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12.9.25

ANTI-BOOMERS

 

Lo confieso, soy un boomer español, de los que nacieron en España entre los años `50 y `60 tras la Guerra civil y la inmediata Guerra mundial. Comencé a trabajar a los 13 años y a cotizar en la Seguridad Social a los 15, pues por entonces la edad para trabajar estaba establecida a los 14 años. Entre tanto tuve varios oficios: aprendiz de fotógrafo (sin cobrar), luego “sacador de fuego” en una platería -cobrando pero no cotizando- y tras ello en una gestoría en idénticas condiciones, con la salvedad de que el jefe nos invitaba a una cerveza y un bocata de calamares los sábados a mediodía al terminar la jornada laboral. Tuve la suerte de que en aquella gestoría un día llegó un joven graduado social (Andrés López) amigo de la casa, quien buscaba un “botones” para su recién creado bufete; imprescindible que dominase la mecanografía. Me recomendaron en la gestoría y allí mismo me hizo una prueba con la máquina de escribir. Hay que señalar que previamente mis padres me habían pagado un curso de mecanografía en una academia privada cordobesa. En fin, le gustó la prueba y me contrató en el acto. Así que al lunes siguiente, con 14 años, comencé a trabajar en esa asesoría laboral en la que permanecería durante diez años. Como esto ocurrió en verano hube de interrumpir mis estudios de bachillerato que no podría retomar hasta los 15 años cuando tuve acceso al Bachillerato nocturno.

Estos estudios nocturnos (desde las 20 a 23 horas, sábados incluidos) los coroné años después terminando 6º y Reválida y luego el COU y la subsiguiente Selectividad, lo que me permitió acceder a la Universidad en 1979 en el turno de tarde, pues seguía trabajando en la oficina en régimen de jornada intensiva, cosa que conseguimos por la lucha de mis compañeros de trabajo y yo. Entre medias sufrí el servicio militar (obligatorio): un mínimo de 15 meses en la flor de la vida, cobrando 250 pesetas al mes para tener lustrosas las botas y los correajes militares, puesto que de la ropa y alimentación se ocupaba el Ejército, o sea, el Estado.

En fin, en 1984 terminé de cursar mis estudios universitarios (Geografía e Historia) lo que me abrió la puerta a nuevas posibilidades laborales que, con el tiempo, se convertirían en mi profesión como docente de Bachillerato.  En 1981, luego de dos años de terminar el Sevicio militar y reincorporarme a la empresa, fui despedido e indemnizado por un ajuste de personal. Con la indemnización, y junto a otros amigos en mi misma situación, decidimos crear una librería en régimen de cooperativa -cosa que hicimos- aunque aquello no fue bien. Hay que recordar que en 1982 hubo una minicrisis económica en España. Y también que las librerías en Córdoba no eran ni, lamentablemente, siguen siendo un buen negocio. En resumen, nos convertimos en lo que hoy llaman “emprendedores”, finalmente fracasados pero arriesgando y dejándonos la piel en el intento de sacar adelante el negocio y nuestro sustento. En 1985 parece que empezó a reactivarse el mercado de trabajo y logré un puesto temporal como administrativo en un organismo oficial de la Junta de Andalucía, primero en Cabra y luego en Rute; hasta que en el año siguiente conseguí un contrato de un año como historiador-arqueólogo en Medina Azahara, dentro de un programa andaluz llamado PAEMBA cuyo objetivo era dar trabajo a jóvenes titulados o licenciados. Mi contrato duraba un año, pero el director de ese yacimiento, contento del trabajo de algunos jóvenes que allí estábamos, nos prorrogó el contrato un año más, aunque las condiciones habían cambiado: ya no éramos personal laboral de la Junta, sino que nos tuvimos que dar de alta en Hacienda con una licencia fiscal como autónomos, con lo cual ya no percibíamos una nómina, sino unos honorarios como autónomos por “obras y servicios” , a pesar de que teníamos que acudir al “centro de trabajo”  en el mismo horario que la vez anterior.  Además los “autónomos” no teníamos derecho al cobro del desempleo.

Por suerte para mí, cercano a finalizar este 2º contrato que no se sabía si nos renovarían, aprobé las oposiciones de profesor de Bachillerato y mi vida se estabilizó, aunque hube de cambiar de domicilio al albur de los destinos laborales, siempre cargando con los gastos de transporte y, en su caso, de alojamiento. De modo que estuve dos años en La Carlota, otros dos en Constantina, y diecisiete en Montoro, hasta obtener destino en mi Córdoba natal, y mi domicilio familiar, en 2009. Y allí permanecí hasta mi jubilación. Atrás quedaron cientos de horas de cursos, cursillos, cursetes, congresos y simposios muchos de ellos de pago, además del tiempo empleado a costa de horas libres en el plano personal y familiar.

En resumen, 43 años cotizados, 30 de los cuales lo fueron en la docencia.

Y ahora vienen con el cuento de que nosotros, los boomers, estamos arruinando el futuro de los jóvenes por nuestras pensiones. Además de una mentira me parece una ofensa a quienes -como yo- hemos sido una generación “sandwich”, pues de jóvenes entregábamos el salario a nuestros padres y después a mantener a nuestros hijos desamparados.

Nosotros aportábamos a la caja de las futuras pensiones (nuestras). Otra cosa es que los distintos gobiernos “democráticos” hayan esquilmado esa hucha para otros menesteres, como rescates a los bancos, putiferios y otras corruptelas o MENAs, quienes supuestamente venían a pagar nuestras pensiones, por otra parte sobradamente pagadas con nuestras cotizaciones al sistema de la Seguridad Social. Otrosí pregunto ¿Quién ha pagado la sanidad, los estudios gratuitos de los millenials, libros de texto incluidos o becas incluso para los que suspenden asignaturas?

Recuerdo que la primera vez que viajé al extranjero (Francia) fue a costa de mi propio pecunio y en tienda de campaña. Mientras que en los dos últimos decenios los jóvenes han gozado de programas como el “Erasmus” (jocosamente llamado “Orgasmus”) que les han permitido estar un año o curso escolar a gastos pagados en algún país extranjero; por poner solo un ejemplo. Han sido los partidos políticos los que han conducido a esta penosa coyuntura por su mala, pésima gestión, quienes nos han conducido a la actual situación y han vuelto a recurrir al “divide y vencerás” tratando de enfrentar generaciones y así sustraerse a su responsabilidad, lanzando como cortina de humo este impostado, falso, choque generacional.

Es de deplorar la actitud de algunos economistas que insisten en esa idea de que los pensionistas somos el problema, cuando tanto hemos contribuido al levantamiento y progreso de este país durante más de cuarenta años. Y es que el verdadero problema estriba en nuestro sistema político podrido; con 18 parlamentos en los que sus miembros se aseguran pensiones altísimas con solo permanecer 8 años en el cargo, un cargo nada democrático por cuanto las listas electorales son cerradas, es decir, es el partido político quién designa a los privilegiados que compondrán esas listas. Democracia cero.

19.5.24

Asociacionismo estudiantil (autobiografía 24)

 

Logo de la Asociación

Se decía, jocosamente, que cuando los franceses se aburrían hacían una rotonda y que cuando lo hacían los alemanes se dedicaban a invadir Polonia. En mi caso personal bien se podría decir que, por aquellos años, cuando me aburría creaba una asociación de alumnos con el fin de fomentar el asociacionismo juvenil. Tras mis dos primeras tentativas,  primero en La Carlota y luego en Constantina, ambas fracasadas en gran medida por mi corta estancia (dos cursos) en aquellos destinos que no dieron oportunidad  para su consolidación y continuidad. Al llegar al Instituto Santos Isasa de Montoro volví al empeño. Y esta vez tuvo mayor predicamento y más larga vida, entre otras razones porque mi estancia allí -cosa de suponer- sería mucho más prolongada (diecisiete años, finalmente). Mi propuesta de constituir una asociación de alumnos allí fue acogida con frialdad, cuando no con cierto recelo por parte de la Junta Directiva, pero, afortunadamente, me encontré con un sólido grupo en el alumnado, procedente de las distintas localidades del distrito educativo, muy entusiasta con la idea. De modo que hice los trámites burocráticos necesarios (como las veces anteriores) y por fin quedó legalizada y, en consecuencia, con derecho a subvenciones, previa presentación de proyectos anuales.

Había que ponerle nombre y como los más significativos ya estaban ocupados (Santos Isasa, Montoro, Aipora…) se decidió que el apelativo sería 15-N en alusión a la fecha en que se constituyó: el quince de noviembre. La primera actividad fue convocar un concurso de dibujo para elegir el logo o imagen de la Asociación. Una vez elegido por los alumnos integrantes (M. Arévalo, A.M. Cachinero, J.J. Larrea, J. Llorente, A.B. Pinilla, A. Sánchez, J. Tarín….) encargamos un sello de caucho para estampar los documentos; y la imagen también sirvió para los trofeos y los vales emitidos por la asociación para subvencionar las actividades que se organizaban; desde Ferias del Libro a viajes. Sin duda era una opción ventajosa para los asociados porque compensaba -sobradamente- la cuota anual gracias a las subvenciones que se empezaban a recibir de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Bonos de la Asociación

Los miembros de la Asociación se reunían en los recreos en una de las aulas libres, es decir, sacrificando el tiempo libre, suyo, pero también mío en calidad de profesor-gestor puesto que así lo exigía la legislación. La 15-N se hizo cargo de revitalizar la revista escolar del Centro, cambiando su nombre anterior Llantos Iguasa por Carpe Diem


Índice de la revista "Carpe Diem"

Más tarde se consiguió una subvención para adquirir un ordenador para el alumnado que, por motivos de seguridad y falta de espacio, se ubicó en el Aula de Informática, con lo cual su acceso era dificultoso para los asociados al no disponer de sede; un gran inconveniente subsanado por la construcción del nuevo instituto ya entrados el cambio de siglo y milenio, si bien aquella sede duró poco por la falta de espacios en el nuevo edificio, a pesar de haber sido diseñado  de acuerdo a la LOGSE, que contemplaba un cubículo para las asociación de alumnos y otro para la asociación de padres y madres (AIPORA, muy potente y activa), ambos rotulados pero de corta duración ya que pronto fue okupada para otros menesteres por decisión de la junta directiva. De modo que “nuestro gozo en un pozo”. No obstante, la 15-N organizó charlas y conferencias de personas externas, mercadillos solidarios y otros eventos.

 Escrito a tutores para fomentar el asociacionismo


16.4.24

MONTORO 3: Un instituto con mucha actividad (Autobiografía 23)

 

Aunque en las dos entradas anteriores en este blog ya se ha insinuado o mencionado algunas de las actividades llevadas a cabo, cabe precisarlas y tratar de mencionarlas todas (perdón por los posibles olvidos).

 
De izquierda a derecha: Juan M Gutiérrez, Eladio y yo en el barquito de O Grove

Con carácter general hay que volver a mencionar los viajes fin de curso, con destino a Santiago de Compostela, que duraban una semana -concretamente la anterior a la Semana Santa- y estaban organizadas por Eladio, que se encargaba también de recaudar fondos para ayudar a sufragar el viaje del alumnado, mediante la venta de polvorones (intragables y que me duraban hasta febrero) o la venta de sudaderas diseñadas por el alumnado (aún conservo y utilizo algunas, pesar de que mi barriga ha aumentado considerablemente). El trayecto has la capital gallega era variable: unas veces por Toledo y otras por Salamanca; en esta ciudad charra nos solíamos alojar en el Hotel Emperatriz (sopa de estrellitas todas las cenas) pero en pleno casco histórico, muy próximo a la monumental Plaza Mayor, pero también a los garitos más atractivos: chupiterías, pub Camelot (antigua ermita) o la discoteca Morgana, cuyos urinarios masculinos estaban diseñados como abiertas bocas de monstruos que te cortaban un poco el rollo a la hora de miccionar. Todo muy elegante.

En Santiago nos alojábamos en el Hotel México, cercano a la plaza Rossa, zona de marcha: el pub “La Rana Verde” o la discoteca “Liberty”.  La cena la teníamos concertada con un buen restaurante -cuyo nombre no recuerdo- que se encontraba a la vuelta de la esquina del hotel. Allí el alumnado se dejaba su estupenda comida en gran medida y se dedicaban a tirarse migas o trozos de pan, para luego irse a una pizzería o un burguer para cenar comida basura. Eran jóvenes. Allí asistí por primera -y última vez- a un "after hours”, porque, si bien el alumnado no sabía llegar desde el hotel a la catedral compostelana, tenían localizados todos los garitos que les interesaban ¡y sin Google Maps, ni nada de eso, oiga! El caso es que era nuestra última noche en Santiago antes de la vuelta -noches temibles porque los jóvenes querían “quemar los últimos cartuchos” y ya dormirían en el autobús…-  Salimos de una discoteca a su cierre (5 de la mañana) y la mayoría volvió al hotel, pero un reducido grupo quería seguir la marcha, así que me presté a acompañarlos al antro en cuestión para evitar que armasen jaleo en el hotel, cuyo jefe o recepcionista nos echaba broncas diarias a los profesores por los desmanes de los alumnos. Y lo hice porque mis compañeros profesores (J. Cano, A. Cabedo y Eladio) ya estaban algo quemados por haberse hecho cargo de las noches anteriores. Así que me tocaba. El antro estaba lleno de luces multicolores variantes que hacía daño a la vista. Y la música bakalao. Ellos estaban felices, yo también de verlos así, aunque me animaba o anestesiaba a base de gin tonics. El autocar partía a las 8:30, así que salimos de la ruidosa cueva a las 8. Al salir me deslumbró un naciente sol; nunca había tenido una experiencia similar.

En Santiago hacíamos excursiones hasta La Toja y el cercano El Grove, donde cogíamos un barquito que nos llevaba hasta las plataformas de cría de moluscos: ostras, vieras, mejillones… Y en trayecto nos obsequiaban con ribeiro y mejillones al vapor. La verdad es que todos bajábamos del barco muy contentos.

Rafiña, mostrando el cultivo de vieiras

A veces estos viajes se intercambiaron con destinos internacionales como Italia o París. Y es que fueron muchos años. 

En particular otros profesores del claustro organizaban actividades y excursiones temáticas, como el Departamento de CC. Naturales con M. Morales al frente, a los parques naturales de Andalucía: Grazalema, Alcornocales, Sierra Mágina. etc. que acabaron cristalizando en un Grupo de Trabajo, bajo el auspicio del CEP de Córdoba, de siglas IDMPNA que aún, ya jubilados, gozosamente se mantiene. También los Departamentos de Filosofía e Inglés eran muy activos, incluso ganaron algún premio en proyectos elaborados por su alumnado.

Yo en Los Alcornocales (foto de M. Morales)

El profesorado también tenía sus actividades propias, especialmente en los días que por la tarde teníamos claustro o consejo escolar. Comidas en El Jardinito o en El Hostal Montoro (estupendo su plato de riñones). Y a veces comidas elaboras en el propio centro de la mano de Pilar L. y su módulo de Cocina: o las migas a cargo se J. Muñoz y los peroles en El Carpio en casa de Mª Muñoz.  Y también con alumnos: La Fuensanta o El Carpio, cerca de la ermita de San Pedro y Las Grúas…

Perol con alumnos en El Carpio

También se organizaban en el centro Ferias del Libro, Mercadillos  Solidarios, exposiciones y
enriquecedoras charlas de personas externas.

 

Mercadillo solidario


 Exposición sobre el aceite 

Salvemos el Bejarano.


23.3.24

Constantina 3 (curso 91-92) Autobiografía 20

 

Vía verde entre el Cerro del Hierro y San Nicolás del Puerto


El curso empezó con mal pie, poco antes de su inicio, el 9 de septiembre, murió repentinamente mi padre. Por si no fuera poco tenía que buscarme nuevo alojamiento en Constantina ya que el chalecito del curso anterior no estaba disponible (creo que lo habían vendido). La solución a este inconveniente me la proporciono gentilmente el amigo Rodolfo, que había obtenido destino en Montilla y dejaba libre su “piso de maestro”  que tenía, más o menos, realquilado. Él me ayudó a adecuar sobre todo la luz de la cocina (su estancia allí debió ser muy austera); y ese no fue el primer problema, resuelto con él, sino que la ducha recibía descargas eléctricas, con lo cual tenía mucho miedo a ducharme. Tal vez un problema de humedades que era patente en sus paredes. Y también de fontanería: un día, mientras daba clase en el cercano instituto, me avisaron de que había una fuga de agua en mi piso, que estaba inundando el piso de abajo, ocupado a la sazón por una maestra de Villafranca de Córdoba, cuyo hijo tuve luego de alumno en el Instituto Santos Isasa de Montoro.

El piso estaba totalmente desnudo, de modo que hube de proveerme de al menos dos camas. Y fue mi siempre admirado y generoso compañero de Departamento, Antonio Serrano, el que me salvó proporcionándome dos camas y colchones que guardaba en su trastero. Puse en sus paredes algunos posters para alegrar un poco aquel triste y austero habitáculo, si bien muchísimo más barato que el chalecillo del curso anterior.

En mi labor profesional las cosas siguieron bien. En ese curso escolar impulsé la una Asociación de Alumnos -la segunda tras mi paso por La Carlota- que no tuvo continuidad tras mi traslado a Montoro y porque el alumnado comprometido era muy joven y ya tenían bastante tiempo ocupado con sus estudios. A pesar de todo ello, durante algunos años, mantuve el contacto con ellos pues me apreciaban mucho.

En el Cerro del Hierro, pigmentados por las tierras de su cueva.

Paisaje kárstico en el Cerro del Hierro

En ese curso tuve mucha actividad, tanto con alumnado como con el profesorado afín. Con los primeros hicimos una excursión a Río Tinto y sus minas. Y una acampada en primavera dentro del Parque Natural de la Sierra Norte de Sevilla que había que fomentar dados todos sus valores. Lo hice a través de una recién agencia creada en la localidad y llamada GEMASOL. La cosa empezó con una visita al cercano Cerro del Hierro, una antigua mina explotada por ingleses y ya en desuso, pero que mantiene una importante formación kárstica, aunque no tan espectacular como el Torcal de Antequera. De allí partimos andando por la vía verde hasta San Nicolás del Puerto (nacimiento del río Ribera del Huéznar) hasta llegar a una zona de acampada libre cerca de El Martinete. Allí plantamos nuestras tiendas de campaña, junto a una cascada. La logística alimentaria corría a cargo del cocinero de la cafetería del centro, que -al día siguiente- para el desayuno, elaboró unos estupendos churros con chocolate y café; y a mediodía un buen perol. Un lugar encantador por su vegetación y las cascadas del Huéznar .

Nacimiento del Huéznar


En cuanto al profesorado a destacar la “jamonada” organizada en el campo circundante a Constantina. Aurora vino y asistió a tan grato evento. Se compró un buen jamón que se iba cortando hábilmente por dos de los participantes y de ello nos nutrimos pasando una grata jornada en el campo, tan atractivo en esa época.

Jamonada 


Ese año el artista Espinosa comenzó a decorar una pared (escalera) de la sobria entrada al centro. Un mosaico abstracto, gaudiniano, en cuya elaboración participaron desinteresadamente los alumnos.

Mural Espinoza

Afortunadamente el instituto rechazó las propuestas provenientes de la Administración Educativa de implantar por anticipado la nefasta LOGSE, a pesar de sus cantos de sirena que prometían el “oro y el moro” para el centro (fotocopiadoras a manta y otros dispositivos materiales). Sí que lo hizo el instituto de Cazalla de la Sierra, localidad cercana y regida entonces por un alcalde socialista con mucha influencia en la Junta de Andalucía, pero al que le salió el tiro por la culata, pues el alumnado de la comarca educativa seguía prefiriendo el “tradicional" instituto de Constantina. Y es que los resultados académicos eran muy favorables a los esforzados alumnos de Constantina. Con el tiempo -me parece- la Junta de Andalucía forzó la unificación del instituto de Formación Profesional “Lacuni Murgis” con el Instituto de Bachillerato “San Fernando” con nefastas consecuencias en su nivel académico.

Al curso siguiente (92-93) cuando yo ya estaba destinado a Montoro, organicé un intercambio entre Montoro y Constantina, y así lo hicimos, aunque sin reciprocidad. Y eso que el contacto era mi amigo J. Rivera que había ocupado la plaza de que yo había dejado libre con mi traslado a Montoro. Poco feeling; un desastre.

No obstante, los alumnos de Constantina me invitaron en 1993 a una acampada en aguas abajo de El Martinete, por entonces convertido en camping. Allí acudí, y estuve  acompañado por mi antigua compañera María, profesora de CC. Naturales que resultó ser amiga de Juana Cano, estupenda profesora del instituto de Montoro, amiga y coterránea de ella, a la que luego conocí en Montoro y con la que sigo compartiendo amistad y encuentros.  En tal ocasión (acampada en La Fundición) prolongamos el itinerario del Huéznar y con peligro, pues atravesamos un túnel ferroviario todavía operativo, corto, pero en el que se encontraban cadáveres de ovejas sin duda muertas por el paso del tren en tan agosto túnel. Una autentica temeridad de la que fui consciente a toro pasado, para evitar subir y bajar desniveles y coger el camino más recto. Afortunadamente no pasó ningún tren en esa corta travesía, circunstancia que hubiera producido víctimas. Dicho tren sigue operando y lo utilicé el año 2023 en mi viaje a Mérida, para llegar a las termas romanas de Alange.

En junio de 1992, año de la Expo, recibí la noticia de que me habían concedido traslado al IES Santos Isasa en Montoro, a tan solo 40 kilómetros de Córdoba. Volvía a mi tierra aunque con el grato recuerdo de los dos años de estancia en Constantina. Volví allí en dos ocasiones, una -como ya he referido- en primavera de 1993 para la susodicha acampada y, un año  después, con motivo de la comida de despedida del compañero y director Miguel Cerro, quien había obtenido destino en un pueblo cercano a Sevilla.

Volví a reencontrarme con parte del alumnado y profesorado en una circunstancia lamentablemente luctuosa. Y fue en la localidad pacense de Monterrubio, con motivo del funeral del compañero José Miguel, el que fue Jefe de Estudios, fallecido en accidente de coche.

 

9.3.24

CONSTANTINA 2 (Autobiografía 19)


Vista general de Constantina desde el castillo

Antes de comenzar las clases, en septiembre de 1990, me advirtieron que el instituto era severo en la disciplina; un centro pequeño (con 250 alumnos) muy respetuosos. Pero también que en esa localidad había residido el nazi belga Léon Degrelle y había dejado su huella entre círculos cercanos y una parte significativa de la población. Pero también acudía alumnado de localidades cercanas como El Pedroso, La Navas de la Concepción, San Nicolás del Puerto, Alanís…

En fin, que yo llegué muy serio. Tanto que en diciembre los alumnos celebraban su tradicional fiesta de los Premios Naranja y Limón, en la que entregaban estos premios a los dos profesores que consideraban mejor o peor. Pero también había “galardones” materiales a otros miembros del profesorado; con cierto gracejo aunque mordaces. Y hete aquí que me llamaron al escenario del salón de actos del instituto y me entregaron un collage con unos labios y la leyenda “Sonría, es gratis”; y no fui el peor parado, pues a la profesora de Educación Física la “obsequiaron” con unas zapatillas de deporte nuevas ya que asistía a las clases en zapatos de tacón… Y este “regalo” que la profesora -lógicamente- no recogió, no fue el peor de ese día. Desde aquel momento mi faz cambió y siempre me mostré con una sonrisa sincera.

Allí encontré grandes amistades y apoyos: desde mi único compañero de departamento, el gran Antonio Serrano, del que aprendí mucho y de corazón generoso, hasta los miembros de la junta directiva: Miguel Cerro (hinojoseño), Mariángeles, José Miguel (DEP) y los jóvenes que se habían incorporado al centro a la vez que yo: Jesús, Lucía, Nacho…

El alumnado que tuve en 2º de bachillerato, en la asignatura de Historia del Arte, tan bueno y brillante que acogieron  con muy buena disposición la idea que les ofrecí de que les impartiese clases extras por las tardes para avanzar en el extenso programa de la asignatura. Y es que siempre he sido una tortuga en eso de avanzar en los contenidos de las programaciones didácticas. 

Aquel primer curso en Constantina (1990-91) fue maravilloso. Allí contaba con el apoyo de Antonio Serrano, ya mencionado, y único compañero del Seminario de Geografía e Historia (hoy día “Departamento”). Él, constantinense de pro, se convertiría en gran amigo por su generosidad y amplitud de miras; desprendido, me dejó la jefatura de departamento, renunciando a las ventajas del cargo. Un enseñante nato, admirable en su entrega a la docencia. Y además de los susodichos, de Domingo, cordobés afincado allí y secretario del centro, y Rosario (Charo), cordobesa como yo, profesora de Física y Química, destinada allí, donde residía con sus dos hijas pequeñas. Y por supuesto Rodolfo, catedrático de la misma materia que Charo. También conocí allí a Maite, maestra y madre del destacado alumno César Yllera, que vivía en los “pisos de los maestros” contiguos al chalecillo que yo había alquilado para residir allí durante la semana. Me invitó varías veces a cenar en su casa, junto a sus hijos y su madre, venerable anciana que además le llevaba comida a mi perra Diana. Todo muy grato.

Los profesores “jóvenes” solíamos quedar para comer bien en el restaurante “Las Farolas”  (menú económico y gran calidad) ¿ en la calle Mesones, peatonal y eje comercial de la localidad que -me parecía- por su estructura urbana y orográfica (Valle de la Osa)  una especie de pueblo-camino que comunicaba Lora del Río, en el valle del Guadalquivir, con la Sierra Norte Sevillana (Cazalla, etc.). Otras veces quedábamos en un bar por encima de mi casa cuyo dueño al parecer era tuberculoso pero que ofrecía unas carnes exquisitas. Más tarde, en las afueras pero en la carretera hacia Cazalla, se creó el mesón “La Piedra”  que ostentaba un monolito en su aparcamiento y disponía de una grata chimenea en su salón-comedor. También buena comida, buen precio y el amor de la lumbre en la brumosa, lluviosa y fría Constantina. Lo regentaba el padre de un excelente alumno que luego me enteré se había suicidado; fue el 2º de suicidios de adolescentes, aparentemente estupendos, que lo hacían. Tristemente inexplicable. Pero eso fue después, cuando yo ya no estaba en Constantina y había sido destinado a Montoro.  
En cualquier caso buenos ratos. Al igual que los pasados en casa de Miguel Cerro en compañía de alumnos viendo la tele y preparando un programa de radio local de frecuencia semanal. O en casa de Charo con sus hijas.

 *

Yo volvía a Córdoba cada fin de semana y tras salir de instituto y llegar a mi casa cordobesa en la que convivía con Aurora. Tras la comida familiar, salía a la calle a pasear para encontrar gente, ya que en Constantina  -pasada la tarde- a las 9 de la noche no había ni un alma, a pesar de ser una localidad populosa. Los miércoles bien venía Aurora a visitarme o yo me desplazaba a pernoctar en Córdoba aprovechando mi horario. A menudo Aurora se venía con Jesús, el marido de Charo, y otras veces lo hacía en tren hasta Lora del Río donde yo iba a recogerla en coche.

Todas las noches salía a la cercana cabina telefónica para hablar con Aurora, que sobrellevaba mi “exilio” peor que yo, porque tenía Aunque algunas tardes subía al centro del pueblo, dónde había una perfumería que a la vez era locutorio con tres o cuatro cabinas telefónicas. Allí despachaba una alumna mía, Gloria, que una vez me regaló un bote de perfume muy agradable. Iba allí a pesar de las advertencias de M. Cerro de que escuchaban las conversaciones telefónicas. A mi me daba igual pues no tenía nada que ocultar. Además en el pueblo todo el mundo se conocía y conocían mis movimientos; y no solo los míos, sino los de Aurora cuando me visitaba. Entonces le preguntaban ¿usted es la mujer del profesor del chalet, no?

Algunas noches los profesores jóvenes nos reuníamos en el único pub que existía. Se llamaba El Triángulo y estaba regentado por un funcionario no militar de la base aérea existente (muchos alumnos eran hijos de los militares de esa base). Se nos unían otros funcionarios jóvenes de distintos sectores destinados a la localidad.

Allí comencé a ser fumador habitual, en parte para evitar el alcohol, al que me estaba aficionando en las largas y solitarias noches. Y es que el licor de guindas, bebida local, pegaba fuerte.

Pero la gran mayoría de las experiencias fueron muy gratas. Leí mucho, a veces en el jardincito del chalet. A este respecto recuerdo el libro de Mishima El marinero que perdió la gracia del mar que me impactó y que me hizo reflexionar sobre el paso del tiempo, y empecé a sentirme viejo, a pesar de que solo tenía 33 años; aunque esa sensación ya me había asaltado un año antes en Mérida. Ahora se considera a la gente “joven” hasta los 35 años o más.

*

Hice muchas cosas en aquel año. Me matriculé en un curso a distancia en la UNED sobre innovación educativa en el que elegí el cine como recurso didáctico. Versaba sobre la película “Esquilache” que facilitaba la comprensión de la Ilustración (y su fracaso) en España. El curso implicaba hacer una experiencia didáctica al respecto y los alumnos respondieron muy bien, de modo que fuimos creando una base de datos sobre el tema con muy buenos resultados. Esto dio pie a los “juicios” a personajes históricos controvertidos que después llevé a cabo ampliamente, y con éxito, en el instituto de Montoro, mi siguiente destino. También traté de sacar adelante mi último y fracasado intento de tesis doctoral que trataría el urbanismo musulmán en Córdoba. Tenía los cursos de doctorado terminados, pero Pilar León, la catedrática de arqueología que me la dirigía, se trasladó a Sevilla. De modo que durante unos meses me movía en el triángulo Constantina-Sevilla-Córdoba. Exhausto desistí, pues no tenía tiempo ni capacidad para tanto. Algunas tardes hacía deporte en el gimnasio del instituto jugando al futbito contra un equipo de alumnos. El mío estaba formado por dos profesores: José Miguel, brillante futbolero y atleta y yo, a los que habían de añadir alumnos para completar el equipo. Todos jugaban mejor que yo. Lo pasábamos bien. También algunas noches hacíamos una tertulia de profesores en el salón de mi chalet que contaba con chimenea. Y a veces velada en el chalet del artista peruano Espinoza.


Equipo de futbito de los profes más alumnos.

Allí también acudieron amigos invitados por mí para charlas didácticas: Rafael Arjona, para hablar de su premiada novela El matarife y Carlos Campos, sociólogo de SIGMA 2, para hablar de encuestas y estadística. Y mi familia o Claudio (DEP) y Toñi.

El “chalet” tenía en su pequeño jardín un árbol de caqui -fruta que lamentablemente no me gusta- y calas en el estanque que, cuando florecían, cortaba y me las traía a Córdoba. Una flor que me encanta. También esa vivienda tenía un problema: cuando llovía las habitaciones se inundaban. En ella alojé unos meses a un huésped: un extremeño profesor interino destinado temporalmente allí para cubrir una baja. Al final hube de prescindir de su presencia pues no hacía nada e incluso se comía la comida que yo llevaba de Córdoba. O sea, gratis total; pero la solidaridad tira mucho.

En el tercer trimestre el director me pidió que le acompañase a un viaje fin de curso para los alumnos de COU por tierras leonesas (Zamora, Salamanca) y gallegas (Santiago de Compostela…) y vuelta con parada en Cáceres, donde los alumnos (sevillitas) montaron una procesión a altas horas de la noche por los pasillos del hotel. Poco tiempo después me casé y, por recomendación del amigo Jesús, profesor de Griego, decidimos hacer el viaje de luna de miel a Egipto y no a Grecia como era de suponer. No salimos defraudados, pero a la vuelta de Egipto sufrí unas fiebres y deshidratación tremendas. No estoy seguro de si este virus lo cogí en Egipto o en el previo viaje hasta tierras gallegas ya que me enteré de que varios alumnos habían sufrido los mismos trastornos que yo.

  
Escalera de la catedral de Zamora

        Lago Sanabria

 

4.6.23

EN EL VALLE DE LA OSA (autobiografía 18)



 Diana en el porche de la casa

El título alude al nombre del valle donde está situada Constantina. Antes de comenzar las clases, en septiembre de 1990, me advirtieron de que su instituto era severo en la disciplina; se trataba de un centro pequeño (unos 250 alumnos) muy respetuosos. Pero también me habían dicho que esa localidad se había refugiado temporalmente el nazi belga León Degrelle y había dejado su huella ideológica en círculos cércanos y una parte significativa de la población. Pero también acudía alumnado de otras localidades cercanas como El Pedroso, San Nicolás del Puerto o Las Navas de la Concepción

En fin, yo llegué muy serio; tanto que diciembre era tradición allí que los alumnos celebraban su tradicional fiesta de los "Premios Naranja y Limón", en la que premiaban a quienes ellos consideraban el mejor y peor profesor del año. Pero también otros “premios” materiales a otros miembros del claustro de profesores, con cierto gracejo aunque mordaces. Y hete que me llamaron al escenario -era en el salón de actos- del instituto y me entregaron un collage con unos labios sonrientes y la leyenda “Sonría, es gratis” (a ver si lo encuentro). Y no fui el peor parado, pues a la profesora de Educación Física le regalaron unas zapatillas de
deporte nuevas, pues acudía a las clases de su disciplina en zapatos de tacón… y este “regalo”, que la profesora -lógicamente- no recogió, no fue el peor de los adjudicados ese día. De modo que, desde ese momento mi faz cambió en clase y siempre me mostré con una sonrisa sincera.

El alumnado que tuve en 2º de Bachillerato era tan bueno y brillante que acogieron con muy buena disposición la idea que les ofrecí de darles clases extra algunas tardes, ya que el temario era muy extenso -se trataba de la Historia del Arte- y yo siempre he sido una tortuga en eso de avanzar en los contenidos de las programaciones didácticas.


31.5.23

¡ A Constantina! Autobiografía 17



Constantina desde su castillo


Visité el Centro para registrarme y buscar vivienda, porque aunque la localidad dista solo 105 km. de Córdoba, los últimos 30 (desde Lora del Río) eran una carretera de sierra: estrecha y sinuosa, con muchas curvas y poca visibilidad, especialmente en días de lluvia o frecuente niebla.  Una hora y treinta minutos de ida y otros tantos de vuelta, y no estaba dispuesto a dedicar 3 horas diarias de mi vida al transporte, caro y peligroso. Y es que, salvo mis años de juventud, el coche me gustaba poco. Y menos después de los dos únicos accidentes de tráfico que he tenido y que ambos fueron, precisamente, en rectas entre Palma del Río y Lora. En el primero atropellando a un galgo que surgió de la nada cruzando a toda velocidad la carretera… Lamentablemente en ese momento me estaba adelantando un coche por la izquierda; así que al animal le dio tiempo a cruzar delante de mi coche pero, al encontrarse al otro, dio la vuelta y me lo llevé por delante inevitablemente, pues un volantazo podría haber sido mortal para mí y tal vez para el otro coche. El animal quedó tumbado en la calzada -lo vi por el retrovisor- y mi pena fue enorme. Al llegar al instituto comprobé los daños: toda la delantera de mi coche (capó, faros e intermitentes) había quedado destrozada; era lo de menos pues se podía reparar… no así la vida del pobre perro.


El otro accidente tuvo lugar cuando intenté adelantar a un tractor que viró hacia la izquierda para entrar en un carril de tierra de una casa de campo. Las consecuencias fueron pocas, excepto el susto y poco más, pues frené a tiempo. El conductor del tractor juró que había encendido el intermitente -cosa que dudo- pero es que, además, sus intermitentes iban llenos de barro, como corroboró mi acompañante, una maestra cordobesa de Villaviciosa de Córdoba a la que traía de vuelta a Córdoba los fines de semana.


Por suerte en Constantina encontré alojamiento pronto; se trataba de una casa con jardín, casi a las afueras del pueblo y a cinco minutos del instituto. En ese trayecto me encontraba con alumnos que me saludaban cortésmente. 


12.4.23

¡Ay de mis tesis! (Autobiografía 14)



Presa de Riaño (sepbre. 1984)


Como en los dos últimos años de carrera opté por la Geografía, en septiembre de 1984 acudí al Encuentro sobre pueblos deshabitados, que tuvo lugar en el Palacio de Congresos de Madrid y dado mi interés por el despoblamiento rural y la ecología. Allí entré en contacto con personas y colectivos preocupados por esta problemática que entonces era severa (lo ha seguido siendo) y afectaba principalmente a las zonas de montaña. Y así fue como después acudí a Riaño (León) a las Jornadas sobre la montaña, convocadas por la CACOR. Allí acudieron algunas personas que luego ostentaron cargos políticos importantes en materia medioambiental, mucha gente del valle y otros colindantes y -en las tertulias nocturnas públicas y al calor de la lumbre- escuché al escritor Julio Llamazares, nativo de la zona, preocupado por el tema de los pueblos deshabitados de la montaña como reflejó en su obra La lluvia amarilla.


El tema iba cobrando cada vez más importancia con lo que al año siguiente acudí a un congreso en Pola de Lena (Asturias) sobre la problemática de las zonas de montaña cantábrica. Finalmente al Congreso sobre “Agricultura y Desarrollo Rural en zonas de montaña”, convocado por la Junta de Andalucía y celebrado en Granada en noviembre de 1985.


Algunos certificados de asistencia a congresos


Así que concerté con Antonio Sánchez, mi antiguo profesor de Geografía Económica, para hacer la tesis sobre La Montaña en Andalucía pero, con tan mala fortuna la mía de que al poco tiempo se marchó a Sevilla para ocupar un alto cargo en el IARA, con lo cual nuestro contacto se fue espaciando hasta desaparecer casi por completo. Así que aquellos saberes adquiridos los plasmé, parcialmente, en una charla sobre la España Vaciada ya en pleno siglo XXI.


Más tarde, en 1986, con mi entrada en el yacimiento de Madinat al-Zahra, hube de redireccionar mi formación, de modo que empecé cursos de doctorado en Arqueología, en los cuales conocí a Pilar León, a la sazón catedrática de dicha materia en la UCO, que -aunque especializada en Roma- me animó a ocuparme de la arqueología urbana hispano-musulmana y se brindó a dirigir mi tesis doctoral sobre este tema. Nueva frustración: ella consiguió la cátedra en la Universidad de Sevilla, se trasladó allí y todo se complicó para mí. De vez en cuando tenía que ir allí para entrevistarnos y consultarle; con la dificultad añadida de que había comenzado mi carrera docente y me encontraba destinado en Constantina, localidad de la Sierra Norte sevillana, con lo que para los encuentros, los fines de semana, tenía que hacer el triángulo Constantina-Sevilla-Córdoba, ciudad esta última en la que seguía teniendo mi residencia familiar, así que otra vez hube de renunciar a tal empresa. Era mi segundo intento de tesis que moría en Sevilla.


Hubo un tercero con mi profesor de Historia Medieval de España, Alfonso Franco, quien se ofreció para dirigirme una tesis sobre las fuentes historiográficas acerca de los Reyes Católicos. Vano intento, porque al poco de empezarla mi profesor obtuvo una cátedra en Cádiz, de modo que tuve que abandonar el proyecto.


En fin, que se puede decir que mis tesis murieron en Sevilla; o, para ser más precisos, en el Bajo Guadalquivir. ¡Kaputt!




24.3.23

¡Al paro! Buscándome la vida (Autobiografía 12)



En la oficina



Simultáneamente a mis estudios universitarios en mayo de 1981 me quedé en paro, porque  el bufete donde trabajaba se produjo una nueva escisión, pues el segundo de a bordo (Miguel. A. Miranda Crespo) decidió crear su despacho propio, de modo que se llevó una parte importante de la cartera de clientes y a cuatro empleados; entre ellos, afortunadamente a mis hermanos Pepe y Juani, lo cual fue un alivio para mí porque así no se quedaban “tiraos”. Yo quedé con el jefe inicial: Andrés López. Pero éste, descarriado por malas amistades, seguía dedicándose al baloncesto y otras facetas que le hacían desatender el negocio, con lo cual la fuga de clientes (empresas) fue en aumento; hasta el punto que sobraba personal. Y me tocó a mí. Y así fue porque era el único soltero. A este respecto he de manifestar que mi jefe siempre un gran sentido de la justicia social, lo cual no quiere decir que yo lo encajara bien, pues me parecía injusto porque llevaba diez años trabajando allí, era el empleado más antiguo y había demostrado mi laboriosidad. Pero es que mi jefe había ido enchufando a la oficina a sus baloncestistas con cargas familiares…


Aparte de esto que yo consideraba injusto, el despido fue limpio y justo: sin litigar pues de entrada me reconoció el despido improcedente, me pagaron la indemnización completa para tales casos y tuve un año de subvención por desempleo, el máximo en aquellos tiempos. Y digo “me pagaron” porque él y el escindido tenían una acuerdo de que si tenían que despedir a algún un empleado lo pagarían a medias. Además ambos me aseguraron que en cualquier momento que necesitasen aumentar el personal yo sería el primero en emplear. Me consta que esto fue sincero, pero tuve la mala suerte de que, en aquellos tiempos, se estaba produciendo en España una minicrisis económica durante la cual se cerraban empresas y no se creaban nuevas. Lo único bueno de tal situación fue que podía dedicar más tiempo a la universidad.


Por otra parte un amigo acudió en mi ayuda y me ofreció un trabajo en una pequeña asesoría laboral a tiempo parcial (2 horas diarias). Se llamaba GADECO y estaba en la calle Villa de Rota, colindante con  Ciudad Jardín. Naturalmente acepté, pues el sostén del paro se acabaría. Allí conocí a buenas personas, como A. Parejo, que me llamaba, por mis ideas y aspecto, Trotski. Ciertamente tras dejar el servicio militar, con 22 años, me dejé melena y barba, cosa que mi padre me tenía prohibida hasta “ser mayor de edad”; y la mili era ese rito de paso. 



Con melena y barba

También recurrí a mis conocimientos de fotografía, a la que era aficionado desde años atrás y gracias a amistades me dedicaba a ganar ingresos extras en comuniones y bodas. E incluso con mi amigo Rafa Montes y otro conocido (Antonio Luna)  creamos una empresa audiovisual; pero aquello resultaba bastante precario, pues dependíamos de los encargo, que no eran muchos en aquellos tiempos. Y como lo de ser asesor laboral de empresas no me gustaba mucho -porque había visto las tropelías que se cometían contra los trabajadores- al final decidí unirme a un amigo cenetista para crear un librería libertaria, cosa que ya he narrado en una entrada anterior referida a mi militancia social y política. 




15.3.23

UNIVERSIDAD II (AUTOBIOGRAFÍA 11)



 Equipos masculinos (izqda.) y portera y defensa (dcha.)


En 2º curso nuestro pequeño grupo de gente, los que teníamos trabajo, se vio aumentado considerablemente por la incorporación de estudiantes jóvenes, excedentes de la superpobladas aulas matutinas. Pero el grupo se fusionó perfectamente y continuó -con salvedades- el espíritu colaborativo. Con esta nueva hornada organizábamos partidos de futbito en la antigua Escuela Superior de Ingenieros Agrónomos y también algún perol.


Perol en el arroyo de Linares, km. 8 de la ctra. a Cerro Muriano


En fin, allí se forjaron nuevas amistades que aún persisten como tesoro: La IX PROMOCIÓN  DE HISTORIA de la UCO (1979-1984)  que -tras años de dispersión- hemos mantenido el contacto; hasta el punto que desde 2009 celebramos encuentros anuales, a los que acuden gente desde Ibiza hasta Cádiz, pasando por Cartagena o diversas localidades de la provincia de Córdoba.


Llegados a 4º curso nos dispersamos un poco, puesto que había que escoger un bloque de tres o cuatro asignaturas más especializadas pertenecientes a un Departamento más específico. Así que unos eligieron Historia del Arte, Historia Medieval, Historia de América… Yo opté por la Geografía, entre otras razones porque me parecía el departamento que mejor funcionaba, hasta el punto que me hice alumno interno de dicho departamento y allí coincidí  con varios alumnos luego grandes amigos, como Mª Jesús Raya, Eduardo Lama, Luis L. o Pepe Reyes. También allí conocí a un nuevo profesor: Antonio Sánchez, que impartía la asignatura de Geografía Económica y que nos llevó de viaje didáctico  por nuestra provincia y las de Sevilla y Huelva, para conocer de primera mano las explotaciones agrícolas: los melocotones de La Veguilla, las lechugas de Sevilla o los cultivos enarenados de Huelva (fresones), así como el Parque Nacional de Doñana. Fue un viaje muy instructivo del que guardo muy buenos recuerdos y fotos; y eso que -por sorteo- me tocó compartir habitación con el profesor ¡Con mi timidez! 


Cultivos enarenados: fresas en Huelva (1983)

Ya en 5º cursé la asignatura de “Geografía de Andalucía” impartida por el catedrático Antonio López Ontiveros, con el que también hicimos excursiones, aunque solo en la provincia de Córdoba y de un día de duración, no lectivo o laborable. O sea, él perdía un día de asueto y nosotros también; pero es que estábamos muy motivados y él sabía muy bien (y esto también me sirvió más adelante en mi praxis como docente) que la Geografía se aprende  mejor pisando el terreno. Dichas excursiones teníamos que prepararlas los alumnos. A mí me tocó Bujalance, dentro de una ruta que incluía Cañete de las Torres, Villa del Río, Montoro, Cardeña y Pozoblanco. Buenas experiencias éstas.


En julio de 1984 terminé el curso y la carrera, gracias a que fui uno de los pocos afortunados (9 entre 100) que aprobó la asignatura de Historia Contemporánea de España, impartida por el temible catedrático -y entonces Decano- Cuenca Toribio, el cual tenía varias promociones anteriores a la mía “aparcadas” (suspensas en su materia) para conseguir el título universitario. Yo tuve suerte y nada más, pues había colegas mucho más preparados que yo y que hubieron de esperar a septiembre o el siguiente curso para poder aprobar. Y tuve suerte porque tocó “La Revolución Industrial en España” sobre la que había leído un libro y hecho un trabajo. Por lo demás nos mandaba trabajos (reseñas) de sus obras editadas para que así las comprásemos. Yo no andaba sobrado de tiempo porque seguía simultaneando estudios con trabajo, de modo que les pedía a mis amigos sus reseñas y yo las desdibujaba y las adornaba de florituras laudatorias al autor para enmascarar el evidente plagio. Él las leía todas y nos las devolvía con un comentario evaluativo. En una de ellas me puso: “Hecho para salir del paso, así nunca llegará a gozar de la Historia”. ¡Jajajaj!