobre Karen Quinlan.  En ese caso no tendrías gastos pero sí ingresos monetarios, con lo cual, al despertar, los problemas económicos quedarían resueltos para tus vástagos, aunque no tengas nietos, cosa bastante probable en la sociedad occidental actual, con lo cual tu estirpe está condenada a la extinción y no como las flores que expanden sus semillas. Triste panorama.

Y la cobardía del suicidio.

“Ese hombre soy yo”.

Dedicado a Jean Genet, Henry Miller y otros pícaros vitalistas que en la historia han sido.

P. D.: Existe una canción un tanto gamberra sobre el caso de Karen Q. interpretada por el grupo español Glutamato Ye-Yé.


31.12.20

Las Piscinas de las Hadas (Episodio en Escocia)





Mientras veo una película situada en Irlanda y dirigida por mi apreciado John Ford (El hombre tranquilo), me ha venido a la memoria un episodio que me ocurrió en las Highlands escocesas en el verano de 2018.


Ese día hicimos un recorrido guiado por aquellas tierras en microbús, que incluía un corto trayecto de senderismo hasta las míticas “Piscinas de las Hadas”. Naturalmente lo emprendí. Para llegar hasta ellas había que cruzar un arroyo o riachuelo que ya venía crecido pero que, como otros excursionistas, pude sortear gracias a unas sobresalientes piedras colocadas al efecto. Llegué a “Las Piscinas de las Hadas” y fue reconfortante aquella vista, aquel paisaje, tan abundante en aguas y cascadas.


Pero a la vuelta las cosas habían cambiado: el riachuelo había aumentado repentinamente su caudal, de modo que no podía cruzarlo por donde lo hice a la ida sin descalzarme, cosa a la que no estaba dispuesto. Así que busque otro lugar más practicable por donde habían pasado exitosamente otros senderistas con mi mismo problema. De modo que lo intenté, pero mi pie se escurrió al apoyarlo en la húmeda y gran piedra que debía servirme de apoyo para dar el salto al otro lado. Entonces mis piernas se hundieron en el frío arroyo. Y la cámara que llevaba al cuello se golpeó con la gran piedra; aunque al menos no se mojó, que era lo más temía. Pero mi estabilidad en el fuerte caudal del crecido curso de agua peligraba.  Menos mal que un joven senderista que ya había cruzado se dio cuenta de mis apuros y me tendió la mano ayudándome a salir del atolladero. Y así pude subir hasta la explanada donde nos esperaba el transporte. Y allí me pude quitar la mitad de mis pantalones desmontables, los calcetines térmicos y las botas de goretex completamente inundadas. Los puse a orear mientras llegaba la hora del retorno. Pero esta seca fue escueta, y en nada ayudó el cambio de tiempo y el nublado.


Así que me subí al microbús descalzo, con mis botas, calcetines y parte baja de los pantalones al hombro. Esto regocijó a los pasajeros compañeros de viaje, hasta entonces serios y silentes. Y me gustó porque mi apurada situación les había animado. Entre ellos había una pareja de jóvenes orientales que hasta ese momento, y durante todo el recorrido, habían estado enganchados a las pantallas de sus móviles; y también una pareja mayor israelí que no intercambiaban palabras entre ellos, y un joven, tal vez británico, acompañado de lo que parecía su novia y sus padres, el cual me dirigía simpáticas sonrisas de vez en cuando. 


En el siguiente pueblo -en el que paramos para comer- encontré una tienda de deportes y adquirí unos nuevos calcetines térmicos con suela reforzada, y así continué el viaje hasta el final; entre sonrisas y alegrías de los hasta entonces circunspectos compañeros de viaje, que no me ayudaron en absoluto, a pesar de que se veía que llevaban zapatos de repuesto; pero, claro, eran gentes del frío norte o del distante oriente. Tal vez otro gallo me hubiese cantado si fuesen mediterráneos. 


Las hadas, juguetonas, además del chapuzón, solo se cobraron la batería de mi cámara, porque al golpearla contra la roca se abrió su compartimento y quedó en el arroyo. No me arrepiento; lo repetiría.