25.3.22

AUTOBIOGRAFÍA IV (Memorias de un niño probre)




En el colegio Alcalde Pedro Barbudo algunos maestros nos colocaban cada día jerárquicamente: el que acertaba preguntas avanzaba su puesto en las mesas. Yo casi siempre estaba en el segundo o tercer puesto ya que, Manolín Iglesias (hijo del por entonces director de la Biblioteca Provincial) y un chico del Zumbacón (Enrique) me superaban con creces en conocimientos y habilidades. Un día fatídico me vi desplazado hasta el último puesto y rompí en lágrimas. Todo se debió a que la tarde anterior había ido al campo con mi padre y no había preparado bien la lección de catecismo.


En ese colegio, cada año, se celebraban dos actividades religiosas: en mayo el mes de la Virgen María y en los días previos a Navidad un Belén viviente. En la primera de ellas  se colocaba una imagen a la que ofrecíamos cánticos y  flores; recuerdo especialmente las rosas y, sobre todo, las celindas y su fragancia. En el Belén viviente yo actuaba de pastorcillo, con un chaleco de piel de jabalí confeccionada por mi madre así como un gorro peludo de un animal que he olvidado (vengo de familia de curtidores y zapateros). Me llamaba la atención el que, con frecuencia, al final de la sesión diaria, algunos niños se comían las frías migas del perol. Pero es que éramos “probes”. Aquel belén me ocasionó problemas a raíz de un inocente comentario mío: una de las niñas actuantes iba vestida a la morisca, con los bordes de su vestido decorados con marchamos de embutidos (chorizos, salchichones…) similares a monedas de oro. Y es que la llamé “choriza”, cuando esta palabra no tenía la connotación negativa actual. Y, para más “inri”, era hija de doña Pilar, una de las maestras del colegio. Así que me volvió a caer una nueva reprimenda de la directora y la madre de la interfecta; además de la de mis padres. Otra vez me acharé…


Allí pude formar parte de una banda  de música recién creada dirigida por un amable militar, cuyo nombre he olvidado. Yo tocaba la bandurria de segunda mano (y que todavía conservo) adquirida por mi madre gracias a que le tocó un escueto premio en una rifa o algo así.


Ya con once años me presenté al Examen de Ingreso en el Bachillerato de entonces. Lo superé y fui becado. Mis padres, con tal ocasión, me obsequiaron con un paraguas juvenil cuyo puño era una imitación de ámbar con burbujas en su interior: me sentí pimpante. De modo que dejé el colegio e ingresé en el instituto comenzando así una nueva andadura. Pero esa es otra historia…

26.2.22

MEMORIAS DE UN NIÑO PROBE (AUTOBIOGRAFÍA III)


Más o menos a los nueve años me fui a vivir con mis padres al Barrio Gavilán, concretamente a la calle Navas de Tolosa, en una casa de vecinos luego comprada por un tío paterno. Nuestra vivienda tenía tres piezas; pequeña cocina, comedor y dormitorio amplio. Al poco mis abuelos dejaron el huerto y adquirieron la casa de enfrente de la que habitábamos; allí y dada la numerosa prole de mis padres, nos instalaron un dormitorio para los hermanos varones. Fue la primera vez que disfrutamos de un cuarto de baño con ducha, e incluso bañera la cual nunca usaríamos, pero en el patio había un amplio pilón que utilizábamos con alegría en verano; a modo de minipiscina o bañera.


Allí mi abuela materna, Carmen, nos obsequiaba con sus exquisitas comidas populares; como, por ejemplo, el pisto o “boronía” y los besugos a los que ella dedicaba mucho tiempo quitándole las espinas. Lo siguió haciendo hasta que comencé el servicio militar como recluta en el Campamento de Cerro Muriano; y así, cuando volvía a casa con permiso de fin de semana, me tenía preparados esos platos porque sabía que eran los que más me gustaban. Lamento que existan personas que no hayan podido gozar del cariño de las abuelas; es indescriptible para mí su calidez, su tolerancia, su comprensión… Mi abuela paterna, Paca, también nos cocinaba unas patatas fritas en grandes lonchas -crujientes en sus bordes y blandas en el centro- que nunca olvidaré y que no he vuelto a disfrutar desde entonces.


Mi traslado al susodicho Barrio Gavilán supuso un cambio de colegio; de modo que empecé a acudir al recién creado Colegio Alcalde Pedro Barbudo (hoy reedificado) y en pleno Zumbacón. Allí cada dos niños plantamos un árbol (una falsa acacia tal vez); me tocó el número 12 y lo contemplé varias veces desde el exterior pasados los años. De este colegio recuerdo a tres maestros: el primero, mayor y cariñoso, al que por enfermedad sustituyó otro muy joven y amable (Antonio), que luego se dedicó a la psicología y con el  que me encontré gratamente cuando yo comenzaba mis estudios universitarios. Finalmente dos maestros mayores; el primero D. José, benévolo, pero con los dedos amarillentos por el tabaco, cuyas colillas no dejaba de apurar en clase (por entonces los maestros y profesores podían fumar en las aulas). El segundo, más severo y distante -no recuerdo su nombre pero procedía de Huelva- nos tiranizaba en clase poniéndonos en corro para que conjugásemos los verbos y al que no acertaba !zas! palmetazo con su informe madero. No había piedad, ni siquiera con los alumnos más aventajados, como era, con modestia, mi caso. Comíamos en el comedor del colegio para luego continuar las clases por la tarde, incluida la hora de “permanencias” que transcurría entre las 17 y las 18 horas. En el comedor no soportaba los macarrones, que vomitaban irremediablemente, pero me gustaban mucho los “filetes rusos” cuyo contenido y fórmula desconocía, sigo desconociendo y no he vuelto a probar. El maestro onubense además, y sabedor de que yo tocaba la bandurria, me obligaba a tañirla frente a él cuando dormitaba tras la comida, mientras que los demás niños disfrutaban del recreo antes de las clases vespertinas. Este onubense decía “jalar” en lugar de “tirar”, un modismo que aprendí entonces.


Por suerte me libré de las clases de la directora (Doña Florinda) y su marido, que llevaba un ojo de cristal, ambos catalanes y duros. Eran los años finales de los ’60.

25.1.22

Memorias de un niño probe (Autobiografía II)


Antigua fábrica de Fundiciones Alba, en la avenida de las Ollerías


Por aquellos años asistí a cuatro colegios. Uno se llamaba “Cristo Rey” y estaba regentado por crueles monjas que nos tiraban de las patillas; se encontraba en la esquina de la plaza del Rector con la de Santa Marina. Luego asistí al Grupo Escolar Colón y después al Colegio Ferroviarios, en la otra esquina de los jardines de Colón. Y allí estaba el temible don Tomás, enorme, que se cebaba con nosotros los sábados por la mañana, dedicados a la catequesis.


En verano mis hermanos y yo acudíamos a una escuela que creo recordar se llamaba “Padre Manjón” y se encontraba en la llamada “Puerta del Campo” como se conocía entonces a este tramo de la avenida de las Ollerías (entonces denominada Avenida del Obispo Pérez Muñoz) y colindante con el entonces llamado “Jardín del Piojo” hoy inicio de la calle San Antonio de Padua. De adulto comprendí que esa “Puerta del Campo” podía corresponder a la “Puerta Excusada” de época árabe, aunque no daba exactamente al campo sino a un arrabal extramuros dedicado a la alfarería, que se descubrió hace unos años en el lado norte de las Ollerías y del cual se ha conservado el basamento de un alminar y un horno cerámico del siglo XVIII.


Pues bien, en una mañana veraniega en la cual mis hermanos y yo nos dirigíamos al Padre Manjón había un barrendero que baldeaba la avenida con una potente manguera. Así que ,según la moda, los tres gritamos: ¡“La manga riega y aquí no llega”! Ante tal provocación el barrendero enfocó la boca de su manguera contra nosotros y nos puso chorreando. No importaba, era verano.


Esa escuela veraniega se abría con un amplísimo patio repleto de naranjos y con una fuente en el centro cuyas filtraciones acuáticas regaban el suelo de tierra superpoblado de avispas; de modo  que  los niños (autodefensa pero también crueldad infantil) nos dedicábamos a matarlas durante el recreo con el método de usar un paño humedecido lanzado como proyectil en el que  quedaban atrapadas o simplemente  muertas por el impacto.


Poco después mis padre y hermanos se trasladaron a una casa de vecinos en el cercano Barrio Gavilán, próximo al Zumbacón de tan mala fama en aquellos años. Yo permanecí un tiempo con mi abuela y tíos en Muro de la Misericordia. Mientras, mis abuelos paternos residían en una vivienda con extenso huerto en la también cercana calle Juan Tocino, en las Costanillas. En el huerto había una alberca que mi abuelo encalaba cada verano para que nosotros, sus nietos, nos solazaremos en esa época de calor. Estos abuelos después dejaron el huerto y se trasladaron también al barrio Gavilán, justo enfrente del a casa de vecinos en la que residíamos. Pero mi abuelo, ya jubilado, seguía trabajando como guarda en la fábrica de curtidos (Tarradas) en la cual había trabajado toda su vida y que se encontraba en la calle Molinos Alta (hoy avenida), y allí también nos preparaba una alberca para disfrute del verano. Recuerdo que  en esa grande y ya inactiva fábrica mi abuelo estaba auxiliado en sus labores de guarda por una enorme perra poco amistosa -por su función- a la que no nos atrevíamos a acercarnos por miedo a pesar de que mi abuelo la controlaba. Esta perra un día cayó en una de las profundas pozas de la tenería semicubierta por agua; era una de las pozas o estanques donde se sumergían los cueros antes de curtirlos. Pues bien,  mi abuelo siempre tan sobrio y escueto de palabras, un auténtico cordobés que no decía ni ”mu” y  se mostraba muy “pasota” (a los nietos solo nos daba un seco beso al recibirnos, sin palabras) encargó que salvaran a la perra del mortal atolladero, de aquella trampa semiinundada. Lo pagó de su bolsillo. A veces, al terminar su jornada, cuando lo visitábamos, nos llevaba a la cercana taberna “El Pancho” frecuentada por aficionados a los toros (era el barrio del Matadero), y mientras se tomaba un medio de vino a los nietos nos invitaba a un refresco.


4.1.22

Memorias de un niño probe (Autobiografía I)



Nací en el año 1957 en la casa nº 1 (hoy 3) de la calle Muro de la Misericordia, en el barrio de Santa Marina. Era el primogénito y luego me siguieron 3 hermanos. La casa era una casa de vecinos en la que vivíamos cuatro familias: Tránsito y su marido Pepe (ferroviario jubilado),  Maruja y su marido (los caseros) en el piso superior y Pepa y nosotros en la planta de abajo con un extenso patio al que daban todas las habitaciones, además de albergar el retrete y una minúscula cocina. Allí mi familia era una familia extensa, conforme a la época: mi abuela materna (Paca), mis tíos paternos solteros sempiternos (Rafalita y Peperrete, que fueron mis padrinos), mis padres (Juanele y Carmen, que no Mari Carmen) y la prole: mis hermanos Pepe y Juani (Juan Manuel) y mi hermana Mari Carmen (esta vez sí con el María por delante) y yo. Todos nacimos en la casa y aún recuerdo el día que nació mi hermana, que además era la benjamina y vino unos años rezagada, porque los hermanos nacimos consecutivamente un año tras otro. 


Allí nos bañábamos en una baño de cinc que las mujeres de la familia calentaban con ollas de agua. Recuerdo esos domingos en que mientras nos aseábamos sonaba la retransmisión radiofónica  de fútbol por la tarde (no teníamos televisión, era cosa de ricos en aquellos años). En verano la cosa era más fácil y divertida: se ponía el baño en el patio con agua a calentar al sol durante el día y por la tarde a disfrutar del agua, tanto del barreño como bienvenidas duchas o cubetazos de agua. El patio estaba habitado por una tortuga y alguna rana que respetábamos cuidadosamente. Y es que nuestra familia nos inculcó siempre el amor por la naturaleza a pesar de su vida humilde. Siempre que íbamos de perol al arroyo Pedroche, al Cañito Bazán (hoy más o menos El Patriarca o La Arruzafa) o cualquier otro sitio, se cuidaba de apagar la candela y de recoger los restos de comida para que todo quedase “tal y como lo encontramos”. Mi padre, que le gustaba mucho el campo, salía a coger espárragos (tenía una vista muy fina de la que yo jamás disfruté) y setas, y me enseñó que no se debían arrancar los espárragos sino cortarlos, al igual que las setas (níscalos) porque así volverían a brotar en la temporada siguiente.


En los aledaños de aquella nuestra casa había más casas de vecinos y más niños, con los que jugábamos tanto en la calle como en los espaciosos patios. La casa de enfrente albergaba el obrador de Emilio, que hacía barquillos para los helados, y algo de sobras y recortes trincábamos. La casa tenía dos patios, uno a la entrada, empedrado, con plantas de sombra y el segundo, más interior, donde estaba el obrador. Esa casa asolada, se convirtió en una casa familiar edificada de nuevo para unos constructores cordobeses entonces potentes; hoy sigue así aunque con las puertas cerradas a cal y canto. De aquellos amigos recuerdo a Andrea, que vivía en el Horno de la Palma, y un chico que aparecía de vez en cuando, porque iba a visitar a su abuela en la calle Vera; y fantaseaba con un tal Enrique, tal vez el mismo, o tal vez relacionado con la cercana OJE, al que tenía por mi protector. Y sí, es que me afilié a la cercana OJE, en la cercana calle Adarve, para poder jugar al ping-pong. Allí, a sabiendas de mi breve afición por la música (la bandurria), me obsequiaron con un libro de partituras y letras hoy perdido. Muchos años después supe que en la casa de enfrente vivían Ana Ruiz y su familia, cosa que supe porque a la olvidada Ana la encontré de compañera en mis estudios universitarios y me lo hizo saber.


De mi vida en esa casa recuerdo su amplio patio y uno de sus lados, el oeste, condenado por ruina. Y en la planta superior de ese mismo lado la galería, también deshabitada por peligro de derrumbe, y sobre la que mi madre me contó que se oían carreras debido a un fantasma o maldición por una promesa incumplida…. 


3.12.21

El cómitre y la chusma (Libro de Antonio Gallo)



El cómitre y la chusma es una novela negra, aunque con múltiples hibridaciones: monólogo interior, objetalismo,  prosa poética… A pesar de influencias tan dispares, Antonio Gallo logra crear un producto literario muy original y personal, bastante inclasificable en el fondo. Gallo maneja bien y con ironía las convenciones del género negro y, dentro del género, de las novelas de sicarios. Hay una ligera alusión a las mafias del narcotráfico en el capítulo 31 irrelevante para el discurso de la acción porque su sicario actúa solo y dice emplear la violencia únicamente con indeseables.  Su escrúpulo por la verosimilitud le lleva a ciertos excesos en la descripción de los tres encargos del final de la novela, de un expresionismo a veces brutal que deja sobrecogido al lector, como cuando saca el globo ocular con el lápiz que lleva en el bolsillo a su tercera víctima. Pero estos capítulos son paréntesis y no alteran el tono melancólico, muy a lo Pessoa, de la mayor parte de la novela. 


El libro consta de dos partes claramente diferenciadas: el relato corto titulado “El Siluro”, presentado a un concurso literario en 1999, y la novela propiamente dicha, escrita diecisiete años después, o sea, en 2016. El autor advierte en nota a pie de página que es una “cita” pero el lector no descubrirá la relación hasta el capítulo 13 y, sobre todo, el capítulo 31, el único claramente retrospectivo que colma el lapso temporal entre las dos narraciones. Porque a mitad de la novela descubrimos que en ambos casos es El Siluro su protagonista, con bastante perplejidad porque el contraste de estilo narrativo es llamativo. 


“El Siluro” es una narración trepidante, de frases cortas y afirmaciones tajantes, de sucesos encadenados orientados a la consumación de un plan: matar a la esposa incómoda de un cliente. La intriga del relato gira en torno a las precauciones del protagonista para asegurar su ejecución, pero desde el mismo comienzo del relato aparece el presagio de lo imprevisto (el camarero  le sirve un café con sal en lugar de azúcar), que anuncia la irrupción del azar al final del relato, cuando acaba de matar a la señora y aparece una criada filipina: lo imprevisible como “forma geométrica del caos”, una expresión que habría gustado a nuestro recién desaparecido Antonio Escohotado. Pero también hay algunas afirmaciones inquietantes que la extensión del relato no permite desarrollar y que adquirirán mayor densidad en la novela propiamente dicha: “todos nacemos muertos”, “la vida es sólo un parpadeo de un sueño que sueña”, “el cuerpo, además de una herramienta de placer, es un obstáculo, un error. A ese obstáculo y a ese error lo llamamos vivir”. El sicario está convencido de que todos estamos muertos, o al menos deseando morir, lo que comprueba por la escasa resistencia de sus víctimas en el momento fatal. Pero, sin embargo, cuando se dispone a liquidar a la criada le sorprende su deseo de vivir, un deseo de vivir que explica quizá la continuación de la novela. 


En cambio el comienzo de la novela propiamente dicha nos introduce en  un relato muy diferente: una narración que discurre lenta, introspectiva, meditativa. Nos encontramos al personaje y narrador esperando en el andén de Méndez Álvaro mientras lee y subraya unos libros de Benet y Caballero Bonald con un lápiz de grafito, al que saca punta de vez en cuando. El personaje está tan absorto que pierde varios trenes. Se debate acerca del valor simbólico de esos libros y de la literatura en general, el valor de la ficción y la consistencia de la realidad. Su voluntad de mantenerse en el presente de indicativo y de ignorarse a sí mismo impide que sepamos realmente quién es. Sólo tras acompañar al personaje en sus distintos momentos descubrimos que ha trabajado siete años en los Astilleros de Cádiz, como soldador; que hizo distintas travesías en barcos mercantes dedicados también al narcotráfico y que, por tedio, deja el mundo del mar y,  tras comprarse una casita en Las Alpujarras, empieza a aceptar encargos de sicario. Pero todo esto lo sabemos por el único capítulo retrospectivo que incumple el principio del presente de indicativo, ya muy avanzada la novela (capítulo 31). Los datos más inmediatos del personaje es que vive solo con su hija pequeña en Madrid, en un piso de sesenta metros cuadrados en el Paseo de San Illán, que está a punto de perder un trabajo de reponedor a media jornada,  que no sabe si tendrá dinero para pagar el alquiler del piso y llegar a fin de mes. También sabemos que su mujer se fugó con un tasador de fincas tras la lactancia. 


Aunque esta dura realidad acabe siendo imperativa y precipite el final de la novela, lo que ocupa las reflexiones de El Siluro son los problemas existenciales que plantea esta realidad concreta: la soledad, la desolación, el paso del tiempo, la vida y la muerte, la urgencia sexual, la locura, la realidad, la ficción, la preservación de la felicidad de su hija… Con esa historia cualquiera habría hecho una novela de realismo social de denuncia pero para El Siluro y para el mismo autor ello habría supuesto perderse en interpretaciones de dudoso origen que lo habrían alejado de la realidad concreta que pretende transmitirnos.


Es un sicario realmente peculiar, que dice haber leído a Schopenhauer en una travesía, que escribe cuentos y relatos desde niño,  que guarda en carpetas, que se debate entre la realidad y la ficción… lo que sugiere irónicos comentarios al propio protagonista, que se anticipa así a la incredulidad del lector: 


“En el espejo de los urinarios del bar-cafetería Kantuta veo reflejado mi rostro. ¿Qué rostro? Nada hay de verosímil en él, salvo su irrealidad. ¿Qué puede haber de cierto en un hombre que fue soldador, pirata y mercenario de sí mismo, que ocupó y ocupa las horas muertas en alta mar leyendo El mundo como voluntad y representación? Lo único que me salva de la inverosimilitud es mi hija. “ (p. 176).


Aunque, como nos dice El Siluro, cosas más raras se han visto:


“No, no hay delfines que vuelen por la misma razón que por la que no abundan los peces de agua dulce aficionados a escribir cuentos ni cangrejos de río cuyos libros de cabecera sean de Bernardo Soares y de Alberto Caeiro. Aunque también es cierto que cosas más raras se han visto, de todos es sabido que de vez en cuando nacen corderos con dos cabezas…” (p. 122).


Pero, pasemos a analizar ya la novela. 


La historia transcurre a lo largo de algo más de un año. Empieza con las lluvias del otoño y se prolonga hasta un 16 de febrero. Como el narrador quiere que sintamos lo que está experimentando en cada momento concreto, ahí y ahora, los cambios de luz, de temperatura, estacionales y su reflejo en la ciudad están descritos con morosa atención: la lluvia, la bruma, el calor sofocante del verano, las variaciones de los distintos tonos de luz en edificios y arboledas…; y, por supuesto, los olores: a óxido, a serrín, a humus… Algunas fechas tienen cierto relieve: las Navidades, los Reyes, el calendario escolar.


La novela está narrada en primera persona  por el protagonista, que intenta transmitir de manera instantánea la vivencia inmediata lo que implica trascender los límites entre lo interno y lo externo:


“Aprendo ahora que el amor es una geografía de intimidades, y que el paisaje que contemplo fuera es el mismo que llevo dentro, porque no hay fuera ni hay dentro” (p. 62)


Es la soledad la que exacerba la conciencia y la que bloquea el encuentro con la realidad. La manera de trascender esa soledad será el amor; es decir, la afirmación de esa realidad. Pero ello supone tener en cuenta el cuerpo experimentado como barrera, como dolor, como interferencia interna que distrae del logro. Aunque a lo largo de la novela comprobará cómo el amor físico, el sexo, lo esponja y lo abre al exterior: 


“No es lo mismo besar a la mujer que se desea que volver a abrir el libro que llevo en el bolsillo […] y volver otra vez a las breñas. No es lo mismo. A la mierda con las breñas. Llevo demasiado tiempo sin tocar la realidad, y se me nota” (84)


 “Vuelvo a casa más real de lo que salí unas horas antes, tal vez (por decirlo de una manera sucinta) menos compacto, más lleno de poros a través de los cuales entra y sale el aire con facilidad” (p. 157)


La conquista de la realidad se plantea como una negación de la voluntad (no en vano nuestro protagonista ha leído a Schopenhauer), un anularse en la pura visión y en la acción. Supone una ascesis literaria, un abandono de los mitos y los simbolismos (ejemplificados en las lecturas de Benet y Caballero Bonald); una ascesis temporal, vivir en el presente de indicativo, y emocional (ignorar los temores del pasado y las esperanzas de futuro). En definitiva, un vivir al día e ir tirando.


La permanencia en el presente va más allá de una ociosa gimnasia mental. Es la manera que tiene el personaje de proteger su vida y la de su hija del oscuro pasado, aunque a trancas y barrancas, pues no puede dejar de vivir pendiente de los pasos en la escalera o el ruido del ascensor.


El protagonista luchará a lo largo de toda la obra con sus fantasmas literarios (a los que se encuentra incluso por la calle),  utilizando su látigo de cómitre sobre los lomos de los galeotes de la estantería. Pero también es una batalla con las palabras y las estructuras lingüísticas del pensamiento vistas con la ajenidad lacaniana de la extimidad: limitarse a nombrar las cosas como un nuevo Adán, desconfiar de las palabras, permanecer en el presente de indicativo, a veces en un gerundio, y todo lo más en un futuro inmediato, cuando ejecuta sus encargos de sicario al lograr anticipar, como un relámpago temporal, lo que va a suceder uno o dos segundos después.


Pero no deja de ser un empeño paradójico como todo esfuerzo místico o como la búsqueda de la transparencia del lenguaje de un Wittgenstein nos deja entrever; pues depuración y quietismo conducen al silencio y a la afasia. La abolición de la ficción defendida por un personaje que cuenta y escribe, que, por tanto, hace ficción, es un trampantojo barroco, la mano que sale del marco del cuadro pintado.


Y un empeño baldío, porque desde el mismo comienzo de la novela aparece el mar como símbolo:


“Soy un hombre al que le da miedo adentrarse en el mar y abandonar el presente de indicativo” (p. 31). 


El mar como límite de lo real, como línea de flotación de la cordura y el logro, el mar de la verdad; un mar que se oye a intervalos y que finalmente acaba inundando la ciudad de Madrid.


Y qué decir del pez siluro, el animal feroz que duerme en sus profundidades pero que de vez en cuando abre los ojos dispuesto a desencadenar la violencia más extrema cuando olfatea la proximidad de la chusma. ¿Quiénes son la chusma? A veces tiene un significado alegórico: los libros de su estantería; otras, más real: las muchedumbres anónimas que inundan el centro de Madrid los días de Navidad, la vacada de padres a la salida de los niños del colegio, la chusma juvenil que acude al parque, la fila de mujeres haciendo cola para entrar en el servicio, y, en fin, las arañas que pueblan las aceras de Madrid. 


Por tanto, el personaje acaba comprendiendo, a través de su hija, que cambia el nombre a las aceras y a las farolas, que el lenguaje también puede ser un juego.


No anticipamos más de la novela para mantener el apetito de leerla. No está bien contar el final, ya sabemos. Pero a la largo de la novela hay una evolución del personaje que se debate entre el tedio y la trivialidad, como no podía ser menos en un lector de Pessoa. Los giros de la novela dependen de las urgencias económicas y de la indignación con la chusma y de un momento de desconfianza en el presente de indicativo que precipita el desenlace.


Os invito, pues, a disfrutar  una obra hermosa que os acompañará en el desafío de enfrentarse a las perplejidades que significa vivir. 


Autor: JUAN SALVADOR


26.10.21

Diarios y biografías



Últimamente estoy leyendo estos géneros. Comencé por la autobiografía (un tanto amarga al final) de Woody Allen titulada A propósito de nada. Más adelante seguí con el primer Diario (1887-1905) de André Gide. Luego con Mi Ibiza privada de Antonio Escohotado y, a continuación, el segundo Diario (1911-1925) de Gide. Y como de este último autor quedan por editar los dos siguientes diarios, pasé al Diario de Entreguerras (1918-1939) de Thomas Mann; también para cubrir la laguna de esos años, a la espera de que se terminen de publicar los faltantes de Gide en castellano. (A la comparación de los diarios de Gide y Mann, ya dediqué una reseña).


Después vinieron Los penúltimos días de Escohotado y el Diario de guerra (1914-1918) de Ernst Jünger, que inspirarían otros de sus libros (como las novelas Tempestades de Acero, El teniente Sturm … ) Tras ello acudí a la biografía de Luis Buñuel, titulada Mi último suspiro y redactada por su amigo y colaborador Jean-Claude Carrière.


Sin duda los últimos libros sobre Escohotado y Buñuel son crepusculares. Buñuel ya murió y Escohotado se ha retirado a Ibiza en sus bien asumidos penúltimos días.


En resumen, me han servido para conocer mejor el siglo XX, especialmente su intrahistoria, cosa que no es moco de pavo.


 

28.8.21

Diarios: André Gide / Thomas Mann

 


Recientemente leídos en digital, quisiera comentarios y compararlos.


Para empezar hay un obstáculo como es el de la no coincidencia cronológica ni de ediciones, puesto que los de André Gide constan de cuatro tomos que abarcan los años 1887 a 1950, de los cuales solo se han editado en español los dos primeros, o sea, hasta 1925. Al parecer  su editorial tiene la intención de publicar los dos siguientes y últimos prontamente, cosa que ansío para así hacerme una idean lo más completa posible del francés.


En el caso de Thomas Mann la obra es solo de un periodo de su vida: la de Entreguerras (1918-1939), una época interesante aunque, de momento, poco contrastable con lo editado hasta ahora sobre Gide. Cuando se complete la edición de los diarios de éste último podré por fin comparar su respectivas visiones sobre el periodo comprendido entre el final de la Gran Guerra y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Y -en el caso de Gide- el transcurso de esta última, así como de los cinco años posteriores.


Ambos autores tienen en común el haber sido premios Nobel (Mann en 1929 y Gide en 1947) pero también coetáneos y, por lo tanto, haber vivido los agitados años de la primera mitad del siglo XX y por tanto la efervescencia intelectual, social, política y bélica de esa época. Pero he de insistir en señalar que la comparación entre ambos es provisional, dado que la obra de Gide publicada en español y leída hasta ahora solo llega a 1925, unos pocos años después desde que el alemán comenzase su diario, motivo por el que me decidí a leer el diario de Mann ya que se me había terminado la “munición” de Gide... También por que me interesaba contrastar las opiniones y puntos de vista de un intelectual francés con las de uno alemán. Ambos burgueses y demócratas liberales, si bien Gide en su momento se aproximó al comunismo del que salió escaldado tras su viaje a la Unión Soviética en 1936.


Gide habla poco de política o guerra (no le interesaba mucho) mientras Mann sí lo hace, tal vez por su experiencia tras el ascenso del nazismo en Alemania, que lo llevó al exilio y a deambular por diversos países europeos hasta instalarse en EE.UU. y adquirir su nacionalidad. Aunque luego volviese a Europa.


Los “Diarios” de Gide son considerados como su mayor obra literaria, mientras que el de Mann se parece más a una bitácora, con apuntes diarios de lo que ha hecho a lo largo del día (pasear al perro, con quién ha tomado el desayuno, la comida, el té, etc.). Y ambos -por supuesto- sus encuentros con intelectuales o escritores de la época; un círculo bien nutrido y variado que va desde Proust a Einstein entre otras figuras internacionales.


Ambos tienen en común su homosexualidad,  su “pederastia” o amor por los jóvenes; más explicita o descarnada en Gide -lo que posiblemente explica el alejamiento de su esposa- que en Mann, más discreto y convencional. De hecho pienso que sus obras más conocidas son el Corydon y La muerte en Venecia respectivamente.


Mann me ha parecido más ególatra que Gide. El alemán se inflama con el “olor a multitudes” asistentes a sus conferencias y entonces se esfuman todas las afecciones físicas o psíquicas habituales en él (dolor de muelas, estreñimiento, cefaleas, estado depresivo…) En fin, trastornos psicosomáticos comunes a muchas personas.


La ediciones que he manejado (digitales como ya se ha dicho) también presentan diferencias. Mejor la de Gide, con un fuerte aparato de notas aclaratorias fáciles de consultar y regresar al cuerpo principal del texto con párrafos separados. Peor la de Mann, con notas menos manejables, a veces irrelevantes y párrafos no separados, sino continuos y solo separados por guiones altos, con lo cual la lectura resulta menos clara y cómoda. Además esta edición salta de páginas con el porcentaje leído o “posiciones” a otras en las que no se sabe donde estás.


Espero proseguir con este asunto cuando estén publicados los dos tomos restantes de Gide y los haya leído.