Vista general de Constantina desde el castillo
Antes de comenzar las clases, en septiembre de 1990, me
advirtieron que el instituto era severo en la disciplina; un centro pequeño
(con 250 alumnos) muy respetuosos. Pero también que en esa localidad había
residido el nazi belga Léon Degrelle y había dejado su huella entre círculos
cercanos y una parte significativa de la población. Pero también acudía
alumnado de localidades cercanas como El Pedroso, La Navas de la Concepción, San
Nicolás del Puerto, Alanís…
En fin, que yo llegué muy serio. Tanto que en diciembre los
alumnos celebraban su tradicional fiesta de los Premios Naranja y Limón, en la
que entregaban estos premios a los dos profesores que consideraban mejor o
peor. Pero también había “galardones” materiales a otros miembros del
profesorado; con cierto gracejo aunque mordaces. Y hete aquí que me llamaron al
escenario del salón de actos del instituto y me entregaron un collage con unos
labios y la leyenda “Sonría, es gratis”; y no fui el peor parado, pues a la
profesora de Educación Física la “obsequiaron” con unas zapatillas de deporte
nuevas ya que asistía a las clases en zapatos de tacón… Y este “regalo” que la
profesora -lógicamente- no recogió, no fue el peor de ese día. Desde aquel
momento mi faz cambió y siempre me mostré con una sonrisa sincera.
Allí encontré grandes amistades y apoyos: desde mi único
compañero de departamento, el gran Antonio Serrano, del que aprendí mucho y de
corazón generoso, hasta los miembros de la junta directiva: Miguel Cerro (hinojoseño),
Mariángeles, José Miguel (DEP) y los jóvenes que se habían incorporado al
centro a la vez que yo: Jesús, Lucía, Nacho…
El alumnado que tuve en 2º de bachillerato, en la asignatura
de Historia del Arte, tan bueno y brillante que acogieron con muy buena disposición la idea que les
ofrecí de que les impartiese clases extras por las tardes para avanzar en el
extenso programa de la asignatura. Y es que siempre he sido una tortuga en eso
de avanzar en los contenidos de las programaciones didácticas.
Aquel primer curso en Constantina (1990-91) fue maravilloso.
Allí contaba con el apoyo de Antonio Serrano, ya mencionado, y único compañero
del Seminario de Geografía e Historia (hoy día “Departamento”). Él,
constantinense de pro, se convertiría en gran amigo por su generosidad y
amplitud de miras; desprendido, me dejó la jefatura de departamento,
renunciando a las ventajas del cargo. Un enseñante nato, admirable en su
entrega a la docencia. Y además de los susodichos, de Domingo, cordobés
afincado allí y secretario del centro, y Rosario (Charo), cordobesa como yo, profesora
de Física y Química, destinada allí, donde residía con sus dos hijas pequeñas.
Y por supuesto Rodolfo, catedrático de la misma materia que Charo. También
conocí allí a Maite, maestra y madre del destacado alumno César Yllera, que
vivía en los “pisos de los maestros” contiguos al chalecillo que yo había
alquilado para residir allí durante la semana. Me invitó varías veces a cenar
en su casa, junto a sus hijos y su madre, venerable anciana que además le
llevaba comida a mi perra Diana. Todo muy grato.
Los profesores “jóvenes” solíamos quedar para comer bien en
el restaurante “Las Farolas” (menú
económico y gran calidad) ¿ en la calle Mesones, peatonal y eje comercial de la
localidad que -me parecía- por su estructura urbana y orográfica (Valle de la
Osa) una especie de pueblo-camino que
comunicaba Lora del Río, en el valle del Guadalquivir, con la Sierra Norte
Sevillana (Cazalla, etc.). Otras veces quedábamos en un bar por encima de mi
casa cuyo dueño al parecer era tuberculoso pero que ofrecía unas carnes
exquisitas. Más tarde, en las afueras pero en la carretera hacia Cazalla, se
creó el mesón “La Piedra” que ostentaba
un monolito en su aparcamiento y disponía de una grata chimenea en su
salón-comedor. También buena comida, buen precio y el amor de la lumbre en la
brumosa, lluviosa y fría Constantina. Lo regentaba el padre de un excelente
alumno que luego me enteré se había suicidado; fue el 2º de suicidios de
adolescentes, aparentemente estupendos, que lo hacían. Tristemente
inexplicable. Pero eso fue después, cuando yo ya no estaba en Constantina y
había sido destinado a Montoro.
En cualquier caso buenos ratos. Al igual que los pasados en casa de Miguel
Cerro en compañía de alumnos viendo la tele y preparando un programa de radio
local de frecuencia semanal. O en casa de Charo con sus hijas.
*
Yo volvía a Córdoba cada fin de semana y tras salir de
instituto y llegar a mi casa cordobesa en la que convivía con Aurora. Tras la
comida familiar, salía a la calle a pasear para encontrar gente, ya que en
Constantina -pasada la tarde- a las
9 de la noche no había ni un alma, a pesar de ser una localidad populosa. Los
miércoles bien venía Aurora a visitarme o yo me desplazaba a pernoctar en
Córdoba aprovechando mi horario. A menudo Aurora se venía con Jesús, el marido
de Charo, y otras veces lo hacía en tren hasta Lora del Río donde yo iba a
recogerla en coche.
Todas las noches salía a la cercana cabina telefónica para
hablar con Aurora, que sobrellevaba mi “exilio” peor que yo, porque tenía
Aunque algunas tardes subía al centro del pueblo, dónde había una perfumería
que a la vez era locutorio con tres o cuatro cabinas telefónicas. Allí
despachaba una alumna mía, Gloria, que una vez me regaló un bote de perfume muy
agradable. Iba allí a pesar de las advertencias de M. Cerro de que escuchaban
las conversaciones telefónicas. A mi me daba igual pues no tenía nada que
ocultar. Además en el pueblo todo el mundo se conocía y conocían mis
movimientos; y no solo los míos, sino los de Aurora cuando me visitaba.
Entonces le preguntaban ¿usted es la mujer del profesor del chalet, no?
Algunas noches los profesores jóvenes nos reuníamos en el
único pub que existía. Se llamaba El Triángulo y estaba regentado por un
funcionario no militar de la base aérea existente (muchos alumnos eran hijos de
los militares de esa base). Se nos unían otros funcionarios jóvenes de
distintos sectores destinados a la localidad.
Allí comencé a ser fumador habitual, en parte para evitar el
alcohol, al que me estaba aficionando en las largas y solitarias noches. Y es
que el licor de guindas, bebida local, pegaba fuerte.
Pero la gran mayoría de las experiencias fueron muy gratas. Leí
mucho, a veces en el jardincito del chalet. A este respecto recuerdo el libro
de Mishima El marinero que perdió la gracia del mar que me impactó y que me
hizo reflexionar sobre el paso del tiempo, y empecé a sentirme viejo, a pesar
de que solo tenía 33 años; aunque esa sensación ya me había asaltado un año
antes en Mérida. Ahora se considera a la gente “joven” hasta los 35 años o más.
*
Hice muchas cosas en aquel año. Me matriculé en un curso a
distancia en la UNED sobre innovación educativa en el que elegí el cine como
recurso didáctico. Versaba sobre la película “Esquilache” que facilitaba la
comprensión de la Ilustración (y su fracaso) en España. El curso implicaba
hacer una experiencia didáctica al respecto y los alumnos respondieron muy
bien, de modo que fuimos creando una base de datos sobre el tema con muy buenos
resultados. Esto dio pie a los “juicios” a personajes históricos controvertidos
que después llevé a cabo ampliamente, y con éxito, en el instituto de Montoro,
mi siguiente destino. También traté de sacar adelante mi último y fracasado
intento de tesis doctoral que trataría el urbanismo musulmán en Córdoba. Tenía
los cursos de doctorado terminados, pero Pilar León, la catedrática de
arqueología que me la dirigía, se trasladó a Sevilla. De modo que durante unos
meses me movía en el triángulo Constantina-Sevilla-Córdoba. Exhausto desistí, pues
no tenía tiempo ni capacidad para tanto. Algunas tardes hacía deporte en el
gimnasio del instituto jugando al futbito contra un equipo de alumnos. El mío
estaba formado por dos profesores: José Miguel, brillante futbolero y atleta y
yo, a los que habían de añadir alumnos para completar el equipo. Todos jugaban
mejor que yo. Lo pasábamos bien. También algunas noches hacíamos una tertulia
de profesores en el salón de mi chalet que contaba con chimenea. Y a veces
velada en el chalet del artista peruano Espinoza.

Equipo de futbito de los profes más alumnos.
Allí también acudieron amigos invitados por mí para charlas
didácticas: Rafael Arjona, para hablar de su premiada novela El matarife y
Carlos Campos, sociólogo de SIGMA 2, para hablar de encuestas y estadística. Y
mi familia o Claudio (DEP) y Toñi.
El “chalet” tenía en su pequeño jardín un árbol de caqui
-fruta que lamentablemente no me gusta- y calas en el estanque que, cuando florecían,
cortaba y me las traía a Córdoba. Una flor que me encanta. También esa vivienda
tenía un problema: cuando llovía las habitaciones se inundaban. En ella alojé
unos meses a un huésped: un extremeño profesor interino destinado temporalmente
allí para cubrir una baja. Al final hube de prescindir de su presencia pues no
hacía nada e incluso se comía la comida que yo llevaba de Córdoba. O sea,
gratis total; pero la solidaridad tira mucho.
En el tercer trimestre el director me pidió que le
acompañase a un viaje fin de curso para los alumnos de COU por tierras leonesas
(Zamora, Salamanca) y gallegas (Santiago de Compostela…) y vuelta con parada en
Cáceres, donde los alumnos (sevillitas) montaron una procesión a altas horas de
la noche por los pasillos del hotel. Poco tiempo después me casé y, por
recomendación del amigo Jesús, profesor de Griego, decidimos hacer el viaje de
luna de miel a Egipto y no a Grecia como era de suponer. No salimos
defraudados, pero a la vuelta de Egipto sufrí unas fiebres y deshidratación
tremendas. No estoy seguro de si este virus lo cogí en Egipto o en el previo
viaje hasta tierras gallegas ya que me enteré de que varios alumnos habían
sufrido los mismos trastornos que yo.
Escalera de la catedral de Zamora
Lago Sanabria