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22.1.25

VIAJE A NÁPOLES (con escala en Madrid)

 

                                    Sátiro con ninfa (Mº Capodimonti)

El viaje no empezó con buen pie. Al llegar a Madrid hacía un frío atroz, ni siquiera aplacado por las estufas de sus terrazas. Llegamos a buena hora para instalarnos en el Hotel Lovers y salir a tomar un aperitivo y luego comer en un restaurante donde me pedí un guacamole que no estaba tan bueno como el de El Mundano de Córdoba, aunque el virus (norovirus) ya empezaba a hacerme efecto, de modo que no me lo terminé. Por la noche fuimos hasta la plaza de Santa Ana donde pizcamos y terminamos tomando un buen chocolate caliente.

Al día siguiente nos dirigimos al remodelado MuseoArqueológico Nacional (MAN). Muy didáctico, sobre todo en la zona de Prehistoria, antes tan árida. La zona ibérica espléndida. Luego comimos en un restaurante cercano a la Puerta de Alcalá.  Allí nos pusieron de cortesía una especie de taza con puré de lentejas caliente que resultó reconstituyente; le siguió una sopa de cebolla sustanciosa y que me vino muy bien.  El segundo plato, parrillada de verduras estupenda pero que no me pude comer ni la mitad (el virus seguía avanzando); la camarera, hispanoamericana, como casi todos los camareros que nos atendieron en Madrid, me preguntó si no me había gustado, a lo que contesté que todo era debido a mis problemas de barriga. Esa tarde, debido a mi malestar no salí, a pesar de que había interesantes  exposiciones cercanas.

             Damas oferentes ibéricas (Mº Arqueológico Nacional, Madrid.)

 

El miércoles 8 de enero partimos temprano hacia el aeropuerto en un taxi concertado por el hotel. El precio muy barato (18 €)  y la joven que lo conducía fuerte como para no quejarse del peso de mi silla de ruedas.  Llegamos al aeropuerto con tiempo de sobra y el Servicio de Atención al Cliente acudió raudo,  si bien creían que íbamos a Venezuela.  Desecha la confusión, el amable empleado nos condujo a los mostradores de facturación con privilegio por minusvalía, al igual que en el control; privilegios del estado y edad. Seguía habiendo tiempo de sobra así que desayunamos en una cafetería de la zona de embarque y luego, como descubrí que allí habían habilitado una zona para fumadores al aire libre; bajé a ella y disfruté de un cigarrillo junto a otras personas que sufrían la ansiedad de un vuelo, Me gustó que se vaya rectificando la política de acoso al fumador, cosa ratificada en Nápoles dónde, en su museo arqueológico me encontré , casualmente, con una zona  -un gran patio ajardinado- apto para fumar; al igual que en el Museo de Capodimonte en el que curiosamente estaba prohibido fumar en sus bellos y extensos jardines pero que, sin embargo, tenía habilitado en su interior un bar con terraza en la que podía fumar. Tolerancia, gracias!

  Cociendo un cerdo. Escultura romana en el Mº Arqueológico de Nápoles.
 

Al día siguiente visita al Museo Arqueológico de Nápoles, en el que, entre otras cosas (como pinturas), se exponen las piezas arqueológicas más significativas de Pompeya. Allí estuve más de dos horas viendo las obras hasta que me saturé de imágenes y esperé al infatigable Alberto. Mientras lo hacía me instalé en su cafetería y me pedí pasta con tomate que resultó blandengue, pasada, como le gusta a mi hija y que además estaba medio caliente, o sea, casi fría. Por la tarde, mientras mi amigo acudía a un concierto de una excelente soprano cubana, me aseé en la bañera de nuestro apartamento. Una decisión desafortunada pues debido al diseño minimalista moderno, confundí un grifo de agua con asidero para salir del cubículo acuático, cosa imposible para mí; así que me hube de quedar allí, como un escarabajo panza arriba, como el bicho de Kafka aunque sin movilidad. Tuve que esperar el regreso de Alberto cosa que hice practicando una nueva técnica de SPA consistente en ir rellenando periódicamente la bañera de agua caliente para no coger frío y acentuar mi gripe. Cuando, finalmente, volvió mi amigo, pude salir no sin mucho cavilar y con un esfuerzo físico que me dejó baldado, con dolores en la zona lumbar que aún me duran. 

                    Perros de Pompeya (Mº Arqueológico de Nápoles.

 

El jueves 10 de enero hicimos un recorrido por su largo paseo Marítimo. Es bastante soso con edificios lujosos (hoteles) a un lado y el mar al otro aunque sin playa, solo orillado por pedruscos blanquecinos como los de los espigones. Nápoles parece una ciudad que vive de espaldas a ese mar que le dio la vida. Tal vez en primavera o verano esa zona esté más animada.

El viernes visita al Museo de Capodimonte (antiguo palacio de nuestro Carlos III cuando era rey de Nápoles) con importantes pinturas, especialmente del Barroco. La lluvia amenazaba y subimos en taxi con toda la parafernalia para portar la silla de ruedas. Comimos en la terraza de su cafetería, en la que, con la copa de vino “rosso”, me pusieron un plato de tapas (pizzitas, etc.) que me dieron para almorzar y aún me sobró. Seguía sin apetito. A la salida la lluvia nos esperaba, así que hubimos de recurrir al taxi de nuevo.

Yo en los jardines del Museo de Caapodimonte. Foto de A. Rubio.
 

Al día siguiente subimos a ver el castillo de San Telmo y la contigua Cartuja. No entramos en  la fortaleza pues según mi acompañante no tenía interés. Desde la cercana plaza del monasterio hay unas estupendas vistas de la ciudad, pero el temporal de viento y frío no hacía grata la estancia allí. Penetramos en el cenobio otra vez gratis para ambos, dadas  mis condiciones. Allí se accede por un austero claustro menor que en su parte izquierda da acceso a la lujosa iglesia ¡Y es que los cartujos hablarían poco, pero pasta tenían un montón! Luego vimos otras estancias, como la sala capitular, el refectorio, el locutorio o “charlatorio” donde sus monjes podían hablar libremente de asuntos corrientes para luego volver al voto de silencio de su orden. También visitamos unas pocas salas La movilidad que albergaban un pequeño museo naval, en el que se conservan las lancias (lanchas) o falúas de Carlos III, además de maquetas de distintas embarcaciones de la Edad Moderna. La movilidad allí resultaba a menudo dificultosa: se ve que a los cartujos les gustaban mucho los escalones.

 

                                         Iglesia de la Cartuja de Nápoles

El domingo fuimos a visitar el Duomo (la catedral), un edificio de fábrica gótica sin mucho interés. Solo la capilla de san Genaro (cerrada a esa hora) aunque visible desde su reja y la monumental cripta que contiene la vasija con los huesos del mártir que nos pareció protector ante nuestras contrariedades; así que le encendí una vela.

El lunes  vuelta a casa. El taxista se mostró más clemente que su colega que nos trajo del aeropuerto al apartamento, seguramente porque fue contratado por la propietaria de nuestro alojamiento napolitano. Al llegar allí algún problema técnico con la silla de ruedas, resuelto el cual nos atendieron diligentemente los empleados del servicio de atención al cliente. Íbamos con tiempo sobrado pero la larga espera en la  sala habilitada al efecto nos retrasó, de modo que ya en la zona de embarque casi no nos dio tiempo a ingerir un bocadillo de mortadela estupenda  entre un también  un magnífico pan. El vuelo de Iberia volvió a despegar puntualmente y llegar a Madrid quince minutos antes de lo previsto, así que nos hicimos la ilusión de adelantar el AVE hasta Córdoba. Sin embargo al llegar a Barajas pudimos recoger las maletas, pero la silla de ruedas no aparecía; ni la mía ni la de un italiano que venía en el mismo vuelo, así que retraso luego aumentado por una retención por obras y hora punta; de modo que llegamos con tiempo para el tren contratado, que llegó a Córdoba también antes de lo previsto. Fin de la aventura internacional. 

 

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16.10.18

Periplo por la Toscana


Catedral de Siena

Partimos desde el aeropuerto de Madrid rumbo a Bolonia, donde tomamos un tren de alta velocidad (Frecciarossa) hasta Florencia, donde no esperaba Paolo, que nos trasladó en su coche hasta el nefasto hotel Il Gardino de Siena. Hasta ese momento todo iba bien, pero al llegar a la recepción de ese hotel nos dijeron que no teníamos reserva y que estaba completo. Una felonía. Sorpresa y desagrado, especialmente para el entregado Paolo que había hecho la reserva personalmente y semanas antes por encontrarse cercano a su casa. Posiblemente la mala pasada que nos jugó el personal se debiera a que los precios de de los hoteles de la zona se habían disparado por un evento, y el precio acordado previamente era mucho más bajo. Picaresca. Eran las 21 horas y Paolo decidió llevarnos a su casa, a pesar de que había quedado en ella para cenar con familiares venidos de otra localidad. Desde su casa, y mientras hacía los preparativos para le cena, nos fue buscando alojamiento con el apoyo telefónico y luego presencial de Cecilia. Estaba muy preocupado y nos preocupaba el sofocón que llevaba encima. Y nos invitó a la cena familiar, donde Alberto, Paco y yo degustamos la exquisita comida casera (fatto in casa) preparada para ocasión y regada con estupendo vino italiano. Mientras tanto llegó Cecilia para llevarnos a un hotel que habían encontrado a módico precio al menos para pasar esa noche. El hotel (La Vecchia Cartiera) está muy bien, en el centro de Colle di Val d'Elsa y había sido una antigua fábrica de papel que conserva en su exterior las presas de las canalizaciones hidráulicas para su abastecimiento.

Mecanismo de la canalización

A la mañana siguiente estaba solucionado el problema: ya nos habían encontrado un sitio definitivo para el resto de los días: un hotel rural estupendo en medio del campo (Relais Castel Bigozzi), nuestra “villa en la Toscana” con maravillosas vistas, muy tranquilo, excelentes instalaciones y trato deferente por parte del personal. Además decorado con un fresco de la batalla medieval de Colle, cosa de la que nos enteramos dos día después al visitar el Museo de San Prieto. En fin, que “no hay mal que por bien no venga”. Lo malo es que teníamos esclavizados a Paolo, Cecilia o Patricia, para los traslados a la ciudad y regreso al hotel ya que no teníamos coche. Todo generosidad por parte de los colegas profesores y ya amigos. Grazie Mille!


Land Art

Como fuimos el primer grupo internacional en llegar a la reunión, Paolo nos llevó a visitar la bella abadía románica A Isola, en cuyo atrio se exhibía una intervención de “Land Art” a base de piedras, afamado cristal de la zona y cerámica. Además nos enteramos de que nos encontrábamos en la Vía Francigena, una ruta de peregrinación desde Roma a Canterbury que enlaza en Francia con el Camino de Santiago. Después visitamos Monteriggioni.  Y luego  Paolo nos condujo a Siena, donde comimos con sus familiares de la noche anterior en un buen restaurante en una pintoresca calle empinada, por lo que utilizan unos llamativos artefactos de madera para nivelar mesas y asientos. Tras la comida Paolo partió para recoger a los profesores turcos, mientras nosotros paseamos por la bella ciudad plagada de monumentos, y nos encontramos a Paolo con Semih y Umut, venidos de Trebisonda. Quedamos en vernos en la grandiosa iglesia de Santo Domingo, que visitamos, para luego trasladarnos al hotel y volver a Siena para la cena, en la que ya se incorporaron las profesoras griegas e italianas. Estábamos todos.


Artefactos para nivelar sillas y mesas

San Gimignano

El lunes 1 de octubre fue la primera sesión de trabajo en el Liceo Statale Alessandro Volta, el centro anfitrión, en Colle di Val d'Elsa. Allí visualizamos varias presentaciones realizadas por alumnos del centro y luego una reunión para ver la marcha del proyecto. A continuación hubo una visita a distintas dependencias del instituto, cuyas paredes estaban decoradas por los alumnos con dibujos y frases. Luego del intercambio de regalos todos partimos hacia la fotogénica población de San Gimignano, donde disfrutamos de una visita a su abadía benedictina guiada nada menos que por su abadesa. Aprovechando que había un piano en el interior de su iglesia, convencimos a Alberto para que interpretase una pieza de Mozart (sonata para piano N 16, en Do mayor, KV 545) que fue merecidamente aplaudida. Me llamó la atención la portada de esta iglesia porque presentaba elementos decorativos propios del arte mudéjar, como los platos cerámicos de los campanarios de Teruel. Después comimos en un agradable restaurante desde el que se podían ver las altas torres que caracterizan a esta población, y donde probamos el Vin santo que se toma mojando un pan tostado trufado con frutos secos (Biscotti). Pero mientras comíamos, lamentablemente, se desató una tormenta con fuerte lluvia, rayos, truenos y ventolera, que nos impidió pasear por la atractiva ciudad medieval. Por la tarde visita guiada a la “Contrada del Bruco”, una de las asociaciones que participan en la competición del “Palio”.

Batalla de Colle

Al día siguiente visitamos el Museo San Pietro guiados estupendamente por un grupo de estudiantes de formación profesional del Liceo. Una colección que abarca desde objetos etruscos hasta pintura del siglo XX. Y una sección dedicada al escritor a un escritor local, que nos fue explicada por su director, el profesor Migliorini, y que está formada por material del propio autor, su biblioteca y una colección de cuadros donados por él. A continuación tocaba recepción por parte de la autoridad municipal en su monumental ayuntamiento, donde nos recibió un jovencísimo alcalde o teniente de alcalde que nos ilustró sobre los principales hitos de la historia de la ciudad, sus escudos y las fenomenales piezas de cristal allí expuestas. Y por la tarde visita a la moderna mezquita de la misma localidad en la que fuimos recibidos por su imán y su esposa. Ya en el interior continuó la explicación, el imán hizo su oración, con un canto muy refinado, y después contestó a nuestras preguntas, tras lo que nos agasajaron con pasteles y zumos. Todo hospitalidad. Allí me llamó la atención que entre los múltiples ejemplares del Corán, los había que parecían en idioma eslavo, y es que, como explicó el imán, asistían muchos fieles y sus hijos provenientes del este de Europa, y que no sabían hablar árabe.

Florencia

La siguiente jornada estuvo dedicada a visitar Florencia, con la mala fortuna de que al ser miércoles cerraban algunos de los museos o monumentos que nos interesaban. Y en la Academia había un paro parcial de sus trabajadores por problemas de seguridad. No obstante pudimos visitar la iglesia de San Lorenzo y la escalera de su biblioteca, obra del genial Miguel Ángel y entrar hasta el patio del palacio Medici-Riccardi. Tras la comida y reunión en el Mercado San Lorenzo. Nos dispersamos y aproveché para comprarme unas sandalias cómodas, y a bajo precio, que previamente había visto en una tienda en la plaza de San Lorenzo, porque tenía los pies doloridos por mi fino calzado. Después pudimos ver el museo del Bargello con su interesante colección: Donatello, Verrocchio, della Robbia, Miguel Ángel, Juan de Bolonia… También visitamos una pequeña iglesia de la Badía, por su cuadro de Filippino Lippi. Tras ello me dirigí en solitario a hacer fotos de las esculturas originales existentes en la logia frente al Palazzo de la Signoria. De regreso al punto de encuentro, y en la calle peatonal que une la catedral con la plaza de la Signoria, vi una comitiva de Hare Krishnas que iban danzando y tocando instrumentos dando un toque de color, sonido y espiritualidad a la animada calle comercial.


Solería de la catedral de Siena

El jueves la protagonista fue Siena, una visita guiada por una experta en historia, en la que por la mañana visitamos el Palazzo pubblico, con interesantes frescos entre los que se encuentra el retrato ecuestre del condottiero Guidoriccio da Fogliano atribuido a Simone Martini. Allí también me llamaron la atención sus vidrieras no figurativas, de cristal sienés en diversos colores y algunos relieves geométricos de madera en su sillería que simulaban motivos propios del arte hispanomusulmán. Luego continuamos la ruta visitando la espectacular catedral que, por suerte, tenía descubiertos sus maravillosos pavimentos llenos de figuras de piedra, una especie de taracea marmórea con diversos motivos: bíblicos, de la Etruria… Una suerte, porque solo se descubren (levantan las alfombras que los protegen) en el mes de octubre. Luego comimos de pie y en la calle, una rica pizza con base dura y crujiente que regamos con una cerveza: parecíamos jóvenes litroneros españoles…! Ya en la tarde nos desplazamos a la abadía románica de Sant’ Antimo y su bello entorno. Me fijé en las ménsulas de sus ábsides y me llamaron especialmente la atención una que era un modillón de rollos y otra con azulejos; y también un dintel con motivo geométrico celta. Igualmente sus olivos centenarios y el ciprés que compite en altura con la torre de estilo románico-lombardo. De allí fuimos a Montalcino ("Monte de la encina"), localidad célebre por sus vinos, pero que además cuenta con una fortaleza y un pequeño casco histórico monumental y maravillosas vistas sobre la campiña toscana. Allí me agradó un panel con ilustraciones artísticas de los más diversos el vino de la región (¡A ver si aprendemos los de Montilla-Moriles!). En la ida y vuelta vimos viñedos que al principio de de sus hileras tenían rosales: nos explicaron que se trataba de una medida profiláctica, ya que los rosales sufren las mismas enfermedades o plagas que las vides, pero lo hacen antes y sirven de aviso. De vuelta a Siena, Cecilia nos ofreció en su casa un ágape con dulces y vino blanco, mientras disfrutábamos de las bellas vistas de la ciudad y su entorno campestre mientras se ponía el sol.

Abadía de Sant' Antimo

El viernes 5 no pude asistir a la interesante visita la necrópolis etrusca de Sovana, ni tampoco a la visita de la sinagoga de Pitigliano, porque me encontraba indispuesto; pero a cambio disfruté del relax del hotel, sus jardines y el paisaje circundante.

Castel Bigozzi



MÁS FOTOS:

Abadía A Isola, Monteriggioni y Siena: AQUÍ
Colle di Val d'Elsa y San Gimignano: AQUÍ y AQUÍ
Florencia: AQUÍ
Siena, Sant' Antimo y Montelcino: AQUÍ
Castel Bigozzi: AQUÍ




3.1.14

Italia 2013 (2)


He caído en la cuenta que en la anterior entrada me había dejado llevar por el penoso asunto del hotel  y había olvidado tantas cosas buenas. De modo que me pongo manos a la obra para que no pasen desapercibidas, aunque las más de mil fotos disparadas servirán para dejar constancia de tantos momentos buenos y lugares bellos.

Llegamos al hotel  de Roma sobre las 19 horas del día de Navidad. Un par de horas después salimos para cenar y dar nuestro primer paseo nocturno por una ciudad bastante solitaria y con pocos locales abiertos, como es lógico en ese día. Por fin encontramos un restaurante que Alberto conocía y que resultó fenomenal no solo por la buena comida y lo acogedor del sitio, sino el buen hacer y la mejor talla humana de su personal, que no dudó en devolvernos la mitad de lo pagado porque habían tenido un error al hacer la factura. Como la comida y el sitio nos habían parecido tan buenos, no habíamos reparado en el importe final!

Joven como Diana
(Mº Termas)
En día siguiente nos dirigimos a las cercanías de Termini, pues otros amigos se incorporaban en ese momento al viaje y tenían reservado su hotel  por aquella zona. La idea era estar cerca para comer con ellos, pero un fallo de su móvil lo hizo imposible; de modo que nosotros estábamos cerca de su hotel mientras ellos iban al nuestro a buscarnos. Cosas de la tecnología.

En fin, que vimos la plaza de la República y la iglesia de Santa María de los Ángeles, todo ello construido sobre las colosales termas de Diocleciano. Luego el museo de las Termas, en cuya verja se podían ver frases de Séneca escritas en italiano e inglés. Dentro, además de las excelentes obras escultóricas, pictóricas, etc... que forman la colección permanente, tuvimos la suerte de ver una exposición temporal sobre los monstruos en la Antigüedad: gorgonas, minotauros, hidras, grifos... en mármol, cerámica, terracota... Una magnífica exposición. Tras ello San Carlino y San Andrés del Quirinal (que estaba cerrado por el receso del almuerzo). Igual ocurrió con el Éxtasis de Santa Teresa. Así que buscamos un sitio para comer que resultó un tanto penoso, pero la todavía presente resaca de Nochebuena y Navidad, mantenía muchos locales cerrados. Volvimos sobre nuestros pasos, por fin entramos en San Andrés, luego en Sta. Mª de la Victoria para fotografiar la obra de Bernini (esta  vez armado de trípode-monopode) que todavía no tengo claro si ha salido bien, a pesar de que Alberto echó una moneda para iluminar la obra, momento que fue aprovechado por numerosos turistas primermundistas, agarraos y gorrones. Luego fotografía a la portada de la cercana Santa Susana y entrada en el también próximo templo de San Bernardo (igualmente parte  de las susodichas termas). Tras ello visita al Palacio Barberini y su escogida colección. Finalmente, bajando por la Via Nazionalle, visita a los Mercados trajaneos, que abandonamos cuando se hace la noche.


Foro (Pompeya)
Al siguiente día viaje a Pompeya para  ver su impresionante, singular, yacimiento arqueológico; allí el dedo se me desbocó y tiré un montón de fotos  con las que prometo no atosigar a mis amigos (¡juro seleccionar solo unas pocas de entre las mejores y más significativas). Como en Italia anochece pronto, cerca de las 17 horas abandonamos el complejo, sobre el que nos llama la atención lo poco vigilado que está. Tal vez lo más adecuado hubiera sido pernoctar el Nápoles para disfrutar de la ciudad y también del museo donde se encuentran muchas de las obras halladas en Pompeya; pero "teta y sopa..." y teníamos pocos días de viaje. Otra vez será. A destacar lo dejados que tienen los italianos sus trenes, incluido el "flecha" (Alta Velocidad) que nos llevó de Roma a Nápoles y viceversa.


Ara Pacis (lateral)
El 28 teníamos reservada una visita a la villa Borghese a las 11 horas, así que con anterioridad nos encaminamos al mausoleo de Augusto (lo que queda) y al Ara Pacis, envuelta en un estupendo museo ad hoc. En la Borghese no se podían hacer fotos,  por lo que allí quedaron la Paulina Bonaparte, Caravaggio y otros maestros que sin embargo degustamos  con delectación. De vuelta para comer, paso por la plaza del Popolo.


La jornada siguiente nueva excursión: a Tívoli (Villa  Adriana y Villa d'Este). Tuvimos una guía políglota y muy amable que nos permitió ver el Teatro Marítimo de la adriana y nos sopló, consintiendo el consecuente retraso, la interpretación  de un concierto express en el órgano hidráulico de los jardines del hijo de Lucrecia Borgia. Por la noche disfrutamos del ambiente de la plaza Campo di Fiore sentados en una terraza.


Elefante, de Bernini
El día treinta paso la mañana recorriendo calles y lugares con la meta puesta en el Trastevere, ese barrio del que todo el mundo habla pero que no había conseguido visitar hasta  ahora . Previamente me paro en la plaza de España y no puedo fotografíar su fuente, llena de turistas a pesar de la lluvia. Sí que disparo sobre la fachada del cercano Colegio de Propaganda Fide, de mi admirado Borromini. Sigo adelante y fotografío el templo de Adriano, en cuyo interior hay una exposición de arte moderno que no tengo tiempo de contemplar. Más adelante el elefantito de Bernini, delante de la basílica Supra Minerva en la cual penetro y hago algunas tomas, aunque a la salida se me olvida hacer  lo propio con unas placas insertadas en su fachada (sigue lloviendo y es molesto fotografíar con un paraguas). Llego hasta il Gesu no sin antes, por fin, dar con el restaurante recomendado por Jerónimo. En el Gesu disfruto de lo lindo: bestial espacio, indescriptible la espectacularidad y funcionalidad del edificio. Hay un espejo para reflejar los frescos de su bóveda y mientras hago cola para fotografiarlo asisto sin querer a una ridícula e hilarante escena nacionalista (de los nacionalismos de las Españas). Sigo por Largo Argentina, y  además de sus ruinas, consigo fotografiar tres o cuatro gatos, bien resguardados de la lluvia que sigue cayendo. A estas alturas, y a pesar del paraguas, la cámara está mojada, lo que me hace temer por su suerte. También el objetivo lo está, pero no llevo mi siempre presente pañuelo de algodón ni tampoco los tissues limpiadores de lentes, por lo que decido entrar a una óptica para comprarlos. El señor que la atiende me dice que no tienen el producto y me ofrece un pañito de los que entregan cuando nos compramos unas gafas. Voy a pagarle y me dice que no es nada. Un alma generosa. Por fin encarrilo el Tíber (ese río que en Roma parece jugar al escondite, tal vez como, en menor categoría, el Manzanares en Madrid). Las aceras están preciosas (y peligrosas) con las doradas hojas caídas de sus plátanos. Veo una impotente Sinagoga y cruzo el puente Fabricio  llegando por fin a la isla Tiberina. De allí al Trastevere, donde deambulo sin rumbo por sus encantadoras calles hasta que, sin querer, llego a la basílica de Santa Cecilia con buen atrio, mosaico bizantino en su media cúpula y una encantadora escultura de la santa. Luego me dirijo a San Francesco a Ripa para ver la beata de Bernini, pero es la 1 en punto y la iglesia ha cerrado hasta las 14:30. Vuelvo sobre mis pasos para saborear el vino italiano, y un momento de reflexión, en un atractivo (y curioso) bar que vi poco después de desembarcar en el Trastevere (akbar). Retorno para  la comida cerca del palacio Farnese, en la plaza della Quercia (encina aún presente). La tarde la dedico a descansar y recoger velas de cara al regreso del día siguiente. Por la noche nos solazamos en Campo de' Fiori, que aumenta su nivel de animación a medida que avanza la hora. Nos llaman la atención las estilizadas  flamas de los calefactores de las terrazas en contraste con la estatua de Giordano Bruno, que murió allí en la hoguera; menos mal que los jóvenes le rinden tributo alrededor.

Día 31: triste. Regreso. Un taxi nos lleva a Fiumicino, donde el vuelo  de Iberia sale puntual y nos deja en Madrid poco después de las 14 horas. Teníamos previsto visitar una exposición en El Prado, pero cuando llegamos, alrededor de las 16 horas, está cerrado (es Nochevieja). Comemos unos bocadillos en la estación de Atocha, mientras vemos decenas de tortugas en el estanque del jardín tropical bajo hierro y cristal. Podemos adelantar el tren en el que montamos a las 18 horas.




1.1.14

Italia 2013



Acabo de volver de mi tercer viaje por Italia. En este caso por Roma mayormente, aunque también he visitado por vez primera Pompeya y Tívoli.

Ni mucho menos he cumplido mis objetivos para este viaje, porque la riqueza de Roma es tan grande que no se la puede abarcar en tan poco tiempo. Me hubiera gustado más gozar de paseos por ella, pero ¡a ver!, tendré que esperar una nueva oportunidad. Aunque siempre seguirá siendo esa ciudad de dimensiones y ambiente humanos, llena de grandezas del arte y rincones encantadores.

El hotel en el que nos hemos alojado estaba en pleno centro, lo que -unido al amable trato de su personal-quizá justifique sus cuatro estrellas que no llegarían a dos en nuestro país. Me ha parecido angosto, con una recepción casi inexistente y una soporífera habitación dónde era imposible reducir su alta temperatura y el incesante ruido de la calefacción o sistema de ventilación de su restaurante, o lo que fuere. En resumen, poco espacio y mucho ruido para un hotel que presume de cuatro estrellas, y que, definitivamente, se estrelló una tarde en que volví para descansar y no pude acceder a mi habitación porque estaban resolviendo un problema relacionado con el agua. No sé si el arte de los italianos es la mentira edulcorada con esa pronunciación que muchos dicen “musical”, pero sin duda me tomaron el pelo a “tutiplén” prometiéndome primero que todo estaría resuelto de 10 minutos, luego en thirty minutes, a continuación en otros 30 minutos… En resumen, que desde las 17 horas que llegué al hotel (rendido tras una larga jornada de ese turismo intensivo que abomino) hasta las 19:15, no pude acceder a la habitación tan cara que había contratado. Cierto es que el staff del hotel, una cohorte de chicas clónicas y bien adiestradas, trató de corromperme ofreciéndome primero un café o (incluso) un capuchino para calmar mi espera. Ante mi negativa, la cosa ascendió a una copa de champán que yo no pedí, y luego, tras dudar  sobre mis gustos, a una tónica. Como tampoco tragué, pues como le dije a la amable, taimada y apesadumbrada recepcionista, no quería ni necesitaba tónicas ni otros brebajes: lo que quería era mi habitación (simple y llanamente eso; cosa por otra parte difícil de entender incluso para mis más preciados amigos) finalmente lo que hicieron es ofrecerme una  cena gratis en el restaurantito del presuntuoso hotel. Cosa que no era sino un cebo envenenado donde los haya para una persona que viaja con amigos. En fin, que no me dejé corromper (cosa por otra parte rara en mí). Y aunque esperaba que en la factura final quedara patente tanta generosidad reparadora, la avaricia italiana dejó la cuenta como si nada hubiese ocurrido. Cierto es que finalmente descarté escribir una hoja de reclamaciones, pero la tarjetita que me han entregado con sustanciosos descuentos en próxima visitas, me suena a musiquita celestial. Quiero decir, puro vampirizar al cliente, tan típico de esos deplorables descendientes de los romanos que son hoy el marrullero pueblo italiano.

He visto obras de arte sublimes y he visitado monumentos grandiosos, pero el sabor de boca que me queda es que no he conseguido lo que necesitaba y quería hacer: pasear por las calles de Roma, de día y de noche, sin ataduras, disfrutando las grandezas que la Ciudad Eterna ofrece gratuitamente. En fin, que mi paseo por la ribera del Tíber y por el Trastevere han sido lo mejor del viaje, junto al disfrute de Campi di Fiori. Y eso que ni mucho menos pude ver todo lo quería. De modo que mis prioridades para la próxima visita (si los hados me son propicios) serán:

*La boca de la Verdad
*San Pietro in Montorio
*San Ivo alla Sapienza
*Santa Sabina
*San Juan de Letrán
*El puente Milvio…

¡Hay tantas cosas que ver en Roma…!


Avance de fotos AQUÍ

Habrá más en los próximos días.