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19.5.26

GR-7 ALCALÁ LA REAL - ALMEDINILLA

 

Esta nueva singladura comenzó a las 10 de la mañana del día de san Isidro en el Parque Fidiana con dos coches, uno conducido por P. Ortega y otro por L. Rodríguez. De pasajeros M. Morales y M. Zurita en el primero y yo en el segundo.

Salimos puntuales y llegamos sobre las 11:30 a Alcalá a los Apartamentos-SPA “Llave de Granada”, donde nos alojaríamos todo el grupo y que resultaron nuevos, pulcros, bien equipados y accesibles para personas con movilidad reducida como es mi caso. Además bien ubicados en los límites del pueblo con fácil acceso al casco histórico de la localidad y a las carreteras que habríamos de utilizar en los días siguientes. Nos asignaron el apartamento nº 2, en la planta baja, junto al ascensor y el salón donde tomaríamos los desayunos y haríamos la cata de aceite de ese día tras la sesión de SPA. Era un apartamento amplio y luminoso en el que dormiríamos cuatro personas con un cuarto de aseo igualmente amplio y adaptado para minusválidos; de él saqué la idea de comprar una banqueta similar a la de allí disponible, para la placa de ducha de mi casa por ser más sólida y estable que el banquillo de plástico que vengo utilizando y que me ha dado más de un susto. Al preguntarle al responsable del establecimiento dónde podría comprarla me indicó que la podía encontrar más barata Amazom, pues él había comprado ahí una para su madre.
 
Cata de aceite 
 

Una vez instalados esperamos la llegada de los expedicionarios del turno matutino, pues el resto llegaría por la tarde; así que, una vez completada esa primera tanda, partimos hacia el centro de la ciudad para comer en el restaurante El Parque Gourmet donde nos encontramos con un menú del día compuesto de variados y abundantes platos, primeros y segundos, además de una bebida y postre. Buen precio y servicio rápido y amable. Llegaron unos asiáticos que comieron en la mesa contigua a la nuestra y Fernando con su habitual gracejo me dijo: “Rafael, tú que como yo eres experto en Extremo Oriente (jajajj!) ¿Crees que son chinos, japoneses o coreanos?” Le contesté que ni idea y él opinó que se trataba de coreanos por su enorme cabeza; por un momento pensé que podían ser sacerdotes católicos ya que casi todos iban vestidos de negro y alguno me pareció que llevaba un clergyman, aunque fijándome mejor resultó ser una camiseta blanca visible bajo el cuello. Tras la siesta, sesión de SPA; yo solo con circuito termal incompleto, porque el contraste entre el calorcito de la piscina de burbujas y el baño turco debía alternarse con la piscina de agua fría, cosa tonificante sin duda, pero que evité por temor a que al introducirme en ella me diese un ictus o pegase un respingo de rechazo en zona acuática y por lo tanto escurridiza, además de con escalones. Tampoco me gusta la ducha escocesa, pero, por olvido, me perdí el pediluvio incluido. Después cata de 5 aceites en la que el ameno experto nos demostró que el mejor era el AOVE, si bien me sorprendió que nos dijese que había cuatro variedades: desde el suave a otro más denso que no necesitaba jamón para las tostadas del desayuno y recalcó que la Denominación de Origen “Aceite Virgen Extra de la Subbética” era el más premiado de todo el mundo. En la fase de oler todo me olía a lo mismo: aceite, y en cuanto a la fase gustativa no supe captar los matices de tomate o yerbas. Como anécdota el docto experto nos contó que durante una cata con un grupo de japoneses éstos, al terminar la cata, se untaron la cara con el aceite sobrante porque valoran mucho sus salutíferas propiedades cosméticas y que en su país este se vende a alto precio en pequeños frascos en farmacias, parafarmacias y tiendas de cosmética; así que se fueron bien “pringaos”. Después cena en el recomendado Bar Madrid, en una calle lateral de la iglesia de la Consolación. Eran cuatro platos por cada cuatro comensales; servicio rápido, atento, eficaz y precio económico, aunque muy ruidoso por la gran concurrencia y una familia muy gritona en una mesa paralela. De vuelta al alojamiento mis compañeros senderistas se fueron a dormir porque se había hecho tarde y al día siguiente habían de madrugar mucho. Yo me subí a la extensa terraza a fumar antes de dormir.

 

                                    Cascadas en el río Caicena

 

A la mañana siguiente desayuné cuando todos los del “Grupo B” habían casi terminado su condumio, pero lo hice en hora. Después nos trasladamos en coche hasta Almedinilla, yo en el coche del paciente Antonio y su esposa Mareli; allí llegamos a su Centro de Interpretación antes de la hora fijada para encontrarnos con nuestro guía que, felizmente, resultó ser mi viejo amigo Emilio. Él nos condujo primero al Ecomuseo del río Caicena, notablemente mejorado desde mi última visita allí que creo fue con Hespérides en 2010, cuando coordiné el Congreso Metodológico-Didáctico titulado ARQUEOLOGÍA: DE LA CIENCIA A LA DOCENCIA, que coordiné, y mejorado no solo en lo museístico sino también en accesibilidad (ascensor). El río Caicena, a su vera, lucía magnífico con su vegetación de ribera y muchas cascadas gracias a las abundantes lluvias del pasado invierno. Una gozada. Tras el museo, subida al Cerro de la Cruz para ver el yacimiento del poblado ibero brevemente y del que solo me interesaban las novedades, como un horno recreado por Emilio… Luego bajada a la Villa Romana de El Ruedo en la que también había novedades importantes; y de allí a comer en el restaurante Los Cabañas, con buen y barato menú además de atento y rápido servicio. Regreso a los apartamentos y reparadora siesta para mí. Al anochecer nueva cena en el Bar Madrid, esta vez con menos ruido aunque no pudimos consumir completamente la copiosa, apetecible cena, de modo que empezaron a funcionar los tuppers por el excedente de comida. 

 

              Torre del homenaje en la fortaleza de La Mota

 

A la mañana siguiente los “no senderistas” (Grupo B), asistimos a una visita guiada por la fortaleza (y ciudad) de La Mota en la que visionamos en su antigua iglesia un audiovisual de quince minutos de duración y excelente factura. Nuestra guía, Nuria, una gran profesional, amena y gran conocedora de lo que nos habló; sustanciosa explicación que se prolongó abajo en el casco histórico de Alcalá, al que me sustraje en parte junto a Charo y Mareli para tomar una cerveza (al final fueron dos) porque estábamos sedientos y un tanto ahítos de tanta explicación que cuesta asimilar; y además en el coche de Antonio (al que agradezco mucho su ayuda y asistencia con la silla de ruedas) bajamos como media hora antes que los que lo hicieron a pie. Así que nos incorporamos a la visita urbana ya casi en su final. Tras ello y con las maletas recogidas, nos dirigimos al Asador Puerta de Alcalá en un polígono industrial cercano a la carretera (N-432) que debíamos coger de vuelta a Córdoba. Para esa comida final ya se habían descolgado algunas que preferían hacerlo en sus casas en Córdoba. Tomamos un buen y abundante menú en el que de beber yo probé el vino blanco alcalaíno de 2º plato yo elegí “Secretaria Alcalaína” por conocer un plato local; se trata de un guiso de pollo en salsa de tomate y variadas verduras que estaba muy bueno pero que no me pude terminar. Volvieron a funcionar los tuppers. En la despedida M. Morales me dio una bolsa con dos botellas de tinto y otra de refresco sobrantes y que pienso utilizar en el perol de agradecimiento que brindaré en la primera quincena de junio a los asistentes por su ayuda física y moral, tanto en este viaje como en anteriores. A las 16 horas, según lo previsto, iniciamos el regreso a Córdoba donde llegamos a las 17:30. Fin del viaje.  

 

 
Fuente de el Pilar de los Álamos

 

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4.12.25

GR-7 VILLANUEVA DE ALGAIDAS-RUTE (28-30 noviembre 2025)

 

         Caserío de San Benito. Foto cortesía de Manuel Morales

El día 28 de noviembre los componentes del primer grupo partimos de Córdoba a mediodía para comer en el Caserío de San Benito, dónde -previsoramente- Eladio había reservado mesa para ocho y en el que tomamos un buen menú con platos elegidos por cada cual, todo abundante y exquisito en un ambiente cálido. Yo pedí una sopa de picadillo (el día, aunque soleado, era frío) y callos con garbanzos que no me pude terminar al igual que el postre incluido en el menú, cuyo precio ha subido notablemente desde la primera vez que almorcé allí, haces tres o cuatro años. Fue una buena elección teniendo en cuenta la abundante comida que nos esperaba por la noche.

Tras la reposada comida nos encaminamos hacia la cercana Villanueva de Algaidas para aposentarnos en el Hotel-Restaurante “Chovi” en el que una parte del grupo teníamos nuestro alojamiento dada su mayor accesibilidad para los que tenemos problemas de movilidad; desafortunadamente el ascensor no funcionaba, pero nos dieron habitaciones  que estaban a solo un tramo de escalera. El hotel parecía recién reformado, todo nuevo, pulcro y de amplias habitaciones y -en mi caso- con gran balcón a la calle; sin embargo, la puerta de acceso general a ellas rozaba fuertemente el suelo y resultaba un tanto esforzado el abrirla (no había Recepción y se había de recurrir a una llave distinta a la de la habitación) y las luces del pasillo funcionaban regular, al igual que el agua caliente en el baño, dónde no había vaso (que solícitamente me trajeron a la habitación desde su restaurante) y el jabón para lavarse las manos solo se podía obtener desde el dispensador de gel ubicado en el escueto cubículo que ocupaba el plato de la ducha. en fin, que aquello necesita un hervor. Me dio tiempo a echar una siesta, tras la cual me bajé a leer en la terraza del restaurante y fueron llegando los expedicionarios de la segunda tanda, los cuales se alojaron en el Hostal Algaidas, algo más arriba de nuestra calle dado que en el nuestro no había sitio para albergar a todo el contingente que conformábamos el grupo.

La cena la hicimos en el restaurante de nuestro hotel, con platos variados y compartidos por cada cuatro personas. Allí Manolo Morales nos informó de los planes para la jornada siguiente en los que había introducido leves cambios de última hora.

 

Sábado 29-11-2025

El día comenzó mal, no solo porque yo me retrasé en el desayuno debido a mi lentitud si no también a que recibí dos llamadas telefónicas imprescindibles justo cuando iba a bajar a desayunar. Finalmente este mi retraso no resultó perjudicial para el grupo y los horarios previstos ya que el desayuno se retrasó bastante porque que solo había un empleado para atendernos a todos y -cuando llegué- solo les habían servido el café a los puntuales que estaban a la espera de las tostadas, que fueron llegando después al igual que los residentes del hostal. Así que los más perjudicados fueron los senderistas quienes hubieron de retrasar su salida al menos una hora. Y es que los del “Grupo B” no teníamos problema ya que una guía (Sandra) se encontraría con nosotros cuando le avisásemos de nuestra llegada al Museo-Belén de Chocolate. Llegó enseguida y ayudó a bajar mi silla de ruedas del coche de Joaquín y Esperanza con el concurso de Eladio. El aparcamiento del Museo estaba a tope, teniendo que dejar los coches entre los olivos en pendiente y no parando de llegar autocares y más coches. La cola para entrar era enorme, pero gracias a los buenos oficios de nuestra guía accedimos a él de forma rápida a través de una rampa lateral. Al salir nos dirigimos al cercano Museo del Turrón a través de una corta, sinuosa y muy peligrosa carretera con algún impertinente motorista al que se enfrentó nuestra guía; creo que el Ayuntamiento de Rute debe tomar medidas antes de que ocurra alguna desgracia, pues eran cientos de peatones que habían de caminar por allí. Ya en el museo Esperanza y yo solo visitamos la planta baja por problemas de accesibilidad; en esta planta se exhiben maquinaria y utensilios antiguos para elaborar turrones y caramelos; Eladio y Joaquín sí que subieron a la planta superior. Desde allí, y en coche -puesto que dichos sitios se hallan en las afueras del pueblo, en pendiente- nos trasladamos a una extensa plaza cuadrada en el centro de la localidad con parking propio en el que afortunadamente conseguimos aparcar. Allí se hallaba un mercadillo navideño y varios bares con terrazas pobladas por abundantes clientes; todo muy animado por el soleado día y la gran afluencia de público. En un lateral del cuadrángulo se encontraba el Museo del Anís Machaquito, en el que nos ofrecieron un chupito de algunos licores elaborados por esta pionera marca; allí me hice una foto en un dispositivo “ad hoc” para aparecer en la etiqueta de una botella de anís. También allí pude masticar unos granos de matalahúva, materia prima que da sabor a este dulce y potente licor. Después nos dirigimos al cercano Museo del Jamón, donde entramos gratis gracias a Sandra y su amigo que parecía el encargado del establecimiento y nos evitó la cola para degustación de embutidos, que él mismo nos llevó a una salita con mesa en la que probamos chorizo caliente, morcilla negra y otra amarillenta. Entonces me decidí a comprar un jamón, cosa que tenía prevista para Navidad en vista del interés de mi hija y su pareja; así que aproveché la ocasión para hacerlo bajo el consejo del experto, amable y diestro encargado (Juan) quien me eligió uno de bodega que entregó envuelto en una funda negra y que parece haber salido bueno, porque al día siguiente Elena y Miguel, tras ver varios vídeos sobre su corte correcto se lanzaron sobre él y lo degustamos en la cena. Pero la historia de este jamón continuaría…

 

                                                  Belén de chocolate

Tras ello nos dirigimos a Cuevas de San Marcos, donde confluiríamos con el grupo de los andariegos para comer en el Mesón Mangas (mucho mejor que el cercano de la vez anterior). Tras el condumio llegó Rafael R. para recoger a Inma que no se encontraba bien. Luego partimos hacia nuestro alojamiento; nos acompañaban Mª Jesús y Fernando quien nos guió a través de una carretera serpenteante que bajaba hasta el fondo de un barranco y luego ascendía hasta el Puerto Mateo. Llegados a Villanueva de Algaidas volví a leer en la terraza de nuestro hotel (500 viajes en tren) hasta la hora de la cena, que en esta ocasión sería en el Restaurante Lorvic, ubicado en el hostal en que se alojaba el grueso de nuestros expedicionarios; allí no pudimos terminar la cena porque estábamos ahítos y  renunciamos al último plato y creo que funcionaron los “tuppers”. Y allí surgió el cachondeíto de la desaparición del jamón, que había viajado en otro coche distinto al de mi silla de ruedas; no me preocupé lo más mínimo a pesar de las puyas recibidas que aludían a ladrones de maleteros de coches mediante alta tecnología cosa dudosa en un pueblo de 4000 habitantes, así que alguien sugirió que allí actuaban con perros que podían detectar jamones en los maleteros de los coches ¡Jajjaja!

Al final de la cena Manolo nos obsequió con un pañuelo azul con las etapas del GR-7 llevadas a cabo hasta ahora y anuncié mi invitación a un perol en mi casa del pueblo en agradecimiento por el apoyo moral y asistencia física para bajar y subir de los maleteros mi silla de ruedas eléctrica de 25 kg. (¡Que no es moco de pavo!)

Pañuelo GR-7 2025
 

La mañana siguiente, domingo 30 de noviembre, durante el desayuno, que esta vez fue puntual, como estaba previsto se presentó lluviosa, así que los andariegos hubieron de renunciar a su ruta senderista y nos encaminamos todos hacia Rute. Antes de salir se produjeron las primeras despedidas de quienes querían regresar a Córdoba antes del mediodía por sus obligaciones del día siguiente. Los demás nos dirigimos a Rute y allí aparcamos muy cerca del Museo del Azúcar cuya visita hube de descartar por la lluvia y sus escalones de acceso, imposibles para mí en tales circunstancias, de modo que me apalanqué en la terraza del bar “La Espuela” dónde esperé hasta su salida del museo y luego su partida hacia la visita al pueblo. Estuve allí relajadamente mientras leía en mi "ebook"  La Rebelión de Atlas, cosa que alabó el joven y amable camarero y allí esperé al grupo hasta la hora de la comida que teníamos concertada en un restaurante casi enfrente llamado El Patio, multipremiado en concursos de tapas y repleto de comensales. Los platos eran muy vistosos y apetecibles, con un servicio rápido y amable a pesar de la bulla. Me gustó especialmente el “abanico” a la brasa.

Al terminar la comida despedida final cuando el cielo se iba abriendo al sol, acentuándose conforme nos íbamos acercando a Córdoba, a la que llegamos antes de las seis de la tarde. 

 

ALGUNAS FOTOS Y UN VÍDEO: AQUÍ  

 

21.3.25

GR-7 (14 a 16 marzo 2025)

 

Estaban previstas las 19ª y 20ª etapas de este sendero que transcurrirían por las provincias de Málaga y Granada (Sendero andaluz).

Como en ocasiones anteriores nuestro epicentro fue el Hotel El Capricho en Villanueva del Trabuco. Igualmente, una avanzadilla decidió marchar antes para comer en El Caserío de San Benito para luego luego dormir plácidamente la siesta y esperar la llegada del grueso de los demás expedicionarios, que lo harían bien entrada la tarde.

 

 1ª JORNADA

A las 20:30 horas tuvimos reunión informativa a cargo del coordinador, Manolo Morales y de los dos guías de la empresa Los Pindongos (Jesús y Guillermo) que nos acompañarían en las dos jornadas siguientes, a las que también acudieron dos alumnos en prácticas del Ciclo Formativo de Deporte y Monitores de Tiempo Libre, cuyos nombres no recuerdo, poco comunicativos, aunque luego supimos que la chica había ganado varias competiciones de escalada y el chico jugaba al fútbol. Tras la charla  recibimos obsequios (as is issual) como un gran paraguas blanco para cada uno, emblematizado al igual que un gorro azul, también emblematizado y un bolígrafo de Villanueva del Trabuco. 

Trifinio
 

2ª JORNADA 

No recuerdo bien si antes o después de la suculenta y apetecible cena, se procedió al montaje de mi scooter, que había venido descuartizado en dos coches, y que -a la mañana siguiente- estuvo listo en la furgoneta que nos conduciría a los del Grupo B (no andarines) a diversos parajes y pueblos como Villanueva de Tapia (para ver su trifinio, un monolito que debe su nombre a que es el punto donde convergen los límites de 3 provincias: Málaga, Granada y Córdoba). El monumento tenía relieves en cada uno de sus lados con motivos de cada una de las provincias. De allí nos trasladamos a Iznájar, donde aparcamos en la parte baja del pueblo, junto a un mirador sobre su embalse (el más grande de Andalucía) y de allí nos encaminamos a la parte alta del pueblo, donde se encuentran sus monumentos. A medio camino, Charo y yo decidimos hacer escala en la terraza de un bar mientras los demás ascendían al centro histórico. Y tan bien apalancados estábamos allí que al final no seguimos sus pasos y los esperamos en la terraza, pero, como el tiempo pasaba y no acababan de bajar, emprendimos el regreso hasta donde habíamos dejado aparcada la furgoneta que nos conducía. Llegaron poco después de nosotros y emprendimos la marcha hacia nuestro siguiente destino: el Bar Loli en Villanueva de Algaidas, donde nos juntaríamos los grupos A y B para compartir la comida. Los del B llegamos mucho antes que los andarines. Allí la terraza estaba repleta de una concentración de cazadores entre la que hubimos de abrirnos paso para acceder al comedor, donde M. Morales había reservado mesa que encontramos dispuesta. Comimos raciones a buen precio y algunos probaron el arroz sobrante encargado por los cazadores. Según el testimonio de quienes lo probaron, estaba para pegar azulejos. Tras postres y cafeses, nos encaminamos hacia la ermita mozárabe y rupestre cercana a La Atalaya. Tenía adjunto un monasterio posterior semiderruido por la desamortización de Mendizábal. El conjunto estaba cercado y cerrado, pero algunos/as audaces lograron penetrar en ambas construcciones, lo cual -por malentendidos- demoró nuestra partida hacia el nacimiento de El Chorro (río Cerezo) al que afortunadamente pudimos llegar con luz solar. Un espectáculo de aguas gracias a las abundantes lluvias invernales. Allí, mientras hablaba con Charo sonreí, ante lo cual ella me preguntó por qué lo hacía; le contesté que era por las cosas tan maravillosas que mis ojos habían visto, como aquello, a lo largo de mi vida, cosa que me recordó a la escena casi final de Blade Runner en la que el replicante, viendo que se acababa su tiempo para el que estaba programado, confiesa al cíber-policía que lo perseguía (Harrison Ford) -entre lágrimas y lluvia, pena y nostalgia- que había visto atardeceres en  Tannhäuser  y otras maravillas de la galaxia o el Universo. Humano, demasiado humano, que decía Nietzsche.

 

 
Nacimiento de El Chorro

Estaba previsto que acudiésemos después a visitar la fuente de los Cien Caños, esta vez repleta de agua, y que no pudimos ver la vez anterior por la sequía. Pero ya era tarde y además recibimos aviso de que aquello estaba colapsado de tráfico por la afluencia de visitantes, hasta el punto de que tuvo que acudir la Guardia Civil para poner orden en el atasco.  Así que volvimos al hotel cuando ya empezaba a anochecer.

Tras la cena cantamos una estrofa de la canción de Albano y Romina Power llamada "Felicidad" en homenaje al 50º aniversario de bodas de nuestros ausentes amigos Esperanza y Joaquín.

 

3ª JORNADA

A la mañana siguiente, y en vista de las previsiones de lluvia, el grupo A decidió no abordar la etapa prevista (20ª) y añadirse al itinerario en coches previsto para el B. En primer lugar nos dirigimos a Loja (lugar de nacimiento de mi abuela materna Carmen). Habíamos quedado en un mirador llamado “de Sylvania” en honor al mítico e inexistente reino creado por los hermanos Marx en su película Sopa de ganso. Desde allí había una buena panorámica de la localidad, su parte alta, antigua, monumental, a la derecha, yun enfrente y abajo, la expansión nueva hacía el río Genil y la vía del ferrocarril. El grupo de cabecera se desgajó y subieron a la parte alta, aunque por poco tiempo, ya que habíamos de visitar la fuente de los Veinte Caños, a medio camino entre el marxista mirador y la parte monumental del pueblo. Pero el tiempo apremiaba pues teníamos una visita guiada a la villa romana de Salar que entre Charo, Juani E. y P. Ortega habían concertado el día anterior. Visita sugerida por la primera en vista de los excelentes mosaicos que nos mostró en fotos. El problema es que solo habíamos podido reservar on line plazas para nueve personas ¡y éramos dieciocho! Así que, con más moral que el Alcoyano, nos presentamos todos en el Centro de Interpretación del yacimiento para hacer presión. Hubo éxito y todos pudimos visitar esta villa y sus magníficos mosaicos, historia y peculiar estructura y que, por su ninfeo, me recordó a la villa romana de El Ruedo (Almedinilla,Córdoba). Allí Charo nos tenía preparada una sorpresa: la asistencia y explicaciones de su amigo José A. González Núñez, autor del libro Guía de la villa romana de Salar y otros volúmenes al respecto, que nos ilustró sobre el programa iconográfico de sus excelentes y extensos mosaicos.  Al salir volvimos a los coches para dirigirnos al restaurante donde teníamos concertada la comida, llamado Morana y ubicado en Cuevas de San Marcos.  De primero tomamos un abundante plato de arroz que -afortunadamente- no tenía nada que ver con el del día anterior. Luego vinieron platos de diversas raciones (lomo, calamares, boquerones…) a compartir entre cada cuatro comensales. Naturalmente sobró comida y entraron en funcionamiento los tuppers. Teniendo en cuenta esta experiencia y la del día anterior, llegué a la conclusión de que esta zona no es la más adecuada para comer pescado, a pesar de su cercanía al mar. 

                                             Portada del libro Guía de la villa romana de Salar 


Tras los postres despedida general bajo la lluvia que hasta ese momento nos había respetado.

P.D.: Muchas "villanuevas" que supongo fruto del avance cristiano en su expansión hacia el sur.

 

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