El viaje comenzó con mal pie cuando me clavaron 40 € por llevar la maleta. Llegamos a Bucarest a la hora prevista y a su salida, con problemas al desplegar la silla de ruedas, nos abordaron los primeros pillos: les preguntamos cómo llegar a la sede de la empresa del coche de alquiler contratado y nos condujeron hasta allí no sin desprenderse de sus chalecos amarillos de porteros del aeropuerto. Al llegar se llevaron la propina que les dio Eladio. Ya en la oficina del alquiler nos volvieron a clavar con diversas tasas como la del “conductor older”. El operario metió la silla plegada en el maletero del auto -un Dacia Logan blanco sin navegador- por lo que le di una propina similar a la de los pícaros. Nos indicó como llegar a nuestro destino (el hotel Capitol, muy cerca del casco histórico, en la Calea Victoriei); era todo recto, pero al otro lado de la autovía que une aeropuerto y ciudad; nos perdimos un poco hasta que por fin pudimos acceder al otro sentido de esa vía. Luego continuamos recto y penetramos en el centro de Bucarest dónde estaba el hotel. Lamentablemente el GPS no funcionaba, pues previamente debería haber activado la “itinerancia de datos”, cosa que desconocía y que solo pude resolver al día siguiente con varias llamadas a mi compañía telefónica. El caso es que estuvimos dando muchas vueltas alrededor de nuestro hotel, pasando por delante de él al menos en dos ocasiones sin percatarnos, entre otras cosas por la ausencia de iluminación en el rótulo, así como en su cúpula. Seguimos preguntando a personas, generalmente jóvenes solícitos que nos dijeron -consultando sus móviles- que debíamos girar a la izquierda o la derecha aquí y allá y que estábamos muy cerca; incluso recurrimos a un taxista -tal vez el más honesto de Bucarest- que se negó a ir delante de nosotros pagándole la carrera porque adujo que estaba muy cerca y le parecía poco honroso el hacerlo. Después de muchas vueltas, exhaustos, aparcamos en una avenida perpendicular a la calle de nuestro hotel y donde volvimos a preguntar a un viandante -que resultó ser inglés- y que, consultado su móvil, nos dijo que estábamos allí mismo; entonces, y a pie, Eladio indagó y por fin dio con el ansiado destino. Él llevó las maletas y yo le seguí en la silla empujándola porque otra vez falló al desplegarla. Al llegar a la recepción solo quedaba por llevar nuestro coche al parking, que había que pagar aparte. Debido a las calles de dirección única, aunque en las mismas manzanas, hubimos de recurrir al portero del hotel -un tipo hosco que nos insistiría en esta y ocasiones posteriores, en que no era el portero, sino el encargado de seguridad y que no tenía por qué hacer esas labores- en fin un malafollá con el que nos encontramos, pues todos los demás que nos encontramos eran amables y solícitos aun sin pedírselo, y así cuando yo encontraba dificultades de movilidad, como bajar unas largas escaleras para atravesar subterráneamente una ancha avenida, cosa que ocurrió en la primera mañana en Bucarest, cuando nos dirigíamos al punto de encuentro del Free Tour en el que nos habíamos inscrito. Pero la misma respuesta solidaria se produciría en situaciones y días posteriores. Siempre.
Día 1º por Bucarest
El Free Tour (gratis) comenzó en la verja del Hospital Calea (e iglesia Calei). Desde allí y por bulevares visitamos la iglesia (“biserica” en rumano) de San Jorge Nuevo situada en unos jardines (muchas zonas verdes allí) para luego dirigirnos a la Piazza Romana, una placita con la Loba Capitolina colindante con el casco histórico en el que inmediatamente nos internamos, visitando en primer lugar la antigua posada Hanul Manuc junto a la cual, en la misma plaza, se levanta la iglesia de san Andrés; salí de la posada para fumar mientras el grupo estaba disperso dentro visitando sus dependencias. En esa placita peatonal donde en ese momento (de los pocos) lucía el sol, y sus bancos estaban ocupados por varias personas, me acerqué a la primera, una mujer mayor -quiero decir mayor que yo- para pedirle que me hiciese una foto con la iglesia al fondo, cosa que hizo muy amablemente para después entablar una conversación en español ya que me confesó que había vivido diecisiete años en Valladolid acompañando a su hija, casada con un español. Una vez salido el grupo de la posada nos seguimos internando en las calles del casco histórico y allí hicimos un receso en el cutre y minúsculo Museo del Comunismo y su “café comunista” (achicoria). A sus puertas perdí un guante (seguía haciendo mucho frío) mientras telefoneaba a mi hermano Pepe por su onomástica y me comunicaba con mi compañía telefónica para resolver el asunto de la itinerancia de datos que tan útil nos resultaría en los días siguientes para recorrer en coche el norte del país y demás. Me hube de comprar unos guantes de cuero nuevos en Brasov, donde hacía aún más frío que en Bucarest. Proseguimos por las calles (Calea, casi como en vasco), entre ellas la de Leipzig (Lipscani) por los comerciantes alemanes que allí se establecieron hace siglos, y nos desviamos a la coqueta iglesia del monasterio urbano de Stavropoleos y luego ver por fuera los monumentales edificios financieros neobarrocos como el Banco Nacional. Después al Palacio del Parlamento, enorme y feo mamotreto mandado construir por el dictador comunista Ceaucescu como su residencia -que nunca llegó a ocupar- y que sigue sin terminarse. Tiene más de mil habitaciones la mayoría vacías. Allí acabó la ruta guiada que se había prolongado casi tres horas y media. Eladio obsequió a nuestro excelente guía (Alberto) con una generosa propina y le inquirió sobre un sitio bueno y cercano para comer (HB), hacia el que nos dirigimos sin acertar a encontrarlo, así que volvimos sobre nuestros pasos con la suerte de encontrarnos con Alberto que nos acompañó hasta su puerta. Su interior agradable y animado y con música de jazz. Allí probé por primera vez las mitatei rumanas (salchichas sin piel), guarnecidas con polenta. Tras la comida volvimos al hotel, en el que eché la siesta, tras la cual Eladio salió de paseo por el casco histórico mientras yo resté en el hotel para ducharme.
Día 2º en Bucarest (20-3-2026)
La mañana la dedicamos a ver museos. Lamentablemente el de Historia y Arqueología no estaba accesible para mí, así que dimos la vuelta y nos fuimos a los de Arte, divididos en dos colecciones, cada una en un extremo de su monumental edificio. Me sorprendió su valiosa colección de pintura internacional, que incluía varias obras de El Greco, y alguna de Alonso Cano, Zurbarán, Van Eyck, Rembrandt, Rubens, Vasari…, así como Las Cuatro Estaciones de Brueghel.
La colección moderna estaba compuesta por artistas rumanos contemporáneos, muchos cuadros pequeños, impresionistas de buena factura y también una escultura de Brancusi.
A la salida nos dirigimos al casco histórico y nos tomamos una cerveza en un bonito y animado pasaje (Pasajul Macca-Villacrose) lleno de bares. Nos atendieron camareros jóvenes que hablaban un poco de español. Luego nos internamos en pleno casco histórico y comimos en la terraza calefactada de un pequeño restaurante donde tomé un enorme y jugoso muslo de pavo (creo). Regreso al hotel y reposo.
Castillo de Pelisor
Día 3º: Bucarest-Sinaia-Bran-Brasov
En el restaurante de nuestro hotel, en el variado desayuno buffet, al ver que iba en silla de ruedas, me atendió rápidamente un amabilísimo camarero asiático (chino o japonés) que me trajo a la mesa todo lo que necesitaba.
Después partimos hacia Brasov, haciendo parada en Sinaia para ver sus castillos de Peles y Pelisor, situados a los pies de la ladera sur de los Cárpatos meridionales; no se trata exactamente de “castillos” sino de palacios estivales de los monarcas rumanos, en los que no llegamos a entrar y solo vimos por fuera. Como era temprano, decidimos cambiar de planes y visitar Bran para ahorrarnos kilómetros y tiempo. Ya en Bran comimos en restaurante llamado Galería Bran y después visitar el famoso castillo de Vlad Tepes (Drácula), no tan tétrico como en las películas, pero elevado sobre un peñasco. No pudimos visitarlo, solo rodear el agradable parque que se extiende a sus pies.
De allí a Brasov que sería base para excursiones por los alrededores. Gracias a Google Maps dimos con nuestro alojamiento fácilmente, aunque su parking estaba repleto y hubimos de aparcar en una calle lateral al hotel, sin advertir que se trataba de zona azul, aunque las rayas eran blancas. Al día siguiente nos encontraríamos con la consiguiente multa con foto incluida; no obstante, cuando acudimos a la recepción del hotel para pagarla cuanto antes por si había rebaja (un pastón) y así poder obtener una reducción, pero un huésped que a la sazón estaba también en el mostrador (tal vez un hombre de negocios rumano que hablaba inglés) nos tranquilizó afirmando que la Policía Local no cruzaba las multas con la Policía Nacional de tráfico, por lo que nuestro coche de alquiler estaba a salvo de sanciones.
Plaza de Brasov y monte Tamba
Tras esto nos dirigimos al colindante casco histórico donde subimos hasta los pies del monte Tamba y para luego bajar y tomar un par de escuetas copas de Metaxa (coñac griego) a las que invitó Eladio. Tras eso volvimos a la cercana plaza principal y elegimos la terraza calefactada aunque no cerrada -hacía mucho frío- de un restaurante llamado La Ceaun en el que volveríamos a comer al regreso del norte. Al terminar, vuelta al magnífico hotel ARO PALACE (5*) sin duda el mejor de los tres en que nos alojamos durante el viaje (habitación amplia, terracita, excelentes vistas, accesibilidad, parking gratis con plazas para minusválidos… una gozada). Siesta y largo placer en su bañera adaptada, mientras Eladio andurreaba por ahí.
Día 4º (22 de marzo)
Visita a Sibiu (150 km.) Recorrimos su bonito y peculiar -por sus ventanas en los tejados- casco histórico y, sin buscarlo, por casualidad, recalamos en la terraza de un restaurante (Crama Sibiana de nombre) para tomar una cerveza y Eladio descubrió que venía recomendado en la Guía Azul que manejábamos. Así que comimos allí: se trataba de una cava acogedora cava con buena comida, agradable y alegre música tradicional rumana. Vuelta a Brasov.
Sibiu
Día 5º
Partiendo de Brasov nos dirigimos a Sighisoara para visitar su magnífica ciudadela. Para acceder a ella había que superar un enorme cuestarrón y, ya en su interior, sufrir un pavimento criminal para sillas de ruedas. En su mirador, desde el que se podía contemplar la parte baja de la ciudad, perdí mi segunda guía de viaje que también llevaba en la bandeja de mi silla; menos mal que un alma piadosa la encontró y la dejó en un poyete cercano de donde -volviendo sobre mis pasos al advertir su pérdida- la pude recuperar. Allí, cerca de la imponente Torre del Reloj, se hallaba la casa del padre de El Empalador, hoy convertida en restaurante que no probamos y acabando por elegir para almorzar la terraza elevada y al aire libre de una calle perpendicular; menos mal que hacía sol de vez en cuando; el sitio, bien atendido, se llama “La Croitorie”. Luego nos encaminamos al nordeste, a nuestro próximo destino y alojamiento: el hotel Gran Plaza en Piatra Neamt sin duda el peor de los tres de nuestro periplo (accesibilidad, cárcel para fumadores…) Llegamos ya de noche y nos fuimos a dormir.
Plaza y torre del reloj. Sighisoara.
Día 6º
Desde esta última ciudad nos dirigimos a Bucovina (Cárpatos orientales para ver sus monasterios pintados, de los cuales solo nos dio tiempo a visitar dos (estaban alejados): el de Voronet (con su famoso azul) y el Moldovita. Ambos espectaculares en sus interiores -cosa no extraña en las iglesias ortodoxas- pero llamativos por sus pinturas exteriores. Se trata de iglesias de monasterios fortificados que se ubican en su centro. Sus lados norte muy atacados tal vez por el aire y la lluvia. Música y pan al salir. Comimos en esa pequeña localidad en un restaurante que nos indicó uno de sus habitantes. Fue un descubrimiento interesante. Es también alojamiento y se llama Marul de Aur. Tomé una fresca trucha de río a la plancha y una potente ensalada que no nos pudimos acabar regadas por un exquisito vino blanco seco rumano. Muy recomendable. Vuelta a Piatra Neamt dónde nada más llegar, cansados por el largo e intrincado trayecto montañoso, salimos a tomar un aperitivo antes de irnos a dormir.
Cúpula de la iglesia del monasterio de Voronet
7º (Día 26)
Vuelta a Brasov, atravesando los Cárpatos orientales y los meridionales. Pueblos de montaña y manchas de nieve en proceso de deshielo, ríos cristalinos con corriente abundante. En Brasov comida en el mismo restaurante que la vez anterior, en el que tomé un chuletón de cerdo estupendo y de postre una tacita de palinka pura (50º) que sabía a orujo gallego, aunque también las hay con sabor a frutas, como pera (como el más suave wilson suizo), ciruela -que probé el último día- y otras frutas. Me gustó la tacita en la que me lo sirvieron y le dije al camarero que estaba dispuesto a comprársela, pero dijo que me la obsequiaba. No fue el único regalo que recibí, pues en el Hotel Aro Place nos obsequiaron con un bolígrafo a cada uno. El portero del hotel nos asistió en la salida y volvió a cargar mi silla plegada en el asiento trasero del coche; le ofrecí una propina, pero se negó a aceptarla… Diferencia entre hoteles.
Día 8º
Vuelta a nuestro hotel de Bucarest, el portero-securata casi se alegró de que el parking del hotel estuviera repleto. Así que nos tuvimos que buscar la vida; menos mal que un poco más abajo encontramos un hueco y uno de los militares que estaban en la puerta de otro hotel se prestó a ayudarnos a aparcar y sacar la silla. Ese día teníamos reservado sitio para comer en la famosa y antigua cervecería “Caru cu Bere”. Iba a ser nuestra despedida de Rumanía, pero los hados nos tenían prevista una sorpresa para el día siguiente, el del vuelo de regreso a España. La silla de ruedas volvió a fallar tras desplegarla tras mucho tiempo trasteándola sin éxito. Se aproximaba la hora de nuestra reserva en el restaurante-cervecería y le dije a Eladio que se fuese para allá a coger nuestro sitio y que yo, si el problema de la silla no estaba resuelto entre cinco y diez minutos, cogería un taxi para llegar. Y eso hube de hacer; me costó caro pero la vuelta, cuando ya no podía andar más, fue peor al coger otro. Gafes del oficio. Al salir del restaurante y apoyado en el hombro de Eladio anduvimos hasta la famosa y enorme librería Carturesti Carusel, estaba atestada de gente, pero no encontré el libro que buscaba: solo lo tenían en rumano, ni siquiera en inglés o francés. Sin embargo, Eladio compró uno en español de Rafael Chirbes.
Día 9º (28 de marzo)
Salida del hotel en dirección al aeropuerto. Devolución del coche relativamente rápida, aunque dimos algunas vueltas para dar con su sede. De allí a los mostradores del Check In: problemas con la batería de mi silla de ruedas, dilación en la aprobación y pérdida del vuelo (estuvimos hora y media esperando respuesta de Ryanair). Solución: vuelo gratis y autorizada batería al día siguiente a las 11 horas, pero no pago de la noche de hotel extra (litigio). Optamos por el más cercano: el Hilton Airport Bucarest, 4 estrellas, minimalista, más puritano que el de Piatra Neamt, caro y unas vistas exteriores desoladoras: edificios en construcción, aparcamientos, carreteras… en fin típico paisaje aeroportuario, esos “no lugares” que dice mi amigo G. Pedrós. Pero solo estaba a quinientos metros en línea recta desde la salida del aeropuerto y eso, cuando esta lloviznando, se agradece.
Día 10º (extra) 29 de marzo
Por fin en el vuelo que salió puntual y llegamos a Málaga incluso antes de lo previsto. Recogida del coche de Eladio y vuelta a Córdoba, parando para comer a la salida de Málaga en restaurante buffet libre en la autovía que me pareció un poco caro. Llegamos también antes de lo previsto pero me perdí el perol montillano.
Información práctica (o no):
Carreteras: pocas autovías, estrechas y ausencia de arcenes. Lo peor: mucho tráfico. Te puedes encontrar con carros de campesinos tirados por caballerías.
Taxis: mucho, mucho cuidado, los usé en Bucarest y me exprimieron. Mejor acordar el precio antes de subir a ellos comprobando si efectivamente llevan taxímetro y tienen pago con tarjeta.
“Donuts”: postre típico de Rumanía que en realidad se llaman papanasi y son más jugosos que los americanos, con mermelada, crema y un bolondro encima. Los sirven de dos en dos.
Propinas: si pagas con tarjeta puedes elegir entre no pagar ninguna o tres opciones: 10%, 15% o 18%; No tributan.
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