19.2.25

COMO CHIVO EN GARAJE (Autobiografía 27)

 


Me incorporé al IES MEDINA AZAHARA en septiembre de 2009. En la primera reunión de mi departamento sufrí dos shocks. Ambos debidos al reparto de horarios. El primero porque asistió la directora del Centro y tuvo una fuerte discusión con un interino respecto a las asignaturas que debía impartir; nunca había asistido a un enfrentamiento tan verbalmente violento en mi ya larga carrera docente. Una vez terminado este episodio y marchada la directiva, se me negó la posibilidad de impartir la materia de Geografía de España (mi especialidad) en 2º de Bachillerato, con la que se quedó una compañera con más antigüedad en el instituto, ejercitando su legítimo derecho. Me sentó fatal y tuve que hacerme cargo de la Historia de España de ese mismo nivel y además de la rama de Letras (el alumnado más flojo) del que, además, hube de ser tutor en un curso en que la legislación de Selectividad (o PAU) estaba cambiando.

Entre los aspectos negativos el edificio resultaba oscuro y carcelario, con las aulas en las plantas superiores a modo de galerías. Menos mal que las aulas estaban bien iluminadas por sus ventanales. Su fachada estaba diseñada hacia afuera, sobresaliendo el SUM que a ambos lados y retranqueadas, tenía las dos entradas de acceso al edificio, de las cuales solo una estaba operativa para acceder a su interior. La otra solo se abría al terminar la jornada lectiva para facilitar la evacuación del alumnado.

Por suerte también había aspectos positivos, como participar en su programa de bilingüismo, en su año 1, con un grupo de alumnos de 1º de ESO supereducados, atentos y amables. Igualmente el profesorado me acogió con amabilidad y respeto y entre ellos contaba con el apoyo de al menos tres a los que ya conocía de antes por varias razones. Eran amigos que me animaron a aceptar ese centro por su buen ambiente y alumnado exquisito.

En ese curso, la coordinadora TIC me pidió una foto de la fachada del centro para incorporarla a su página web; tarea difícil por cuanto, como he dicho antes, la fachada estaba contrahecha y además, desde el exterior, la verja impedía una buena foto desde la calle. Así que recurrí, casi en plan cubista, a cuartear la foto y recomponerla con distintas tomas a base de columnas verticales. Creo que no quedó mal y, aun a día de hoy, la Asociación de Madres y Padres “Zahorí” la sigue utilizando, aunque con la ampliación del edificio entre 2016 y 2017 la construcción original ha quedado desplazada porque se ha hecho hacia su lado derecho (sur).

También se me ofreció la posibilidad de formar parte del equipo TIC en función de que ya lo había pertenecido en Montoro. Decliné, pues mi experiencia en Montoro en ese equipo era recibir las incidencias comunicadas por el profesorado: que si este ordenador no funcionaba, que si el teclado de tal otro le faltaban teclas o que la conexión de internet no funcionaba en tal aula… en fin, cuestiones técnicas que solo podría solucionar un soporte técnico externo que no existía.

Ciertamente los aspectos positivos compensaron: un viaje a Portalegre (Portugal), una zona ignota para mí, dentro de un proyecto de intercambios (Comenius) en el que participaba el centro. Mi compañero de aventura era Alberto R. y el grupo, alumnado excelente, era reducido, sin llegar a diez, que además dormían en casa de sus alumnos “partners”, con lo cual las noches eran tranquilas en el acogedor hostal en el que los profesores nos alojábamos, en el centro de la localidad. El profesorado portugués excelente. Nos invitaron a comer en dos ocasiones: una en la casa de su directora y otra en restaurante donde degustamos la siempre excelente comida portuguesa. Otro día comimos en el comedor del instituto luso la misma y buena comida portuguesa. En su sala de profesores se nos acogió estupendamente y la Profesora de Inglés, la responsable del intercambio, se declaraba admiradora de España, especialmente de los toros y la sanidad, a la que recurría con frecuencia dada su cercanía a la frontera.  

                                                                         Plátano centenario do Rossio (Portalegre)

Nos habían organizado excursiones por los alrededores, y así conocí Marvao, tan medieval, Castelo deVide, Alter do Chao… Lamentablemente perdí muchas fotos que había hecho. También acudimos a Lisboa: Torre de Belem, monumento a los Descubrimientos,  Puente 25 de abril de traza moderna, monasterio de los Jerónimos de un gótico tardío. Lamentablemente, para satisfacción del alumnado, hubimos de acudir a comer a un McDonald (a pesar de la excelente gastronomía portuguesa) y luego a una afamada “pastelaria” con unos dulces típicos, dónde guardamos cola. Luego al Oceanográfico, en la zona más moderna de la ciudad, construida para su Exposición Universal de 1998. Allí me llamó la atención una juguetona nutria que se exhibía ante los espectadores sin pudor y gozosa de sus evoluciones acuáticas.         

                                                                                                    Nutria

En aquella ocasión nos acompañaba un grupo de alumnos turcos tan disciplinados, silentes, reservados y poco comunicativos, como su profesor acompañante.

En ese curso, año 2010, se organizó en nuestro centro una Jornada de Solidaridad con Haití tras su devastador terremoto, en la que participé mayormente como cameraman de las distintas actividades que se organizaron para recaudar fondos en su favor.  Fue un éxito y, desde entonces, anualmente se siguen organizando estas jornadas en favor de diversas causas sociales. En aquella ocasión, lo recaudado se destinó a la reconstrucción de un hospital de monja en aquel país, causa defendida por el cura y profesor de religión del centro, que luego se jactaba de haberse llevado el gato al agua; además de que de las monjitas jamás recibimos ningún tipo de agradecimiento.     

En resumen, un año de adaptación como si fuese un novato a mis 52 años de edad y 21 de docencia. Otros más jóvenes e inexpertos llegarían al centro años después apretando sin pudor para obtener prebendas basadas en la legalidad dada su situación familiar y de las que no me había aprovechado, por mi determinación de no obtener privilegios personales.

En este curso lectivo tenía un hueco a 5ª hora de los viernes en el que ahogaba mi depresión en un bar cercano para, así, poder afrontar la terrible 6ª y última hora de la semana lectiva. Me sirvió para soportarlo.

Otra cosa buena del Centro es que había poquísimos Claustros y eran de una duración que no rebasaban una hora. En el último, cuando me despedía casi a la francesa (como casi todo el mundo) ya  en la puerta de salida me abordó la directora para proponerme ser el jefe del departamento DACE (recién crado) al siguiente curso. Acepté, pues me gustaba esa labor y además suponía una reducción de 3 horas lectivas, aunque sin saber lo que me esperaba.

 

MÁS FOTOS: AQUÍ


22.1.25

VIAJE A NÁPOLES (con escala en Madrid)

 

                                    Sátiro con ninfa (Mº Capodimonti)

El viaje no empezó con buen pie. Al llegar a Madrid hacía un frío atroz, ni siquiera aplacado por las estufas de sus terrazas. Llegamos a buena hora para instalarnos en el Hotel Lovers y salir a tomar un aperitivo y luego comer en un restaurante donde me pedí un guacamole que no estaba tan bueno como el de El Mundano de Córdoba, aunque el virus (norovirus) ya empezaba a hacerme efecto, de modo que no me lo terminé. Por la noche fuimos hasta la plaza de Santa Ana donde pizcamos y terminamos tomando un buen chocolate caliente.

Al día siguiente nos dirigimos al remodelado MuseoArqueológico Nacional (MAN). Muy didáctico, sobre todo en la zona de Prehistoria, antes tan árida. La zona ibérica espléndida. Luego comimos en un restaurante cercano a la Puerta de Alcalá.  Allí nos pusieron de cortesía una especie de taza con puré de lentejas caliente que resultó reconstituyente; le siguió una sopa de cebolla sustanciosa y que me vino muy bien.  El segundo plato, parrillada de verduras estupenda pero que no me pude comer ni la mitad (el virus seguía avanzando); la camarera, hispanoamericana, como casi todos los camareros que nos atendieron en Madrid, me preguntó si no me había gustado, a lo que contesté que todo era debido a mis problemas de barriga. Esa tarde, debido a mi malestar no salí, a pesar de que había interesantes  exposiciones cercanas.

             Damas oferentes ibéricas (Mº Arqueológico Nacional, Madrid.)

 

El miércoles 8 de enero partimos temprano hacia el aeropuerto en un taxi concertado por el hotel. El precio muy barato (18 €)  y la joven que lo conducía fuerte como para no quejarse del peso de mi silla de ruedas.  Llegamos al aeropuerto con tiempo de sobra y el Servicio de Atención al Cliente acudió raudo,  si bien creían que íbamos a Venezuela.  Desecha la confusión, el amable empleado nos condujo a los mostradores de facturación con privilegio por minusvalía, al igual que en el control; privilegios del estado y edad. Seguía habiendo tiempo de sobra así que desayunamos en una cafetería de la zona de embarque y luego, como descubrí que allí habían habilitado una zona para fumadores al aire libre; bajé a ella y disfruté de un cigarrillo junto a otras personas que sufrían la ansiedad de un vuelo, Me gustó que se vaya rectificando la política de acoso al fumador, cosa ratificada en Nápoles dónde, en su museo arqueológico me encontré , casualmente, con una zona  -un gran patio ajardinado- apto para fumar; al igual que en el Museo de Capodimonte en el que curiosamente estaba prohibido fumar en sus bellos y extensos jardines pero que, sin embargo, tenía habilitado en su interior un bar con terraza en la que podía fumar. Tolerancia, gracias!

  Cociendo un cerdo. Escultura romana en el Mº Arqueológico de Nápoles.
 

Al día siguiente visita al Museo Arqueológico de Nápoles, en el que, entre otras cosas (como pinturas), se exponen las piezas arqueológicas más significativas de Pompeya. Allí estuve más de dos horas viendo las obras hasta que me saturé de imágenes y esperé al infatigable Alberto. Mientras lo hacía me instalé en su cafetería y me pedí pasta con tomate que resultó blandengue, pasada, como le gusta a mi hija y que además estaba medio caliente, o sea, casi fría. Por la tarde, mientras mi amigo acudía a un concierto de una excelente soprano cubana, me aseé en la bañera de nuestro apartamento. Una decisión desafortunada pues debido al diseño minimalista moderno, confundí un grifo de agua con asidero para salir del cubículo acuático, cosa imposible para mí; así que me hube de quedar allí, como un escarabajo panza arriba, como el bicho de Kafka aunque sin movilidad. Tuve que esperar el regreso de Alberto cosa que hice practicando una nueva técnica de SPA consistente en ir rellenando periódicamente la bañera de agua caliente para no coger frío y acentuar mi gripe. Cuando, finalmente, volvió mi amigo, pude salir no sin mucho cavilar y con un esfuerzo físico que me dejó baldado, con dolores en la zona lumbar que aún me duran. 

                    Perros de Pompeya (Mº Arqueológico de Nápoles.

 

El jueves 10 de enero hicimos un recorrido por su largo paseo Marítimo. Es bastante soso con edificios lujosos (hoteles) a un lado y el mar al otro aunque sin playa, solo orillado por pedruscos blanquecinos como los de los espigones. Nápoles parece una ciudad que vive de espaldas a ese mar que le dio la vida. Tal vez en primavera o verano esa zona esté más animada.

El viernes visita al Museo de Capodimonte (antiguo palacio de nuestro Carlos III cuando era rey de Nápoles) con importantes pinturas, especialmente del Barroco. La lluvia amenazaba y subimos en taxi con toda la parafernalia para portar la silla de ruedas. Comimos en la terraza de su cafetería, en la que, con la copa de vino “rosso”, me pusieron un plato de tapas (pizzitas, etc.) que me dieron para almorzar y aún me sobró. Seguía sin apetito. A la salida la lluvia nos esperaba, así que hubimos de recurrir al taxi de nuevo.

Yo en los jardines del Museo de Caapodimonte. Foto de A. Rubio.
 

Al día siguiente subimos a ver el castillo de San Telmo y la contigua Cartuja. No entramos en  la fortaleza pues según mi acompañante no tenía interés. Desde la cercana plaza del monasterio hay unas estupendas vistas de la ciudad, pero el temporal de viento y frío no hacía grata la estancia allí. Penetramos en el cenobio otra vez gratis para ambos, dadas  mis condiciones. Allí se accede por un austero claustro menor que en su parte izquierda da acceso a la lujosa iglesia ¡Y es que los cartujos hablarían poco, pero pasta tenían un montón! Luego vimos otras estancias, como la sala capitular, el refectorio, el locutorio o “charlatorio” donde sus monjes podían hablar libremente de asuntos corrientes para luego volver al voto de silencio de su orden. También visitamos unas pocas salas La movilidad que albergaban un pequeño museo naval, en el que se conservan las lancias (lanchas) o falúas de Carlos III, además de maquetas de distintas embarcaciones de la Edad Moderna. La movilidad allí resultaba a menudo dificultosa: se ve que a los cartujos les gustaban mucho los escalones.

 

                                         Iglesia de la Cartuja de Nápoles

El domingo fuimos a visitar el Duomo (la catedral), un edificio de fábrica gótica sin mucho interés. Solo la capilla de san Genaro (cerrada a esa hora) aunque visible desde su reja y la monumental cripta que contiene la vasija con los huesos del mártir que nos pareció protector ante nuestras contrariedades; así que le encendí una vela.

El lunes  vuelta a casa. El taxista se mostró más clemente que su colega que nos trajo del aeropuerto al apartamento, seguramente porque fue contratado por la propietaria de nuestro alojamiento napolitano. Al llegar allí algún problema técnico con la silla de ruedas, resuelto el cual nos atendieron diligentemente los empleados del servicio de atención al cliente. Íbamos con tiempo sobrado pero la larga espera en la  sala habilitada al efecto nos retrasó, de modo que ya en la zona de embarque casi no nos dio tiempo a ingerir un bocadillo de mortadela estupenda  entre un también  un magnífico pan. El vuelo de Iberia volvió a despegar puntualmente y llegar a Madrid quince minutos antes de lo previsto, así que nos hicimos la ilusión de adelantar el AVE hasta Córdoba. Sin embargo al llegar a Barajas pudimos recoger las maletas, pero la silla de ruedas no aparecía; ni la mía ni la de un italiano que venía en el mismo vuelo, así que retraso luego aumentado por una retención por obras y hora punta; de modo que llegamos con tiempo para el tren contratado, que llegó a Córdoba también antes de lo previsto. Fin de la aventura internacional. 

 

MÁS FOTOS: AQUÍ 

 

 

19.12.24

RELATO (K.Q.)


Érase un hombre que quería morirse, aunque no inmediatamente por razones prácticas, utilitarias. En efecto, tenía sesenta y muchos años y gozaba de su pensión de jubilación, lograda tras unos cincuenta años trabajando y cotizando desde sus quince años. Tal pensión le permitía vivir dignamente, sin lujos pero tampoco con estrecheces económicas. En fin, un privilegiado de clase media baja, teniendo en cuenta la coyuntura de su país en el primer cuarto del siglo XXI. Pero no estaba libre de deudas, si bien asumibles tranquilamente con el tiempo: la ya escueta hipoteca y dos préstamos, uno para la adquisición de una casa de vacaciones en una localidad en el norte de su provincia, adquirida como inversión y lugar ocasional de disfrute propio, familiar o de amistades. El otro por una estafa informática que acabó con todos sus ahorros. Pero no eran estos los motivos principales de su deseada muerte, pues con sus escuetas propiedades -si moría- su hija y única heredera, podría sobrevivir, al menos sin tener que pagar un alquiler, teniendo al menos cobijo gratis, pues lo de obtener trabajo era complicado (precariedad, salarios bajos...) y además ella había emigrado a un país vecino por razones fundamentalmente sentimentales y allí era feliz; y su padre también aun en la distancia por verla así. Los hijos tienen que volar en libertad, ley de vida; ideas que este hombre tenía muy claras. Ella había demostrado sobradamente saber valerse por sí misma, ser independiente y no “caérsele los anillos” por asumir cualquier trabajo (a pesar de que era Licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla). Una formación académica exquisita y un auténtico espíritu libre y fuerte.

Este hombre nació y se crio en una casa de vecinos de un castizo barrio cordobés, en una familia humilde con padre carpintero y cuatro hijos a los que alimentar, rodeados o arropados de una familia extensa, como las de entonces, siempre apoyándose mutuamente. Este hombre, aquel niño, creció feliz, abrigado por la familia. Era el predilecto de sus abuelas; su madre lo apoyó siempre como una leona, igual que a sus hermanos. En fin, una vida familiar humilde pero grata; sin esos traumas que ahora tanto se llevan.

En la Educación Primaria ese niño apuntaba maneras, de modo que la superó con buenas notas y pudo acceder al Bachillerato y luego a la Universidad. Entretanto, simultaneó sus estudios con el trabajo. Y trabajó de aprendiz de platero y oficinista entre otros empleos. Su sueño, ser profesor, se cumplió en 1988. Para entonces convivía con el amor de su vida: una mujer guapa, inteligente, de brillante carrera profesional, rebosante de cariño y siempre generosa. Un encanto, con numerosas amistades dadas sus excepcionales cualidades. Pero ¡Ay! Los dioses son sañudos y celosos de la felicidad de los mortales, así que  -con el paso del tiempo- muchos años después, a ella le sobrevino una depresión exógena y feroz que la inhabilitó laboral, afectiva y mentalmente.

La vida docente le procuró grandes satisfacciones a él: se había cumplido gratamente su sueño profesional y, durante muchos años, tuvieron una vida familiar plena, hasta que llegó la debacle Hubieron, pues, de separarse físicamente, que no de forma legal porque ambos se seguían amando. Él se marchó de la morada familiar, emprendiendo una peregrinación por diversos alojamientos. Y en esas llegó el turno de la jubilación, que aceptó adelantada para poder volcarse en sus gustos reprimidos por el trabajo en el que, sin embargo, seguía disfrutando, pero en el que la diferencia generacional con su alumnado era cada vez más grande, ya que los pupilos siempre tenían la misma edad mientras que su profesorado va envejeciendo. Además de que las sucesivas reformas educativas iban cambiando el panorama y el ambiente de las clases. Gozó su nuevo estado jubilar disfrutando de viajes y lecturas postergadas durante años y, a veces- se hubo de refugiar en amores mercenarios; un sucedáneo necesario para paliar esa necesidad de amor no solo físico. Y es que los humanos necesitamos de vez en cuando -sobre todo en situaciones adversas- autoengañarnos para sobrevivir.

Pero es que ese hombre ahora, hoy, ya no quiere sobrevivir, porque ha vivido mucho y en su larga vida (67 años) ha alcanzado la cima de la felicidad y ya solo queda el descenso. Es como en la película El marido de la peluquera; cuando se ha vivido todo (lo bueno) no tiene sentido seguir viviendo, contemplando -por ejemplo- como tu piel, antes limpia y tersa, se va llenando de manchas y arrugas, como tu salud empeora con achaques propios de la edad (tensión arterial, huesos desgastados y doloridos, movilidad en descenso, dependencia...)

Pero hay facturas que pagar, y eso solo se puede conseguir manteniéndose vivo para seguir cobrando la pensión y así atender esos débitos. Aunque cada día ese hombre se levante deprimido, sin entusiasmo por nada, sin ganas de seguir viviendo porque no hay otra razón sino la puramente material.

El sol seguirá saliendo, y gratas serán las mañanas de invierno a su luz o el colorido bosque otoñal y las “mañanicas” floreadas de primavera -como cantaba el poeta- además de la sensuales playas veraniegas.

Ante esta situación emocional, contradictoria, lo mejor sería poder entrar en un coma inducido y temporal, no como la pobre Karen Quinlan.  En ese caso no tendrías gastos pero sí ingresos monetarios, con lo cual, al despertar, los problemas económicos quedarían resueltos para tus vástagos, aunque no tengas nietos, cosa bastante probable en la sociedad occidental actual, con lo cual tu estirpe está condenada a la extinción y no como las flores que expanden sus semillas. Triste panorama.

Y la cobardía del suicidio.

“Ese hombre soy yo”.

Dedicado a Jean Genet, Henry Miller y otros pícaros vitalistas que en la historia han sido.

P. D.: Existe una canción un tanto gamberra sobre el caso de Karen Q. interpretada por el grupo español Glutamato Ye-Yé.


6.12.24

GR-7 (agradecimientos)

 


Este año no he podido asistir al nuevo encuentro para seguir avanzando en el GR-7  con epicentro en Villanueva del Trabuco. Pero las buenas amistades no se olvidan de uno. Así que me han obsequiado con una bufanda (braga) del grupo y un llavero de la empresa de guías PINDONGOS que tan bien me atendieron el año pasado. Mil gracias.

30.8.24

CAMINO DE SAN JUAN DE LA CRUZ 2024

 
Aunque en principio el viaje largo de este verano estaba previsto fuese desde Santiago de Compostela hasta el finisterre, Manolo Morales, el coordinador de estas nuestras aventuras, decidió postergarlo y sustituirlo por algún destino más cercano, eligiendo Caravaca de la Cruz por hallarse en Año Jubilar y para el que había dos posibles rutas: una desde Orihuela a través de una vía verde y otra desde Beas de Segura siguiendo el Camino de San Juan de la Cruz. Una llana y asequible para mí, pero poco apta para el estío. Así que elegimos la montañosa y accidentada pero más fresca. Aquí cuento sucintamente nuestras andanzas por esas tierras donde confluyen Andalucía, Castilla-La Mancha y Murcia.


                                       Cuesta en Beas con apoyo reforzado  

1ª Jornada

Todo comenzó pasadas las 7:30 horas del sábado 17 de agosto en el Parque Fidiana, punto de encuentro para la salida en los tres coches de los  siete iniciales expedicionarios andariegos (más bien “sillariegos” en mi caso).

Paramos para desayunar en Torreperogil, donde se nos unió Francisco Campos (El 8º pasajero, jajjaj). De allí a nuestro primer destino: Beas de Segura, comienzo de la ruta prevista. Ya en Beas recepción por parte del Presidente del Club de Senderismo "El Camino", de la localidad. Luego visita con un guía experto, que nos condujo por los principales hitos locales  relacionados con el santo, y  situados en el centro histórico. Dicho recorrido, dadas las cuestas, requirieron múltiples esfuerzos por parte de mis compañeros y amigos. Terminada ésta, vuelta a los coches para dirigirnos a nuestro alojamiento en Pontones (Albergue Posada del Perchel). Entre medias paramos en el Ventorrillo de Cañada Morales, cercano a Cortijos Nuevos y a los pies de Hornos. El establecimiento estaba repleto por ser sábado y las fiestas de Hornos, una constante en todo nuestro recorrido; y es que parece que estábamos haciendo la Ruta de las Fiestas Locales de la Sierra de Segura, pues nos encontramos en la misma situación en Pontones, Santiago de la Espada, Nerpio y El Sabinar. En todas ellas los toros o vaquillas como protagonistas, las calles cortadas y aparcamientos escasos por la afluencia de público.

                                       Cumpleaños de Pilar

En el susodicho ventorrillo su dueño tuvo la gentileza de montarnos una mesa para comer a la sombra en la puerta de su cercana casa. Allí había un macetero con una exuberante mata de yerbabuena que esparcía su refrescante, intenso aroma, a nuestro alrededor. Para empezar nos ofreció unos tomates que -ciertamente- no eran del Mercadona: olían y sabían a gloria; y también morcillas blancas y negras de la zona. Y allí, modestamente, celebramos el cumpleaños de P. Ortega. Y, a pesar de que sobre todo los del “Plan B” , y por necesidad, acabaríamos desarrollando una ruta gastronómica bien surtida y variada, sin duda esta comida del ventorrillo fue la más grata de todas para mí. Finalizado el condumio nos encaminamos a Pontones (!ay de sus tortas y su pan blando de masa madre, que tantos días nos alimentaron!) Antes de alojarnos visitamos el nacimiento del río Segura, remodelado y lleno de gente pero con su chiringuito cerrado. Tras ello fuimos a aposentarnos en el alojamiento contratado: un coqueto albergue que disfrutamos a solas y que contaba con una fresca y sombreada terraza en la que pasé mucho tiempo.

 

                                    Entrada al Castillo de Hornos (Cosmolarium)

2ª Jornada (18 de agosto)

Los andariegos (Plan A) salieron de noche para acometer su 1ª etapa para evitar el calor. Se trataba del tramo Beas de Segura – Hornos que resultó muy duro a causa de la falta de señalización y las enormes cuestas y pedregales que hubieron de atravesar y que causaron las primeras bajas. Y es que este Camino está en pañales en cuanto a señalización e infraestructuras; hay voluntad de potenciarlo pero aun no hay medios. Deben pulirlo mucho si quieren atraer a más andariegos. Sus potencialidades son inmensas en lo natural -paisajes- y lo cultural, monumentos y lugares de interés.

 

3ª Jornada

El día 19 de Hornos a Pontones, ruta igualmente accidentada para los andariegos, mientras que los del “Plan B” dimos un relajado paseo por el pueblo (Pontones), sellamos credenciales y compramos viandas para el arroz caldoso que luego preparó R. Rodríguez y que nos supo a gloria. Una vez vueltos del paseo sesión de relajación a cuenta del mismo Rafael. Yo me quedé dormido cuando llegamos al cero. Los andariegos volvieron con retraso de varias horas, pero fueron recompensados en la cena gracias a los buenos oficios de R.R. quién había reservado unos muslos de pollo para reeditar el arroz del mediodía y agasajarlos así tras su dura jornada. Por la tarde se había incorporado al grupo José M. Medina, así que ya éramos 9. Esa noche había una luna llena especial, un fenómeno astronómico que se da cada ciertos años; algunos la llaman “Luna Roja” y otros “Luna Azul”  o "Superluna de agosto" y que una tribu cuyo nombre no recuerdo le puso a ésta “Luna del Esturión” pues tales nativos le ponen nombre propio a cada uno de estos eventos celestes. Lamentablemente no pudimos verla en todo su esplendor y no solo por las altas cumbres que nos rodeaban sino porque el cielo se nubló parcialmente y la cortaban, lo que me recordó a la famosa escena de la película de Buñuel Un perro andaluz de la navaja cortando un ojo.

 

                                              Río en el centro de Pontones

4ª Jornada (20-8-24)

Los andariegos recuperaron contingentes dada la mejoría de Inma y su marido, así que reemprendieron el camino: Pontones-Santiago de la Espada. Restamos en el alberque Pilar y yo (bueno, y el pequeño zorro que merodeaba a diario por allí, esquivo pero visible).  Éramos el “equipo de apoyo”. Desayunamos tranquilamente porque teníamos tiempo de sobra para recoger a los expedicionarios en Santiago de la Espada (pueblo maldito para mí por su pésima acogida hostelera, defecto disculpable por hallarse en fiestas). De pronto llamó M. Morales: debíamos recoger a Inma porque el día anterior le había picado un bicho y la picadura se le había inflamado y causado gran dolor. Así que Pilar y yo salimos pitando para recogerla y llevarla al centro de salud de Santiago (el más cercano y punto de encuentro final de la etapa). Con las prisas por recoger casi se nos quedan allí la piedra de P. Campos, el cable de Manolo y mi bañador. Arramblamos con nevera, desayunos y todo lo que quedaba de la expedición que Pilar llevó al maletero de su coche a mano. Las prisas se debían también a no retrasar la marcha andariega que finalmente se retrasaría más por la inexperiencia de la guía contratada, que nunca había hecho esa ruta y los perdió con el consiguiente retraso. Y es que perderse gratis -como ocurrió otras veces- es natural, pero perderse “de pago”. es un lujo (jajjaj, ¡Qué malo soy!). Nos esperaban a la orilla de la carretera bajo la sombra de un álamo; mientras tanto Manolo nos seguía preguntando por dónde íbamos. Le mentíamos piadosamente para que se relajaran, así que cuando íbamos -por ejemplo- por el kilómetro 40, le dijimos que estábamos en el 47. Ellos nos esperaban en el 49. Recogimos a Inma. Ellos prosiguieron sus andaduras y nosotros llegamos a Santiago en cuyo Centro de Salud atendieron rápidamente a Inma; solo le recetaron un medicamento para bajar la inflación y mitigar el dolor, pues le confirmaron que el bicho no había sido una avispa, como ella creía, sino una abeja que le había dejado su aguijón y sus tripas dentro y que pasadas tantas horas no era oportuno someterla a cirugía. Para colmo los restaurantes de la localidad tenían reservadas todas sus mesas por las siempre presencias de fiestas. Cuando por fin llegaron los expedicionarios y gracias a los buenos, tranquilos y persuasivos oficios de Francisco conseguimos una mesa en el interior de un restaurante (Bar Avenida). Tardaron muchísimo en atendernos, incluso las bebidas, pero estábamos a cubierto del calor. Terminada la comida partimos hasta nuestro próximo destino: Nerpio, ya en la provincia de Albacete. Llegamos por la tarde al Hostal Nogales, donde nos alojaríamos. Sus dueños, una pareja de personas mayores y muy amables, nos dieron todo tipo de facilidades, desde aparcamiento hasta botellas de agua mineral gratis y atenciones extemporáneas. Allí tuve la suerte de que la habitación que me tocó tenía enfrente una puerta que daba a una estrecha terraza bajo la que corría un limpio arroyuelo cuyo rumor resultaba relajante y dónde podía fumar a “tutiplén”. El pueblo as was ussual también celebraba sus fiestas. Me solacé en la terraza del hotel-restaurante El Molino, a orillas del río Aceda, en el que cenarían mis acompañantes. Y digo “cenaron” porque yo no tenía hambre y mis cenas son muy austeras por problemas estomacales y los desayunos en el hostal eran opíparos: jamón que olía y sabía muy bien, aceite de oliva y tomate a discreción, tostadas a mansalva e igualmente jugosos bizcochos trufados de la famosa nuez de Nerpio. Allí muchos establecimientos y lugares tienen nombres de referidos a las  nueces: el hostal, el camping, el sendero…

 

                                                     Río Aceda en Nerpio

5ª Jornada (21-8-24)

Amaneció nublado y luego se desató una fuerte tormenta en el pueblo que nos hizo temer por los andariegos, quienes habían salido temprano para hacer una ruta desprovistos de paraguas y chubasqueros. Pilar y yo nos quedamos en el hostal sin salir por el copioso y constante chaparrón, Por suerte no les pilló a nuestros amigos, que se dieron la vuelta a las primeras gotas. Comimos (y luego cenamos) en el Camping de Nerpio, camping que yo calificaría de 5 estrellas por sus servicios (piscina, restaurante y tirolina de rail que me hubiera gustado disfrutar como un niño)... Menú abundante, variado, restaurante lleno y algunos problemillas a la hora de pedir (ensalada) y de la cuenta de mediodía (¿Quién se tomó el colacao? Misterios insondables de la galaxia, a menos que la copa de Rueda que me tomé se hubiera transmutado en el bebedizo achocolatado de la multinacional Nutrexpa, si es que sigue existiendo con ese nombre). En cualquier caso creo que algunos camareros de Nerpio necesitan un cursillo de empatía, claro que estando en fiestas en el pueblo y la consecuente afluencia de gente es disculpable su trato de puercoespines. Es el problema de quienes trabajan en contacto directo con las personas, como le ocurre a maestros y profesores, etc.

 

6ª Jornada 22-8-24

Por la mañana nos trasladamos a Caravaca de la Cruz no sin hacer una parada en El Sabinar (también en fiestas) dónde J. Manuel M. nos invitó a una ronda antes de despedirse de nosotros para volver a su tierra. Este trayecto de buena carretera y amplias llanuras está flanqueando por los famosos y vistosos cultivos de lavanda, pero ya estaba agostada y solo se veían algunas manchas aun en flor. Antes de llegar al que sería nuestro último alojamiento, hicimos una nueva parada en Moratalla -aún era temprano- y debatimos si visitar este pueblo también de empinadas cuestas. Finalmente se decidió dejar la visita a esta localidad para el día siguiente dada su cercanía. Retomamos los coches e incluso nos dio tiempo dar una vuelta exploratoria por el casco histórico de Caravaca. En su bella plaza del Ayuntamiento había muchas tiendas de souvenirs que además de bastones y cruces, tenían escudos heráldicos de madera para jugar a la guerra medieval y también una hermosa gualdrapa cuya utilidad desconocíamos y que al día siguiente nos aclararía el guía.  

Llegamos al Albergue Las Fuentes del Marqués -en las afueras de la localidad- a buena hora para comer, cosa que hicimos -tras aposentarnos- en el cercano restaurante Fuentes del Marqués.  Ambos enclavados en un bello paraje natural con nacimiento de un arroyo o río. El albergue nuevamente era solo para nosotros. Allí mis compañeros tuvieron la deferencia de dejarme una habitación individual y VIP: se trataba del dormitorio del monitor, pues se veía claramente que aquello estaba destinado a acoger a grupos escolares o similares. Comimos en el mencionado restaurante, sin bar y que solo abría a mediodía, pero con un menú potente a solo 13,60 € sin IVA (cosa que parece común por aquella zona castellano-manchega y murciana) pero que ocasionaba trastornos a la hora de hacer las cuentas, especialmente si habíamos pedido algo extra. Repetiríamos al día siguiente, tras la vuelta de la visita a la cercana Moratalla. Cena al fresco en la galería del albergue en una mesa preparada por Manolo y tomada "prestada" del contiguo restaurante, al que expresamente había pedido permiso para utilizar una de sus sillas de plástico para asearme en la ducha comunitaria (algo castrense). Las viandas, embutidos, fueron las que veníamos trayendo desde Pontones y bebidas y otras cosas que algunos bajaron a comprar en un supermercado de Caravaca. Muy agradecido.

 

                                           Vista desde la plaza-mirador de Moratalla

7ª Jornada (23-8-24)

Visita a Moratalla por parte de los del Plan B (que cada vez éramos más, como aquel anuncio de una entidad bancaria). Bello pueblo asentado en la falda de la montaña pero un poco deteriorado aunque con muchas casas de postín. La Oficina de Turismo estaba cerrada por vacaciones, pero en su ayuntamiento conseguimos algún folleto. Entramos a una escueta capilla franciscana de espectacular fachada barroca. Callejeamos subiendo sus angostas pero pulcras calles hasta cerca del castillo, cerrado también. Así que acabamos nuestra subida en una amplia plaza junto a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Contaba con un gran mirador desde el que podía ver todo el pueblo y su vega. Una vista similar a la que podríamos ver en algunas localidades marroquíes. Ya bajando, hicimos una parada en la terraza de un bar ubicado en una tranquila y fresca plaza ajardinada.

Para le cena (de despedida), teníamos reservado un restaurante en el centro de la localidad y cercano a El Templete: El Casón de los Reyes. Dadas mis cenas espartanas me pedí el plato que parecía más ligero: Hojaldre a la Murciana, pues lo creía relleno de verduras de la huerta, pero que resultó ser un macizo mazacote relleno de morcilla, chorizo y carne picada; estaba muy bueno pero casi no pude terminarlo.

 

8ª Jornada: visita a Caravaca y retorno a Córdoba

Por la mañana visita guiada a Caravaca con otro guía estupendo (aunque llevaba una camiseta que me pareció un poco chirriante por su color negro y calavera). Comenzamos el recorrido en El Templete, con vistas a la casa que adquirió San Juan de la Cruz para su fundación conventual de los Descalzos. Luego, por La Corredera, una especie de bulevar cordobés jalonado de esculturas que parecían referidas a la maternidad y en cuyo final visitamos una hospedería de las Descalzas, tras lo cual nos internamos en el casco histórico, en el que me sorprendió la genial idea de decorar las cristaleras de sus muchos locales comerciales vacíos con fotos antiguas del pueblo. Visitamos algunas iglesias y terminamos el recorrido guiado en la bonita plaza del Ayuntamiento. Allí el guía nos desveló el misterio de la gualdrapa: era el aderezo de los caballos que participaban en una carrera anual de cortísima duración: 8 segundos en los que cada caballo iba conducido por cuatro mozos agarrados a él. Ganaba el que llegaba antes pero sin que ningún mozo soltase su asidero. También había premio para las artesanas gualdrapas, de la cuales solo se conservaba la ganadora de cada año. Le pregunté al guía por las abundantes cruces templarias hasta en las camisetas, cuando la localidad había sido encomienda de la Orden de Santiago; y es que, al tratarse de una zona fronteriza con el Reino Nazarí de Granada, y tras la supresión del Temple en el siglo XIV, el territorio le fue encomendado a la orden española. Desde allí el guía me llevó hasta el estacionamiento del furgón de la Cruz Roja adaptado para impedidos, que inmediatamente me subió hasta la basílica-santuario. Su conductor, muy amable, me dio su número de teléfono para que le avisase cuando quisiera regresar al pueblo. Los demás subieron a pie en una especie de procesión que portaba una cruz de Caravaca de madera de teca (ligera de peso) y que los participantes iban turnándose para trasladarla. Como llegué mucho antes que ellos, estuve tomando fotos del interior y los exteriores del templo, con amplias vistas hacia la población que se extiende a sus pies. Les esperé a la sombra en la fachada de la iglesia y vi llegar la comitiva que se internó por un lateral del edificio. Seguí esperando en su entrada por la puerta principal para hacernos la foto de grupo, pero no aparecieron; y es que los habían internado directamente y colocado en la primera fila de la iglesia. Eran ya las 12 y comenzó la misa; a partir de ese momento se podía entrar pero no salir hasta que no terminase el oficio religioso, estimado en una hora. Era demasiado para mí, de modo que decidí llamar al chófer de Ceheguín (difícil pronunciación), pueblo rival de Caravaca según él me confesó, que me llevó hasta la parada oficial del vehículo en la plaza Nueva o del Progreso y me aposenté en la terraza de un bar atendido por un paisano del conductor, un joven simpático y dicharachero. Allí esperé a mis amistades que volvieron antes de lo previsto. Allí se debatió si comer en Caravaca o hacerlo durante el trayecto de vuelta a Córdoba, decidiendo -finalmente- hacerlo en el albergue, antes de partir y para aprovechar los embutidos sobrantes de las etapas precedentes. Dejamos el albergue sobre las 16 horas. Quedamos en encontrarnos en Torreperogil, en el mismo bar donde desayunamos el primer día y dónde Francisco tenía su coche. Hasta allí habíamos atravesado pueblos jamás visitados por mí y que orlaban los bordes de las sierras de Segura y Cazorla: Puebla de don Fadrique (dónde Luis R. se echó una siestecilla), Castril, Huéscar o Quesada. Paisajes espectaculares con el macizo de Sierra Mágina al oeste. Habíamos quedado en reencontrarnos en Torreperogil, en el mismo local del desayuno inicial. Tomamos un refresco tras lo cual Francisco se despidió para ir a su pueblo y los demás emprendimos la vuelta a Córdoba. Llegué a mi casa a las 10 de la noche, con el consecuente bofetón de calor que me esperaba tras los frescos días serranos que habíamos disfrutado durante una semana. Fin de trayecto.

Despedida en Torreperogil


MÁS FOTOS: AQUÍ